¿Informe de Gobierno o mañanera con traje?
Uno esperaba que el Segundo Informe de Gobierno de Claudia Sheinbaum fuera, por lo menos, eso: un informe.
Un corte de caja. Una rendición de cuentas.
Una oportunidad para que la Presidenta le hablara a todo México, incluidos quienes no votaron por ella, quienes cuestionan a su gobierno, quienes no pertenecen a Morena y quienes tienen el legítimo derecho de exigirle resultados al poder.
Pero no.
Lo que vimos el 1 de septiembre fue, en esencia, otra mañanera. Una mañanera más larga, más solemne, con Palacio Nacional como escenografía y con un montón de cifras cuidadosamente seleccionadas para construir una conclusión que ya conocemos de memoria: México está mejor, el gobierno va muy bien, la transformación avanza y todo lo que ocurre es consecuencia de las decisiones correctas de la Cuarta Transformación.
¿Y qué hubo de nuevo? Prácticamente nada.
Las mismas frases.
Los mismos éxitos.
Los mismos enemigos imaginarios.
Las mismas gráficas.
Los mismos números.
La misma narrativa.
El informe no le habló a la oposición. Ni siquiera intentó convencerla.
Le habló a los convencidos. Y eso es profundamente preocupante cuando quien habla no es la presidenta de un partido, sino la Presidenta de la República.
Porque un informe presidencial no debería ser un mitin administrativo. Debería ser un ejercicio de rendición de cuentas.
Y rendir cuentas significa algo muy distinto a enumerar éxitos.
Significa explicar también los fracasos. Los pendientes. Los errores. Las promesas incumplidas. Las cifras que incomodan. Los problemas que no se resolvieron.
Y, sobre todo, explicar qué demonios piensa hacer el gobierno para resolverlos.
Pero en el México de la Cuarta Transformación parece que rendir cuentas significa otra cosa: repetir suficientes veces una cifra hasta que parezca una realidad completa.
El récord de inversión que necesita letra chiquita
Tomemos el ejemplo de la Inversión Extranjera Directa.
Sheinbaum presumió casi 35 mil millones de dólares de IED en el primer semestre de 2026 y lo presentó como una prueba de que la economía mexicana avanza. La propia Secretaría de Economía reportó 34,968 millones de dólares.
Suena espectacular. Hasta que uno abre el dato.
De esos casi 35 mil millones, 30,957 millones —el 88.5%— fueron reinversión de utilidades.
¿Y las nuevas inversiones?. Apenas 2,726 millones de dólares: 7.8% del total.
Ahí está la diferencia entre informar y hacer propaganda.
Porque una cosa es decir: “México recibió una cifra récord de inversión extranjera.”
Y otra muy distinta es hacer creer que llegaron casi 35 mil millones de dólares de capital nuevo a instalar empresas, abrir fábricas, generar proyectos y apostar por México, no.
La enorme mayoría corresponde a empresas extranjeras que ya estaban aquí y decidieron reinvertir sus utilidades, eso no es irrelevante, claro que no. Pero tampoco es el milagro económico que el discurso presidencial pretende vender.
Y hay un dato todavía más incómodo: las nuevas inversiones fueron menores que en el mismo periodo de 2025, así que el Gobierno presume el tamaño de la alberca mientras convenientemente evita decir cuánto agua nueva entró.
Eso no es mentir con una cifra. Es manipular la percepción utilizando una cifra verdadera a la que se le oculta el contexto.
Y ahí está el verdadero problema.
La economía no se arregla con propaganda
La Presidenta también habló de crecimiento económico, estabilidad, fortaleza del peso y prosperidad.
Pero México no necesita una Presidenta que nos convenza de que la economía está bien.
Necesita una Presidenta que explique por qué el crecimiento sigue siendo mediocre, por qué la inversión nueva no despega al ritmo que debería y por qué México sigue teniendo un enorme potencial que el Estado se empeña en administrar, regular y politizar en lugar de liberar.
El gobierno quiere ser el gran rector de la economía. Quiere decidir. Quiere intervenir. Quiere planear. Quiere administrar. Quiere repartir.
Pero cuando llegan los resultados que no encajan con el discurso, entonces aparece la retórica.
Porque el problema nunca es la política pública: «El problema siempre es el contexto internacional. Los neoliberales. Los conservadores. El pasado. Los adversarios. Los medios. Los jueces. Los empresarios. Washington. El clima. La luna».
Cualquier cosa menos admitir que gobernar también significa hacerse responsable de lo que no funciona.
Y luego está la seguridad
Aquí la narrativa se vuelve todavía más delicada.
Sheinbaum afirmó que los homicidios dolosos se han reducido 51% durante su administración, utilizando como referencia septiembre de 2024 a julio de 2026.
Pero una cifra no puede convertirse mágicamente en la descripción completa de la realidad.
Porque si uno quiere presumir una reducción, también tiene que explicar qué periodo escogió, contra qué periodo lo está comparando y qué está ocurriendo fuera de esa ventana.
Ese es precisamente el problema de utilizar un corte conveniente para construir una narrativa permanente de éxito.
No basta con decir: “Bajaron 51%.”
