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«Historia pendiente, libertad pendiente», la columna de Fer Martínez Arriaga

Historia pendiente, libertad pendiente

La noche del 15 de septiembre como cada año, millones de mexicanos van a gritar «¡Viva México!» frente a una narrativa que no resiste el menor escrutinio. Nos han contado la Independencia como si fuera un cuento de buenos contra malos: un puñado de criollos ilustrados, hartos del yugo español, encendieron la mecha de la libertad y parieron una nación laica, mestiza y orgullosa.

Es mentira. O, para ser más precisos, es una construcción — deliberada, funcional y muy conveniente para quienes nos han gobernado en el último siglo.

Empecemos por el principio: no hubo «conquista» en el sentido en que la SEP la enseña. Lo que hubo fue una alianza de pueblos oprimidos — tlaxcaltecas, totonacas, y decenas de naciones que llevaban generaciones bajo el yugo sangriento del imperio mexica — contra un poder que les exigía tributo en carne humana.

Cortés no conquistó México con 500 hombres; lo hizo con decenas de miles de aliados indígenas que vieron en los españoles una oportunidad de liberarse de Tenochtitlan.

Ese dato incómodo no cabe en el relato oficial porque desmonta la narrativa central: la de que somos, todos, «hijos de la derrota».

Y aquí está el segundo golpe, el que de verdad duele: el México independiente mató a más indígenas que el propio virreinato. Las leyes de Indias, con todas sus fallas, protegían jurídicamente a las comunidades originarias.

El Estado liberal del siglo XIX, en cambio, les arrebató sus tierras comunales en nombre del progreso, la propiedad privada y la civilización.

Juárez, el prócer intocable del panteón oficial, desmanteló la propiedad comunal indígena con las Leyes de Reforma. Pero eso tampoco cabe en la historia que nos cuentan cada 15 de septiembre.

Tampoco cabe que la Independencia fue, en su origen, un movimiento profundamente católico y guadalupano. Hidalgo no levantó un estandarte de la razón ilustrada: levantó el estandarte de la Virgen de Guadalupe.

El grito no fue «muera la religión», fue «viva la Virgen de Guadalupe, muera el mal gobierno». El parto laico que nos vendieron los gobiernos posrevolucionarios — obsesionados con borrar a la Iglesia del relato nacional — es una reescritura tan burda que ni siquiera necesita mucho esfuerzo para desmontarse: basta con ver la bandera.

El padre de la patria que nos escondieron.

Y aquí llegamos al fraude más grande de todos, el que ni siquiera se enseña de forma torcida: simplemente se borra. Porque si hay una figura que la historia oficial necesitó desaparecer del panteón nacional, es Agustín de Iturbide.

Hidalgo inició una guerra que duró once años y que, para 1820, estaba prácticamente derrotada: la insurgencia era ya una guerra de guerrillas dispersa, sin capacidad real de tomar el poder.

Fue Iturbide quien, con el Plan de Iguala y la negociación con Vicente Guerrero, articuló la unión de los tres grupos que habían estado matándose entre sí durante una década — insurgentes, realistas y la Iglesia — bajo las Tres Garantías: religión, independencia y unión.

El resultado fue que México consiguió su independencia sin una sola batalla decisiva, por la vía de la negociación política, no del exterminio mutuo.

El 27 de septiembre de 1821 el Ejército Trigarante entró a la Ciudad de México y, un día después, se firmó el Acta de Independencia del Imperio Mexicano.

Iturbide no solo consumó la independencia: nos dio el nombre del país, la bandera tricolor y las instituciones con las que naciό México como nación soberana. Ningún otro país del mundo, ha señalado el propio Zunzunegui, tiene a su libertador colocado entre los villanos del relato patrio.

Y sin embargo así lo tratamos: como un traidor advenedizo, oportunista de última hora, cuando la realidad histórica es que sin él la guerra de independencia probablemente se hubiera consumido a sí misma en una guerra civil sin fin.

¿Por qué lo borraron?

Porque Iturbide fue emperador, y un Estado que se fundó como república liberal necesitaba un padre fundador republicano, no monárquico. Porque fue fusilado en 1824 por decreto del mismo Congreso que antes lo había aclamado, y un cadáver declarado «traidor y fuera de la ley» no podía ser el héroe de los libros de texto.

Y porque, sobre todo, Iturbide representaba una independencia pactada, negociada, conservadora en su método — exactamente lo contrario del mito de refundación violenta y heroica que el nacionalismo posrevolucionario necesitaba vender.

Así que el Estado mexicano hizo lo que mejor sabe hacer: reescribir la historia a su conveniencia. Se quedó con Hidalgo como el «Padre de la Patria» — el cura que inició una revuelta que él mismo no supo conducir militarmente y que terminó descabezado en Chihuahua — y desapareció al hombre que realmente cerró el proceso con éxito.

Once años de guerra, cientos de miles de muertos, para terminar siendo consumada por la vía diplomática por el mismo criollo al que hoy los libros de texto tratan como advenedizo.

El mismo guion, cien años después

¿Por qué nos contaron esta historia así?

Porque un pueblo que se percibe como víctima eterna — de España, de la Iglesia, de Estados Unidos, del capital — es un pueblo más fácil de gobernar. El victimismo no es un accidente historiográfico: es una tecnología de control. Un pueblo derrotado necesita un Estado protector, un tutor, un Leviatán que lo cuide de sus enemigos históricos.

Y así, durante cien años, generación tras generación, la SEP ha fabricado ciudadanos resentidos y dependientes en lugar de ciudadanos libres.

La leyenda negra contra España cumple la misma función: si el origen de México es una herida abierta, entonces el remedio solo puede venir del Estado que se erige como sanador. Borrar a Iturbide cumple exactamente la misma función que inflar a Hidalgo: se trata de que la independencia parezca una gesta heroica de ruptura violenta contra el opresor, nunca el resultado de la negociación política entre mexicanos con intereses distintos.

Es el mismo guion que hoy vemos repetirse con la «Cuarta Transformación»: el pasado como trauma perpetuo, el presente como redención tutelada, y cualquier figura que no encaje en el relato de buenos-contra-malos, simplemente desaparecida del mapa.

Esta noche, cuando el balcón de Palacio Nacional se llene de gritos, vale la pena preguntarse qué estamos celebrando en realidad, y a quién no estamos celebrando por conveniencia política.

Porque la verdadera independencia — la que nadie nos regaló y la que ningún gobierno tiene interés en que ejerzamos — no es la de 1810, ni siquiera la de 1821.

Es la independencia mental: la capacidad de cuestionar el relato oficial, de leer más allá del libro de texto gratuito, de exigir evidencia antes que mitología.

Esa independencia sigue pendiente. Y esa sí depende de nosotros, no del Estado.

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