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«La soledad elegida, vejez en abandono», la columna de Gabriel Espinoza

“LA SOLEDAD ELEGIDA, VEJEZ EN ABANDONO”

Para vivir mejor.

Gabriel Espinoza Muñoz

En una entrega pasada comentábamos que, como padres, nos preocupa constantemente el futuro de nuestros hijos. Invertimos recursos, desvelos y energía en asegurarles una buena escuela, actividades extracurriculares, salud y bienestar material.

Pero en medio de esa legítima búsqueda, cabe hacernos otra pregunta fundamental: ¿Los estamos preparando para cuando ya no estemos nosotros? ¿Les estamos ayudando a planear su vida adulta y aun su vejez?

También comentábamos que en casi todos los países desarrollados el hogar que más crece no es la familia con hijos ni la pareja sin ellos; es la persona que vive sola, y que muchos de estos hogares van en aumento por la decisión de personas que deciden vivir desde jóvenes solas.

Hoy abordaremos este tema, sus implicaciones y los riesgos que pueden traer para quienes deciden vivir solos desde jóvenes; y que tal vez en ese universo puedan estar nuestros hijos, o en próximos años quieran optar por ese modelo de vida.

Hay temas o modas que las vemos como normales o deseables pero que en realidad conviene detenernos y revisar si al paso del tiempo realmente serán benéficas para nuestros hijos.

Las sociedades actuales son testigos de un cambio de cultura sin precedentes. La proliferación de los hogares unipersonales, que en ciudades como Estocolmo representa más de la mitad de las viviendas y avanza rápidamente en Asia y América Latina, no es un hecho circunstancial, sino el síntoma de una cultura que ha elevado la autonomía individual a dogma supremo.

«Vivir sin rendir cuentas a nadie» se presenta como el ideal de autorrealización para las nuevas generaciones. Sin embargo, detrás de esta idea de emancipación se oculta un riesgo estructural que amenaza con afectar la salud psíquica, minar los fundamentos espirituales de la convivencia en las personas y condenar a naciones enteras a un colapso demográfico e institucional de consecuencias irreversibles.

Adicionalmente hemos vivido en días recientes situaciones lamentables donde hombres y mujeres jóvenes (un policía en León, una policía en Celaya y un maestro en Irapuato) han tomado decisiones muy tristes, que pudieran ser consecuencia de esta profunda sensación de soledad que hoy ataca a muchas personas

Cuando los jóvenes en etapa laboral optan por una vida basada en el aislamiento habitacional (se van a vivir solos, deciden que no se van a casar o deciden vivir relaciones poco duraderas), sustituyen la interacción humana, con sus imprevistos y exigencias, por un ambiente totalmente controlado y libre de toda responsabilidad de largo plazo.

Esta búsqueda de un espacio libre, sin convivencia, si bien disminuye fricciones en la interacción con los demás, genera una afectación en las capacidades de resiliencia.

La convivencia familiar o comunitaria funciona como un ejercitador existencial donde se practican y perfeccionan la empatía, la tolerancia a la frustración y la negociación.

Al eliminar al «otro» del espacio íntimo, el sujeto pierde el espejo en el cual confrontar sus límites. El resultado es un incremento de la vulnerabilidad ante el estrés pues el individuo aislado debe sostener la totalidad de la carga existencial sobre sus propios hombros.

Ahora, para mitigar el vacío afectivo ineludible que genera la soledad, el mercado ha diseñado alternativas que ofrecen «intimidad a la carta»:

  1. Humanización de las mascotas: Se sustituye la maternidad o paternidad por la crianza exclusiva de animales domésticos, buscando un afecto asimétrico y sin conflicto que no exige la madurez que requiere la convivencia humana. Hay países donde hay más mascotas que niños menores de 16 años
  2. Relaciones parasociales e interacción digital: Se reemplaza el encuentro cara a cara por el consumo de creadores de contenido y amigos en redes sociales, donde cualquier incomodidad se resuelve mediante el bloqueo o la desconexión instantánea.
  3. Externalización de cuidados: La preparación de la comida, el aseo doméstico o la compañía se delegan en aplicaciones de reparto, servicios por horas y plataformas de citas exprés para cualquier servicio.

El riesgo de esta mercantilización de las relaciones es llevarlas solamente a una la lógica del consumo.

Desde la antropología clásica, el ser humano no es un átomo aislado, sino un ser constitutivamente relacional. «No es bueno que el hombre esté solo»; bien lo decía el Papa Francisco “Nos salvamos en racimo”.

Esta afirmación revela que en la soledad absoluta el ser humano se desfigura y pierde la capacidad de comprender su propia existencia. La identidad personal no se construye en el egoísmo, sino en el reconocimiento de nuestra gratitud hacia quienes nos precedieron, en el compromiso con quienes nos sucederán y en la corresponsabilidad con el prójimo.

