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«Policía Federal: institución que defendió a México con honor y ley», la columna de Fer Martínez Arriaga

Policía Federal: el orgullo de una institución que defendió a México con honor y ley

La discusión pública provocada por las recientes producciones cinematográficas sobre la recaptura de Joaquín “El Chapo” Guzmán en Los Mochis, Sinaloa, debería servir para algo más que alimentar una película o una conversación pasajera.

Debería obligarnos a recordar una verdad que hoy resulta incómoda: México llegó a construir capacidades civiles de inteligencia, investigación criminal, análisis táctico, tecnología forense y despliegue operativo que fueron capaces de enfrentarse a algunas de las organizaciones criminales más poderosas del mundo.

Y una parte fundamental de esas capacidades estaba concentrada en una institución que hoy ya no existe: la Policía Federal.

No era una institución perfecta, ninguna lo es, hubo corrupción, abusos, errores y elementos que traicionaron el uniforme, si.

Y precisamente por eso debía existir una política seria de depuración, controles internos, profesionalización y rendición de cuentas, pero una cosa es corregir una institución y otra, completamente distinta, es destruirla. El músculo que México decidió desaparecer

La Policía Federal no era simplemente una colección de patrullas y agentes en carretera.

Su estructura llegó a integrar divisiones especializadas de inteligencia, investigación,

seguridad regional, fuerzas federales, ciencia, antidrogas y gendarmería, además de áreas de operaciones aéreas, asuntos internos, formación profesional y coordinación internacional.

El propio Manual de Organización General de la Policía Federal documentaba una estructura con unidades dedicadas al análisis táctico, investigación de delitos de alto impacto, investigación de delitos federales, manejo de crisis, operaciones encubiertas, inteligencia operativa, criminalística, laboratorios, delitos cibernéticos, inteligencia financiera y operaciones especiales.

Eso no es menor.

Significaba que el Estado mexicano tenía la posibilidad de construir investigaciones desde distintos ángulos: inteligencia, campo, tecnología, análisis financiero, información criminal, vigilancia, reacción táctica y coordinación con las autoridades ministeriales.

Era, en otras palabras, un modelo de seguridad civil que podía investigar antes de disparar.

Inteligencia: conocer al enemigo antes de enfrentarlo

Uno de los mayores activos de aquella estructura era la capacidad de convertir información dispersa en inteligencia operativa.

La División de Inteligencia tenía entre sus atribuciones recolectar, clasificar, registrar, analizar y explotar información para generar inteligencia operacional; además, trabajaba con las bases de datos de Plataforma México y podía desarrollar estrategias y operativos a partir de ese análisis.

Plataforma México representó precisamente esa apuesta: que las instituciones pudieran dejar de trabajar como compartimentos aislados y comenzar a cruzar información criminal a escala nacional.

Vehículos, personas, antecedentes, órdenes de aprehensión, registros delictivos, información operativa y otros datos podían convertirse en piezas de una misma investigación.

Ese es el verdadero poder de una institución policial moderna.

No solamente perseguir al delincuente después de que comete un delito.

Detectar patrones, identificar estructuras, conectar personas, seguir recursos y anticipar movimientos.

Investigación criminal: el policía que también sabía investigar

Otra de las grandes fortalezas de la Policía Federal fue que su capacidad no terminaba en la detención.

La estructura de investigación contemplaba áreas de análisis táctico, fichas y registros delictivos, investigación de delitos contra la seguridad e integridad de las personas, delitos de alto impacto y delitos federales, además de investigación de campo, operaciones técnicas e inteligencia operativa.

Y aquí está una diferencia fundamental que México parece haber olvidado: la seguridad pública y la procuración de justicia necesitan hablar el mismo idioma.

Un policía que detiene, pero no sabe preservar evidencia, documentar correctamente, generar información útil y ponerla a disposición de la autoridad competente, puede terminar haciendo un trabajo inútil.

Por eso la Policía Federal tenía procedimientos para poner a disposición de la autoridad correspondiente a personas detenidas y bienes asegurados, elaborar partes y actas, y colaborar con el Ministerio Público en el desarrollo de investigaciones.

El objetivo no debía ser simplemente llenar cárceles. Debía ser construir casos sólidos que pudieran sobrevivir a un juez.

Trabajar con las Fiscalías: de la patrulla a la carpeta de investigación

Una policía profesional no puede vivir de espaldas a las Fiscalías.

La investigación criminal moderna requiere coordinación entre policías, ministerios públicos, peritos y autoridades judiciales. La Policía Federal contaba con mecanismos para verificar denuncias, proporcionar información y solicitar, por conducto del Ministerio Público, documentos e informes necesarios para determinadas investigaciones.

Ese modelo tenía una lógica elemental: el policía aporta investigación e inteligencia; el Ministerio Público conduce jurídicamente la investigación; los peritos aportan ciencia; y los jueces determinan conforme a derecho.

