“La revolución digital está modificando la gramática de los conflictos. A la guerra visible se suman formas híbridas: ataques cibernéticos, manipulación de la información, campañas de influencia y automatización de decisiones estratégicas.
La IA entra en estos procesos como factor de aceleración, en un contexto en el que muchas tecnologías son intrínsecamente ambivalentes: lo que nace para proteger puede convertirse rápidamente en ataque, y la frontera entre protección y agresión tiende a difuminarse”, advierte León XIV en Magnífica Humanidad (cap. V).
“Si observamos las dinámicas mundiales, reconocemos cada vez con mayor claridad la expansión de una cultura del poder hecha de polarizaciones y violencias. La Babel moderna no es sólo el paradigma tecnocrático globalizado, sino también el enfrentamiento entre imperialismos contrapuestos, entre potencias que quieren conservar su primacía y potencias que aspiran a conquistarla, con una multiplicidad de conflictos locales.
“Hoy asistimos a un verdadero cambio de paradigma en el discurso público con una preocupante rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional. La opinión pública se acostumbra progresivamente a narrativas mediáticas polarizadas, a menudo amplificadas por algoritmos que valoran el enfrentamiento y la oposición. También asistimos a una preocupante pérdida de la memoria histórica.
A esto se suma un elemento nuevo y decisivo: las redes de comunicación, los entornos informativos fragmentados y los algoritmos que premian el enfrentamiento pueden amplificar la polarización y el resentimiento, acelerar la propaganda y dificultar el discernimiento común.
“El panorama se vuelve aún más inestable por la presencia de nuevos actores armados -redes criminales- que marcan el fin del monopolio estatal de la fuerza. Y se suma el desarrollo incesante de las armas relacionadas con la IA.
El ciberespacio se ha convertido en terreno de enfrentamiento: ataques informáticos, manipulación de datos, campañas de influencia orquestadas con la ayuda de la IA pueden desestabilizar países enteros.
“La conflictividad exacerbada empuja hacia guerras asimétricas e “híbridasˮ, con el uso de la desinformación y campañas que alimentan el miedo para influir en la opinión pública. La política recurre con facilidad a la desinformación, a la ridiculización del adversario y a la construcción sistemática de miedos y resentimientos.
Así, la diversidad del otro se vive cada vez más como una amenaza, alimentando la voluntad de dominio, las ambiciones hegemónicas, los abusos de poder y el miedo a la diferencia, y preparando un terreno en el que pueden madurar nuevos conflictos sin darnos cuenta.
“Sin pretender agotar el tema, propongo cinco vías de responsabilidad cotidiana y pública: desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo y el multilateralismo. «Desarmemos las palabras y contribuiremos a desarmar la tierra».
El poder de las palabras es enorme y lo experimentamos en nuestra comunicación cotidiana, cuando alguien nos dice algo que cambia nuestro estado de ánimo, ya sea para bien o para mal. Debemos decir “noˮ a la guerra de las palabras y de las imágenes.
“Necesitamos un sano realismo. Existe un idealismo que selecciona los hechos, los manipula, los renombra y termina habitando una realidad construida. Existe también un realismo degradado que confunde la constatación con la resignación. El realismo auténtico comienza por ver con claridad los intereses, los miedos, las limitaciones y las relaciones de poder, precisamente para calcular qué es posible lograr y con qué pasos. Busca modos viables para que la paz sea más que una palabra, es decir, instituciones creíbles, garantías verificables, negociaciones pacientes, prevención de conflictos, protección de los civiles”.
León XIV cita a J. J. R. Tolkien, por boca de uno de los protagonistas de su novela “El señor de los anillos”, quien describió así nuestra responsabilidad: «No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza».