La soledad elegida suele sostenerse durante la juventud y la madurez, etapas donde la salud, la autonomía económica y la oferta de diversión permiten mantener la ilusión del autocontrol.

Sin embargo, el paso del tiempo revela la trágica factura de este modelo al llegar a la vejez. Quienes en su juventud rechazaron la vida familiar y la crianza para evitar «cargas», descubren en la ancianidad el peso del aislamiento.

Llegar a la vejez en total soledad por decisión previa, expone a la persona a riesgos existenciales y prácticos de extrema gravedad:

  1. Vulnerabilidad física y desamparo en la enfermedad: Con el deterioro cognitivo y la pérdida de movilidad, las tareas cotidianas se vuelven muy complicadas. Sin hijos ni cónyuge que velen por su bienestar, el anciano que vive en soledad queda a merced de instituciones sobrecargadas o de cuidadores contratados cuyo vínculo es estrictamente mercantil. Lo que no se paga no se recibe.
  2. Deterioro cognitivo acelerado y muerte social: La neurociencia ha demostrado que el aislamiento en la tercera edad acelera el avance de demencias y del Alzheimer. La falta de conversación diaria, de afecto físico y de estímulos relacionales profundos produce un apagón progresivo de las funciones cerebrales. El anciano no solo vive en soledad; experimenta una «muerte social» años antes de su deceso biológico, al dejar de ser recordado, visitado o necesitado por nadie.
  3. Muerte en soledad: Como lo comentamos en la entrega anterior, el indicador más aterrador de este modelo proviene de Japón, donde miles de personas fallecen solas en sus apartamentos y cuyos cuerpos no son descubiertos hasta semanas o meses después. Esto no es exclusivo de personas en extrema pobreza, sino de adultos que cortaron sus lazos comunitarios. Que un ser humano expire sin nadie al lado y que nadie note su ausencia es el veredicto más demoledor sobre el fracaso del individualismo radical

Esta radiografía de la vejez en soledad es una invitación a repensar la forma que acompañamos a nuestros hijos en su proyecto de vida y en la toma de decisiones pensando en su futuro.

Afortunadamente estamos a tiempo de poner manos a la obra. Algunas ideas que nos pueden ayudar a trabajar en este proceso pueden ser las siguientes, aunque tú, que conoces a tus hijos, tendrás la mejor opinión y las estrategias que mejor pueden funcionar:

  1. Comer en familia. La mejor forma de educar es con el ejemplo. Si viven en una buena familia, seguramente verán en su futuro formar una familia como la mejor opción de vida.
  2. Distribución de responsabilidades en casa. Darse cuenta que es más fácil vivir en un espacio donde entre varías manos se cubren las necesidades les harán darse cuenta de la importancia de caminar la vida acompañados.
  3. Valorar y mantener tradiciones familiares. Valorar la historia familiar y sus tradiciones permitirá ayudarles a “hacer tierra” y fortalecer su sentido de familia, su gratitud con el pasado y su compromiso con el futuro familiar.
  4. Formación en habilidades relacionales. Saber comunicarse, convivir, ayudarse mutuamente y decidir en equipo permitirá a los hijos darse cuenta que no es tan difícil vivir y caminar acompañados.
  5. Servir en comunidad. Hacer propias las necesidades del prójimo, de los vecinos, familiares o de los conocidos, y aún de los desconocidos, les sirve para saberse parte de una comunidad donde todos necesitamos de todos.
  6. Atender a los adultos mayores en abandono. No hay como ver una realidad para darnos cuenta de lo que implica vivir en soledad.
  7. Platicar el tema. Y si, platicar sobre las implicaciones que trae el vivir en soledad desde la juventud ayuda a que nuestros hijos poder ir perfilando el tipo de vida que quieren tener.

Como ven, estimados padres de familia, las propuestas son muy sencillas, solo es cuestión de darnos el tiempo para ir ayudando a nuestros hijos a tomar buenas decisiones. Hay margen en estas vacaciones.

Con esto no quiero decir que haya una sola solución o que todos deben seguir el mismo camino, la idea de esta entrega es abrir la necesidad de analizar el entorno para que nuestros hijos tengan la información necesaria y que puedan tomar las mejores decisiones pues la ley de la vida nos dice que seguramente llegará un momento en que ellos decidan solos, o porque así lo han querido o porque ya no estaremos con ellos físicamente.

Si crees que le este de utilidad a alguien más, ayúdanos a compartir

Gracias por leerme y nos vemos en la próxima entrega.

 

 

 

 

 

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