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«El verdadero examen no es el T-MEC», la columna de Fer Martínez Arriaga

El verdadero examen no es el T-MEC

​​Durante semanas hemos escuchado la misma discusión: aranceles, reglas de origen, paneles de controversia y la revisión del T-MEC, pareciera que el futuro de México depende únicamente de un tratado comercial, y definitivamente esa lectura se queda corta.

​El T-MEC ya no es solamente un acuerdo económico, se ha convertido en el principal instrumento mediante el cual Estados Unidos mide, presiona y condiciona el rumbo institucional de México, cuando un socio comercial siente la necesidad de revisar cada vez con mayor frecuencia el cumplimiento de un tratado, la pregunta no debería ser qué está haciendo Estados Unidos, sino qué estamos dejando de hacer nosotros.

​La incertidumbre jurídica, la inseguridad pública, la presencia del crimen organizado en regiones enteras, las disputas regulatorias, las decisiones que ahuyentan inversiones y la incapacidad de ofrecer reglas claras han construido un ambiente donde la confianza ya no se da por sentada, no es casualidad que Washington insista en supervisar cada vez más aspectos de la relación bilateral, los tratados comerciales funcionan sobre una base muy sencilla: Confianza.

Cuando esa confianza se erosiona, aparecen las revisiones, los paneles, las advertencias y la presión diplomática.

​Pero creo aquí existe una conversación aún más profunda de la que casi nadie quiere hablar, y que va mucho más allá de las aduanas y los aranceles.

​El trasfondo geopolítico y el cambio de régimen

​El T-MEC es apenas la superficie de un fenómeno geoestratégico mucho mayor, lo que realmente está ocurriendo es un reacomodo geopolítico en todo el continente, mientras gran parte del mundo occidental gira hacia políticas enfocadas en el crecimiento económico, el fortalecimiento institucional, la seguridad, el control migratorio, la competitividad y una revaloración firme de la familia y del tejido social, México parece caminar en una dirección distinta.

​Estados Unidos no esta preocupado únicamente por los automóviles o por el acero, nuestro vecino del norte observa el modelo de país que México está construyendo desde el 2018 con lupa y se pregunta si ese modelo seguirá siendo compatible con los intereses económicos y estratégicos de Norteamérica.

​En este tablero, resulta evidente que Estados Unidos está impulsando activamente perfiles de derecha en toda América Latina para propiciar un cambio de régimen que garantice estabilidad y alineación regional, las señales son claras y públicas: si camina como pato, hace como pato, es un pato, las intenciones de Washington de promover un giro hacia gobiernos de derecha en la región responden a la urgencia de frenar el deterioro institucional y económico que dejan los experimentos estatistas.

​La verdadera identidad ideológica de la sociedad

​Quizá muchos consideren exagerada esta interpretación, o insistan en que México es un país naturalmente inclinado hacia la izquierda. Yo sostengo firmemente lo contrario. La mayoría de la gente, en su vida diaria, se identifica profundamente con los valores de la derecha, y no con la izquierda como muchos intelectuales orgánicos pretenden hacer creer.

​El mito de que el pueblo es inherentemente estatista se cae al analizar qué es lo que realmente desea el ciudadano común:

  • Crecimiento económico y movilidad social a través del esfuerzo propio y la meritocracia.
  • Seguridad y paz para salir a la calle sin temor.
  • Educación de calidad que premie el talento y la disciplina, no el adoctrinamiento.
  • Una casa buena y propia, construida con el fruto del trabajo individual, y no limitada a las opciones grises, burocráticas y restrictivas de esquemas masivos como el Infonavit.
  • Salud de calidad eficiente y digna.

​Y esa aspiración legítima de prosperidad solo la da el libre mercado y la tendencia de derecha. El capitalismo humanista y el individualismo responsable son los únicos sistemas capaces de generar riqueza real, innovación y verdadera libertad.

​Conclusión

​El T-MEC se ha convertido en una herramienta de presión política mucho más amplia que la simple vigilancia comercial, no necesariamente porque Washington quiera decidir quién gobierna México, sino porque entiende que las decisiones internas de nuestro país impactan directamente en su economía, su seguridad y su estabilidad regional.

​Por eso la verdadera discusión no es si habrá una revisión anual o semestral. La verdadera pregunta es por qué nuestro principal socio comercial siente la necesidad de vigilarnos cada vez más de cerca.

​Porque cuando un tratado deja de ser un instrumento de cooperación y comienza a parecer un mecanismo permanente de supervisión, el problema ya no está en el papel.

El problema está en la confianza que México ha dejado de inspirar.

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