Hay que preguntar: ¿Respecto de cuándo? ¿Por qué ese periodo? ¿Qué ocurre con los meses posteriores? ¿Qué ocurre con las desapariciones? ¿Qué ocurre con las extorsiones? ¿Qué ocurre con los delitos que no se denuncian? ¿Qué ocurre con los estados donde la violencia sigue siendo una realidad cotidiana?
Porque el ciudadano no vive dentro de una gráfica. Vive en una colonia. En una carretera. En un municipio. En un estado.
Y ahí es donde el discurso de Palacio tiene que enfrentarse con la realidad.
Entonces, ¿para qué queremos un informe anual?
Y aquí está quizá la pregunta más incómoda de todas.
¿Para qué queremos un Informe de Gobierno si la Presidenta ya nos presenta un “informe” todos los días?
Todos los días hay mañanera. Todos los días hay cifras. Todos los días hay anuncios. Todos los días hay propaganda. Todos los días se nos explica por qué el gobierno tiene razón.
Entonces, ¿qué sentido tiene el corte de caja anual?
La respuesta debería ser sencilla:
porque el Congreso debe recibir una rendición formal de cuentas y porque el Presidente debe someter su administración al escrutinio institucional.
El artículo 69 constitucional establece precisamente la obligación de presentar anualmente el estado general que guarda la administración pública.
Pero entonces viene la pregunta verdaderamente peligrosa:
¿Quién va a revisar que ese informe sea cierto?
¿Quién va a confrontar las cifras? ¿Quién va a obligar al Ejecutivo a explicar las omisiones? ¿Quién va a exigir que una cifra no sea utilizada fuera de contexto? ¿Quién va a decirle a Palacio que una verdad a medias puede producir una mentira completa?
Porque ahora resulta que estamos discutiendo leyes para regular lo que los ciudadanos pueden decir, publicar o cuestionar -Muy bien- pero antes de regular la lengua del ciudadano, ¿quién va a regular la lengua del poder?
¿Quién va a regular al funcionario que tiene todos los reflectores, todos los medios públicos, toda la maquinaria institucional y un aparato de comunicación gigantesco detrás?
¿Quién vigila al que puede hablarle a millones de mexicanos desde Palacio Nacional?
¿Quién le pone un límite a la propaganda cuando viene disfrazada de rendición de cuentas?
¿Quién va a regular la lengua de Claudia, cuando desde el poder una cifra verdadera, presentada sin contexto, puede convertirse en una falsedad política?
Porque ese es el verdadero peligro, no necesitamos un gobierno que nos diga todos los días que estamos mejor, necesitamos un gobierno que demuestre que estamos mejor, y si realmente están tan seguros de sus resultados, entonces que abran los números.
Que expliquen los números.
Que acepten las preguntas.
Que soporten la crítica.
Que escuchen a la oposición.
Que rindan cuentas frente al Congreso.
Que reconozcan sus errores.
Que dejen de confundir gobierno con partido.
Porque México no pertenece a Morena. México no pertenece a la Cuarta Transformación. México tampoco pertenece a Claudia Sheinbaum.
México pertenece a los mexicanos, y una Presidenta de la República no tiene que rendirle cuentas solo a sus simpatizantes.
Tiene que rendirle cuentas al país entero.
Por eso el Segundo Informe dejó una sensación tan incómoda, no porque haya sido demasiado largo, sino porque fue demasiado parecido a todo lo que ya habíamos escuchado.
No fue un informe para rendir cuentas, fue una mañanera con traje de gala, y cuando el poder necesita repetirte todos los días que todo está bien, quizá lo primero que deberíamos hacer es dejar de escuchar el discurso…
y empezar a revisar las cuentas.
Y a los desaparecidos, ¿quién los desapareció del informe?
Pero hay algo todavía más indignante. En medio de todo el desfile de cifras, porcentajes y triunfalismo, los desaparecidos prácticamente desaparecieron del discurso presidencial.
No porque hayan dejado de existir. No porque las familias hayan dejado de buscarlos.
Hay madres que siguen buscando a sus hijos. Padres que siguen esperando una llamada.
Familias que llevan años recorriendo terrenos, hospitales, fiscalías, morgues y oficinas gubernamentales buscando una respuesta.
Para ellas, el Estado no puede responder con una gráfica. No pueden encontrar a su hijo en una estadística.
Porque desaparecer el problema del discurso no hace que desaparezca de la realidad.
Y aquí hay una pregunta que el Gobierno tendría que contestar:
¿Cuántas personas siguen desaparecidas?
¿Cuántas fueron localizadas?
¿Cuántas con vida?
¿Cuántas sin vida?
¿Cuántos expedientes siguen abiertos?
¿Cuántas investigaciones avanzaron?
¿Cuántas familias recibieron una respuesta?
Eso también es rendición de cuentas.
Pero resulta mucho más sencillo anunciar que los homicidios bajaron que pararse frente a las familias de los desaparecidos y decirles qué hizo el Estado para encontrar a los suyos.
Los desaparecidos no desaparecieron. Lo que desapareció fue su presencia en el relato triunfalista del informe.
Porque cuando un Gobierno presume seguridad, pero evita hablar de quienes siguen sin regresar a casa, uno tiene derecho a preguntar:
¿Está gobernando la realidad o solamente está administrando el relato?

