DE LA CEGUERA A LA MAESTRÍA
Para vivir mejor.
Gabriel Espinoza Muñoz
Quiero inicialmente platicarles que a lo largo de mi vida he tenido excelente jefas mujeres, quienes ha ido marcando mi vida profesional, Marta Fuentes, Olimpia Sevilla, Gina Calderón, Consuelo Camarena, Lety Villegas, y bueno, en otro contexto Mima, quien siempre he dicho, sin temor a equivocarme, que es una mujer muy pero muy sabia.
Aprovecho este día para agradecerles infinitamente sus enseñanzas, pero sobre todo su ejemplo de vida y su ejemplo de lucha en defensa de sus convicciones.
Y bueno, aprovechando el viaje, quiero compartir algo que aprendí de una de ellas y que ha sido una herramienta que sirve tanto en el ámbito profesional como en el ámbito familiar.
Como padres o maestros, a menudo cargamos con el peso y con la convicción de querer ser el «faro» en la vida de nuestros hijos o alumnos. Sin embargo, nadie puede dar lo que no tiene, y nadie puede sanar lo que no reconoce como herido. La verdadera mejora familiar no comienza con un manual de disciplina para los hijos, sino con el humilde descubrimiento de nuestras propias limitaciones.
San Agustín decía: «Conócete, acéptate, supérate». Pero para superarnos, primero debemos entender en qué etapa del camino nos encontramos.
Y justo les quiero compartir lo que viví con una de mis jefas. En una de esas experiencias profesionales de las que inicié hablándoles en esta entrega. Tengo presente una plática con mi estimada Olimpia Sevilla, en aquel entonces directora regional de Institución Guanajuato para la Calidad, hace ya más de 25 años, siendo parte de ese equipo. En IGC nos tocaba asesorar a organizaciones en procesos de mejora continua y en la implantación de sistemas de calidad.
Olimpia decía que muchas veces para lograr una mejora real había que ir de la incompetencia inconsciente hasta la competencia inconsciente; primero se me hizo rara la idea pero era cosa de abrir la mente y entender el proceso. Hoy, en familia o en el aula y aun en los espacios de trabajo se vuelve totalmente vigente.
Este proceso se ejemplifica muy claramente con el proceso de aprender a manejar. Cuando empezaste a aprender a manejar recordarás aquello de “Neutral, clutch, encendido, primera, ve sacando clutch y metiendo acelerador, chin..se apagó, y va de nuevo… regresa a neutral comienza de nuevo, invariablemente preguntabas ¿Qué seguía?”
Así con los topes, las subidas, los cambios, la estacionada, etc, etc, etc,. Y no hablemos de salir a carretera por primera vez.
Hoy, cuando manejas, todo lo haces de manera casi inconsciente.
Ahora les quiero contar la historia de Andrés para iniciar con un ejemplo
Andrés era lo que muchos llamarían un «buen padre». Muy trabajador, en casa nunca faltaba lo necesario y además nunca faltaba a los partidos de fútbol de su hijo Mateo. Sin embargo, en su casa reinaba una tensión invisible. Cuando Mateo cometía un error, Andrés reaccionaba con un sarcasmo hiriente o un silencio glacial.
Andrés no se daba cuenta de que estaba replicando la dureza de su propio padre. Para él, eso era «formar el carácter». Estaba atrapado en la etapa más peligrosa: la Incompetencia Inconsciente.
Vamos a caminar el proceso
- Incompetencia Inconsciente: «No sé que no sé», El Velo en los Ojos.
En esta etapa, el padre o el maestro cometen errores sin ser conscientes de su impacto. Es el «punto ciego» espiritual y emocional. Creemos que nuestra forma de educar es la correcta simplemente porque es la única que conocemos o porque «así nos criaron». En esta etapa es donde el papá o el maestro piensa que solo él tiene la razón y entonces no asume que algo pudiera estarlo haciendo mal. Aquí a veces nos gana la soberbia y nos hace no cambiar.
