InicioContra el Leviatán"La psicología del Mal", la columna de Fer Martínez Arriaga

«La psicología del Mal», la columna de Fer Martínez Arriaga

La psicología del mal

Las circunstancias pueden explicar al criminal. No pueden borrar su voluntad.

México atraviesa una etapa de violencia particularmente dura. No es la primera vez que nuestro país enfrenta una ola de criminalidad; nuestra historia moderna ha conocido épocas terribles.

Pero hay algo que hoy resulta especialmente perturbador: la crueldad parece haber rebasado límites que alguna vez creímos imposibles de cruzar.

Desapariciones, cuerpos desmembrados, tortura, fosas clandestinas, homicidios y una violencia cada vez más brutal forman parte de una realidad que ya no podemos mirar únicamente desde las estadísticas. Detrás de cada cifra hay una persona, una familia y una historia de dolor.

Y frente a esta realidad hay una pregunta que me parece inevitable:

¿Qué convierte a una persona en capaz de cometer una atrocidad?

Después de leer Crímenes atroces, de Enrique Zúñiga, me quedó dando vueltas precisamente esa pregunta.

Zúñiga, desde su experiencia como psicólogo y criminólogo y después de años de trabajar con personas privadas de la libertad, cuestiona esa idea cómoda de llamar “monstruo” a quien comete crímenes atroces. Y creo que tiene razón: si queremos prevenir el próximo crimen, tenemos que entender qué hay detrás del criminal.

Pero entender no significa justificar.

A partir de sus reflexiones, yo encuentro dos grandes categorías.

El criminal que el sistema ayudó a fabricar

Pensemos en Santiago Meza López, “El Pozolero”.

Antes de convertirse en uno de los hombres más macabros del narcotráfico mexicano, era albañil. Llegó a Tijuana buscando trabajo y terminó incorporándose al Cártel de los Arellano Félix. Su función terminó siendo desaparecer cuerpos. Él mismo reconoció haber disuelto alrededor de 300 cadáveres.

Y aquí es donde su historia deja de ser solamente una historia de horror y se convierte en una pregunta sobre nuestra sociedad.

¿Cómo llega un trabajador a convertirse en una pieza de una maquinaria criminal?

En el caso de Meza, se ha documentado que comenzó realizando labores distintas antes de terminar encargado de desaparecer cuerpos. La propia lógica con la que él justificaba su participación resulta escalofriante: él no se veía como quien mataba; los cuerpos ya llegaban muertos. Él solamente “hacía su trabajo”.

Ahí aparece uno de los mecanismos más peligrosos del crimen: la normalización progresiva.

Primero haces algo que parece menos grave. Después aceptas algo un poco peor. Luego justificas lo siguiente.

Y cuando quieres darte cuenta, ya cruzaste una frontera que alguna vez habrías jurado que jamás cruzarías.

Eso no lo convierte en inocente.

Pero sí nos obliga a preguntarnos dónde estaban las instituciones antes de que esa persona se convirtiera en victimario.

Cuando faltan empleo, salud, seguridad, oportunidades y redes de protección, el crimen organizado puede ocupar ese vacío.

El Estado puede fallar mucho antes de que aparezca el criminal.

Y después está el otro.

El que no llegó al mal porque no tuviera opciones.

Heinrich Himmler.

Aquí hago una precisión histórica: Himmler no fue juzgado ni diagnosticado en Núremberg. Murió por suicidio después de ser capturado en 1945.

Pero su historia resulta mucho más perturbadora precisamente porque no necesitamos inventarle una infancia de miseria para explicar lo que hizo. Nació en una familia católica y de clase media, recibió educación y tuvo oportunidades. Sin embargo, eligió abrazar

el fanatismo nazi y terminó siendo uno de los principales responsables de la maquinaria de exterminio.

Y aquí está mi interpretación:

Himmler representa la maldad intrínseca.

No una maldad biológica ni un diagnóstico psiquiátrico, hablo de la elección consciente y reiterada del mal cuando existen alternativas.

Pudo elegir otro camino, no lo hizo.

Pudo enfrentar sus frustraciones, sus complejos y su necesidad de reconocimiento de otra manera, no lo hizo.

Eligió alimentar el resentimiento, convertirlo en ideología y utilizar el poder para imponerlo sobre millones, y ahí está la diferencia entre estas dos categorías, en una, las circunstancias pueden empujar a una persona hacia el abismo. En la otra, una persona mira hacia el abismo y decide caminar voluntariamente hacia él.

Pero existe una verdad que atraviesa ambas: Las circunstancias no borran la voluntad.

El sistema puede fallarte.

La pobreza puede empujarte.

La violencia puede deformarte.

El abandono puede romperte.

Pero nada de eso elimina por completo la responsabilidad individual.

Porque una cosa es explicar cómo alguien llegó al mal y otra muy distinta es absolverlo por haber llegado ahí.

Por eso debemos mirar las dos caras.

Al criminal que nació, en parte, de un sistema que no supo protegerlo.

Y al criminal que, teniendo alternativas, decidió conscientemente abrazar el mal.

Si llamamos “monstruos” a todos, dejamos de estudiar cómo se fabrican.

Y si justificamos a todos por sus circunstancias, eliminamos la responsabilidad.

Comprender al criminal no significa perdonarlo.

Significa intentar entender el camino para impedir que otros lo recorran.

Porque al final hay una pregunta que ni el Estado ni el individuo pueden esquivar:

¿Qué hiciste con las circunstancias que te tocaron?

Las circunstancias pueden explicar muchas cosas.

Pero no pueden borrar la voluntad.

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