No se trata de que una institución sustituya a otra.

Se trata de que el Estado funcione como Estado.

La seguridad no se resuelve únicamente con más armas, más patrullas o más soldados.

Se resuelve cuando la información obtenida en una investigación termina convertida en evidencia jurídicamente útil y, finalmente, en una sentencia.

Antidrogas: inteligencia contra estructuras criminales

La División Antidrogas representaba otra pieza fundamental.

Su estructura incluía áreas de análisis táctico, registros de narcotráfico y delitos conexos, investigación operativa, inteligencia operativa, apoyo táctico y, algo particularmente importante, investigación de recursos de procedencia ilícita y análisis de delitos contra el sistema financiero.

Esto revela algo que con frecuencia se pierde en el discurso político: combatir al crimen organizado no consiste solamente en detener sicarios.

Hay que seguir las rutas. Las comunicaciones.

Los operadores.

Los vehículos.

Las propiedades.

Los prestanombres.

Las empresas.

El dinero.

Las redes de protección.

Porque una organización criminal puede reemplazar a diez sicarios en una semana, pero destruir su estructura financiera, logística y de inteligencia puede tomar años de investigación.

Por eso una policía especializada debía tener capacidad para atacar al crimen desde sus finanzas hasta su operación territorial.

Ciencia y tecnología: cuando la evidencia habla

La División Científica también representaba una evolución importante.

Su estructura incluía prevención de delitos electrónicos, respuesta tecnológica, laboratorios de investigación electrónica y forense, criminalística de campo, laboratorios y diversas especialidades.

En un país donde el crimen organizado comenzó hace años a utilizar teléfonos, redes digitales, sistemas de comunicación, operaciones financieras y nuevas tecnologías, una policía que no entiende la tecnología está condenada a perseguir al delincuente desde atrás.

La investigación criminal del siglo XXI necesita científicos, analistas, especialistas digitales, criminalistas y expertos financieros tanto como necesita policías armados.

El uniforme es visible. La inteligencia es invisible. Pero muchas veces es la inteligencia la que gana una guerra.

Seguridad Regional: presencia nacional y capacidad de respuesta

La Policía Federal también tenía una enorme capacidad territorial.

La División de Seguridad Regional contaba con una estructura desplegada mediante coordinaciones estatales y áreas de información, operaciones, logística, adiestramiento, planes, supervisión y control operativo.

Eso permitía algo que hoy resulta particularmente valioso recordar: una institución civil con capacidad de operar a escala nacional bajo criterios y protocolos homologados.

No era perfecta.

Pero existía una estructura federal capaz de movilizar personal, información y recursos entre entidades.

Y cuando una organización criminal no respeta fronteras estatales, resulta absurdo pretender combatirla exclusivamente con policías municipales aisladas y corporaciones estatales con capacidades completamente desiguales.

El crimen se organiza.

El Estado también debe hacerlo.

Los Mochis: cuando el uniforme pudo más que millones de dólares

Quizá la imagen más poderosa de aquella institución sea la recaptura de El Chapo Guzmán.

La madrugada del 8 de enero de 2016, después del operativo de la Marina en Los Mochis, Guzmán logró escapar por el drenaje y tomó un vehículo robado. Elementos de la Policía Federal detectaron el automóvil, lo interceptaron y terminaron deteniendo al hombre que, en ese momento, era uno de los fugitivos más buscados del planeta.

Y aquí aparece el elemento que convierte una operación policial en una historia de honor.

Los agentes no sabían inicialmente que tenían frente a ellos al criminal que había mantenido en jaque al Estado mexicano.

Cuando lo identificaron, tampoco cedieron.

Según los testimonios publicados posteriormente, Guzmán intentó convencerlos de dejarlo libre y llegó a ofrecerles una cantidad multimillonaria. Los agentes se mantuvieron firmes.

No hubo discurso.

No hubo cámaras.

No hubo una conferencia de prensa en ese momento.

Hubo dos cosas mucho más importantes: un uniforme y una decisión.

La decisión de cumplir con la ley.

La recaptura, además, no fue obra de una sola corporación. Fue el resultado de meses de inteligencia y de la coordinación entre instituciones como Marina, Policía Federal y la Procuraduría General de la República.

Ese detalle es fundamental porque destruye la falsa idea de que las instituciones civiles y militares necesariamente compiten.

Cuando el Estado funciona correctamente, se complementan.

Puerto Peñasco: policías que pagaron el precio de hacer su trabajo

En diciembre de 2013, en Puerto Peñasco, Sonora, elementos de la Policía Federal participaron en el operativo contra Gonzalo Inzunza Inzunza, “El Macho Prieto”.

El enfrentamiento se prolongó durante horas y dos policías federales resultaron gravemente heridos.

La DEA reconoció por primera vez a dos policías mexicanos con la condecoración conocida como “Corazón Púrpura” por las heridas sufridas en una operación oficial.