Andrés pensaba que su rigidez era «rectitud». No sabía que estaba sembrando miedo en lugar de respeto. El despertar llegó una noche cuando escuchó a Mateo decirle a su mamá: «No quiero contarle a papá que me fue mal en el examen, porque su mirada me hace sentir que no valgo nada». Esa frase fue impactante.
- Incompetencia Consciente: «Sé que no sé», El Dolor del Despertar
Esta es la etapa de la humildad. Es el momento en que Andrés se mira al espejo y reconoce: «Estoy fallando y no sé cómo hacerlo mejor». Es un terreno fértil para la conversión, pero también para la desesperación si no se tiene fe.
Es el momento de buscar alternativas, leer, pedir consejo, analizar las causas y platicar lo que sea necesario, claro, siempre aplicando los principios clave, pedir perdón a la esposa y a los hijos si es necesario.
Andrés tuvo que admitir que sus herramientas emocionales eran insuficientes. Comenzó a leer, a buscar entender, a investigar posibles soluciones, pero, sobre todo, a escuchar a su familia sin defenderse.
- Competencia Consciente: «Sé que sé», El Esfuerzo de la Voluntad
La mejora, el cambio o en su caso la conversión, no son eventos mágicos; es un ejercicio de la virtud. En esta fase, el padre ya sabe qué debe hacer, pero le cuesta un esfuerzo enorme.
Es el corredor que entrena, aunque le duela, aunque le cueste trabajo levantarse temprano, aunque le cueste trabajo cuidar su alimentación, pero sabe que vale la pena.
Andrés ahora detecta el enojo antes de que salga de su boca. A veces tiene que morderse la lengua, respirar y encontrar las palabras correctas antes de hablar.
Es una etapa de mucha fatiga mental pues para mejorar tiene que estar siempre alerta. Ser un «buen padre» se siente como una tarea que requiere atención constante al detalle. No sale natural, pero se hace por amor.
«La virtud es un hábito operativo bueno» dice Santo Tomás de Aquino.
Andrés empezó a practicar la «pausa virtuosa». Antes de corregir a Mateo, se detenía tres segundos para recordar que su hijo era una bendición y no un problema a resolver.
- Competencia Inconsciente: «No sé que sé porque lo hago en automático», la virtud se hace Naturaleza
Después de años de práctica y perseverancia, la virtud se vuelve parte de la identidad del padre o maestro. La paciencia ya no es algo que Andrés «intenta» tener; Andrés es paciente.
El clima familiar y en el aula cambian. La autoridad ya no se basa en el miedo, sino en la autoridad moral de quien ama, respeta y valora. Las reacciones ante el estrés son gobernadas por la paz interior.
Andrés se encontró un día abrazando a Mateo tras un fracaso de su hijo, sin rastro de juicio en su voz. Solo después se dio cuenta de que no tuvo que «esforzarse» para no ser agresivo. El cambio había ocurrido.
Y bien, esos 4 pasos que escuché de mi estimada Olimpia Sevilla hace como 25 años, nos sirvieron inicialmente para impulsar cambios organizacionales en muchas empresas, pero también nos dimos cuenta que eran los mismos 4 pasos para generar un cambio en el ámbito personal y familiar.
Ahora que ya huele a vacaciones de semana santa, es más, ahora que estamos viviendo el periodo de cuaresma, es un buen momento para que, como papás, planeemos un proceso de cambio para las vacaciones o en el caso de las escuelas, es un buen momento para dejar como actividad de vacaciones hacer algo en casa en este sentido.
Y bueno, esta entrega la hago como una pequeña muestra de gratitud y reconocimiento a estas y a todas las mujeres que todos los días se levantan con la convicción de hacer un mundo mejor. Infinitas gracias o como decía Gustavo Cerati, “Gracias…Totales”
Nos vemos en la próxima entrega