Es una historia que merece ser recordada porque detrás de las estadísticas de seguridad hay hombres y mujeres que, literalmente, ponen el cuerpo.

Mientras algunos delincuentes compran lealtades con dinero y miedo, hay policías que reciben una orden, se colocan el uniforme y avanzan sabiendo perfectamente que quizá no regresen a casa.

Eso también es México.

El error histórico: confundir corrupción con inutilidad

Aquí está el punto central.

Sí: la Policía Federal tuvo problemas.

Sí: hubo corrupción.

Sí: hubo malos elementos.

Sí: hubo investigaciones, abusos y episodios que debieron ser castigados.

Pero utilizar esas fallas para concluir que toda la institución era inútil constituye un error monumental.

Con ese criterio tendríamos que desaparecer hospitales porque existen médicos corruptos, cerrar universidades porque existen profesores incompetentes o eliminar Fiscalías porque existen ministerios públicos que no cumplen con su trabajo.

Una República seria hace exactamente lo contrario.

Detecta la corrupción.

 Castiga al corrupto.

 Depura la institución.

 Mejora los controles.

 Profesionaliza al personal.

 Fortalece las capacidades que funcionan.

Eso es reformar.

Desaparecerlo todo es mucho más fácil.

La demolición institucional no es una política de seguridad

Con la llegada de Morena al poder se optó por desmontar la Policía Federal y trasladar buena parte de las capacidades de seguridad federal hacia la Guardia Nacional.

La discusión no debería reducirse a si los militares son buenos o malos policías.

Ese es un falso dilema.

El verdadero debate es mucho más profundo:

¿Qué tipo de Estado queremos construir para enfrentar al crimen organizado?

Un Estado que dependa cada vez más de la fuerza militar porque abandonó la construcción de policías civiles profesionales.

O un Estado que tenga Fuerzas Armadas fuertes para las tareas que constitucionalmente les corresponden, pero que también posea una policía civil altamente capacitada, con inteligencia, investigación, tecnología, controles de confianza, carrera profesional y coordinación permanente con las Fiscalías.

México necesita ambas capacidades.

No una contra la otra.

Perfeccionar, no destruir

La seguridad no puede depender de ocurrencias sexenales.

Una institución que tardó décadas en construir experiencia, protocolos, bases de datos, especialidades, cadenas de mando y conocimiento operativo no puede ser sustituida de la noche a la mañana sin pagar un costo institucional.

El Estado acumula conocimiento.

Cada agente experimentado conoce rutas, modus operandi, organizaciones, regiones, redes criminales y procedimientos.

Cuando una institución desaparece, no solamente desaparecen oficinas y uniformes.

También puede desaparecer conocimiento acumulado.

Y reconstruirlo cuesta años.

Por eso la lección de la Policía Federal no debería ser “todo estaba bien”.

Tampoco debería ser “todo estaba mal”.

La lección debería ser mucho más sensata:

lo que funcionaba debía conservarse; lo que estaba podrido debía extirparse; lo que era insuficiente debía modernizarse; y lo que faltaba debía construirse.

Eso es gobernar.

El verdadero homenaje

Recordar a la Policía Federal no significa pedir que regrese exactamente como era.

Significa reconocer que México necesita nuevamente una gran capacidad civil de investigación criminal.

Una policía que pueda trabajar con las Fiscalías.

Que sepa integrar inteligencia.

Que pueda investigar secuestros, extorsiones, homicidios, narcotráfico, trata y delincuencia financiera.

Que tenga especialistas en ciberseguridad y análisis forense.

Que pueda seguir el dinero.

Que tenga presencia territorial.

Que pueda trabajar con policías estatales y municipales.

Que pueda coordinarse con las Fuerzas Armadas cuando sea necesario.

Y, sobre todo, que tenga elementos capaces de mirar a un criminal armado, escuchar una oferta de millones de dólares y responder con una sola cosa: “Estoy haciendo mi trabajo.”

Porque un país no se defiende únicamente con fusiles.

Se defiende con instituciones.

Se defiende con inteligencia.

Se defiende con jueces, fiscales, peritos y policías que hagan valer la ley.

Y se defiende, sobre todo, cuando quienes portan el uniforme entienden que su lealtad no pertenece al gobierno en turno, ni al partido en el poder, ni al poderoso de turno.

Su lealtad pertenece a México.

La Policía Federal desapareció.

Pero las historias de quienes cumplieron con su deber permanecen.

Y quizá esa sea la lección que más necesitamos recuperar: un Estado que renuncia a construir instituciones civiles fuertes termina dependiendo cada vez más de la fuerza para hacer aquello que antes podía resolver mediante inteligencia, investigación y ley.

Contra el Leviatán, la respuesta no es un Estado débil.

Es un Estado fuerte.

Pero fuerte porque tiene instituciones.

No porque tenga miedo de ejercer la autoridad.

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