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«Buscando explicaciones Cuarta y última parte», la columna de Gerardo Mosqueda

«Buscando explicaciones»…  Cuarta y última parte.

Después de un breve recorrido por aspectos que involucran la vida de los jóvenes y siempre en un ejercicio prospectivo aportar el tema del entorno político, representa un reto particular, pero siempre será mejor abordar el tema, asumiendo riesgos en las interpretaciones, pero siempre en el intento de compartir una reflexión que nos haga voltear a ver escenarios futuros en medio de una sociedad que expresa más confusiones que se certezas, y que, en cierto modo, algunos de estos escenarios se han pronosticado con investigaciones formales.

Hemos reflexionado sobre los escenarios y los temas que adquieren una dimensión relevante a partir del enfoque que deriva de un diagnóstico y de la reflexión experta de estudiosos del tema sociológico y psicológico, de lo que podríamos identificar como estigmas sociales, salud emocional de la juventud en México, y en particular, de la sobrecarga estructural y su relación con una cada vez más intensa exposición digital.

La Unicef publicó en octubre de 2025 un trabajo sobre la salud mental de la generación Z en México: entre Esperanza y Agotamiento. Presenta una radiografía que se refiere a jóvenes de entre 13 y 28 años, donde revela entre otros factores
el peso de la sobre información, parece que a los jóvenes les agobian los contenidos y las noticias que consume ordinariamente, también hay una especie de saturación emocional, siete de cada 10 jóvenes se sienten abrumados por exigencias que podrían ser cotidianas y la mitad de los jóvenes estudiados, manifiestan y reconocen a haber necesitado ayuda psicológica.

También hay una brecha de género. El informe identificó que las mujeres jóvenes reportan mayores niveles de agobio, 77% y una necesidad de acompañamiento emocional más alta, 55% en comparación con los varones.

Ayudaría a profundizar en este tema demandante, un cruce de ideas entre la sociología política, la psicología de la generación Z y la transformación de las instituciones, por ejemplo, el libro de Jonathan Haidt y Greg Lukianoff: la transformación de la mente moderna. Aquí los autores analizan como las universidades occidentales, pasaron de ser centros de debate a espacio seguros y
explica cómo se ha debilitado la resiliencia emocional de los jóvenes, fomentando el victimismo y afectando los diálogos democráticos.

No hemos dejado de hablar de la generación de cristal, se han escrito una cantidad importante de ensayos tanto desde la perspectiva sociológica como psicológica, y se analiza el término evaluando si realmente existe una fragilidad inherente o si se trata de una etiqueta impuesta por generaciones mayores para deslegitimar demandas de justicia social y de salud mental, especialmente de los jóvenes.

Acercándonos más a los argumentos de carácter sociológico y el muy cambiante ámbito de la política moderna; hay una obra de Francis Fukuyama, que se refiere a la identidad como una demanda de dignidad y de políticas del resentimiento, y trata de explicar cómo la política moderna a emigrado de las luchas económicas hacia las políticas de identidad, es decir, que es ideal para entender como la búsqueda del reconocimiento de pequeños grupos fragmenta los espacios públicos, y por lo tanto, dificulta que los partidos tradicionales construyen narrativas universales.

Estamos ante la política en la era de los algoritmos y se trata de explorar como las redes sociales, moldean burbujas políticas de los jóvenes, mediante algoritmos de recomendación, transformando el activismo tradicional en un clicktivismo de nicho.

El tecnológico de Monterrey publicó en su plataforma Tec Science una investigación realizada a estudiantes mexicanos de la llamada generación Z y muestra que más del 75% de los alumnos ven el bienestar emocional, como su máxima prioridad, con lo que rompe, estigmas como ir a terapia; el 42.9% manifiesta sentirse solo y el 41.9% sobrepasado por los retos académicos y
personales y rectifica el argumento que asocia a un entorno hiper conectado que de manera contradictoria fomenta el aislamiento social.

Los estudios llevan a conceptualizar la calificación conocida como “generación de cristal” tiene un efecto nocivo y en lugar de ayudarles, esta estima invalida un malestar real asociado, al verse ridiculizados por los adultos, por lo que los jóvenes evitan canales institucionales tradicionales y prefieren refugiarse en comunidades de Internet, con lo que adoptan sin resistencia, etiquetas sociales, como si fueran un mecanismo de defensa colectiva.

En generaciones anteriores a la generación Z se puede describir cómo se construye la identidad a partir de factores analógicos y locales como la música, como el barrio, como el club deportivo, pero la generación Z y los jóvenes de la generación alfa configuran su autoconcepto a través de plataformas como TikTok, como Instagram y los algoritmos de recomendación están diseñados para detectar milimétricamente las inseguridades, los intereses y los rasgos de personalidad, por lo que no debería de ser extraño que al consumir estos contenidos de forma continua, el joven puede adoptar voluntariamente etiquetas como persona altamente sensible o persona neuro-divergente o persona introvertido con ansiedad social, porque estas clasificaciones son tan significativas que podrían ser equivalentes a un pasaporte de entrada a comunidades globales digitales que están validando sus sentimientos sin necesidad de dar más explicaciones.

Toda la narrativa de la fragilidad está construida por las generaciones de mayor edad que han sido en general educadas bajo una cultura de resistencia, de sacrificio silencioso o de normalización de entornos hostiles o autoritarios para los jóvenes, actualmente hablar abiertamente de salud mental o denunciar el acoso  escolar o laboral y asistir a terapia no es una debilidad, es una responsabilidad emocional.

Existe un riesgo que consiste en la tendencia de convertir emociones o rasgos comunes de la experiencia humana, en trastornos psicológicos, impulsados por creadores de contenido de psicología, en redes sociales, las más de las veces sin
credenciales profesionales, por lo que es muy común que los jóvenes suelen confundir conceptos de forma recurrente, por ejemplo cierta timidez o una introversión natural, podría ser diagnosticado de inmediato, como ansiedad o tristeza, la frustración ante un fracaso amoroso o académico, etiquetarlo como una depresión.

Cuando un joven adopta una etiqueta patológica como su identidad total y afirma, soy ansioso, por lo tanto, no puedo hablar en público está en la práctica, reduciendo su propia capacidad de superación y la etiqueta pasa de ser una explicación para convertirse en una especie de justificación para evitar una incomodidad, debilitando con ello el desarrollo de herramientas de resiliencia reales.

Cada vez es más común identificar una especie de intolerancia a la discrepancia, especialmente cuando el mundo real exterior no se amolda a sus necesidades específicas o a su glosario identitario, y entonces el joven suele experimentar una especie de confusión emocional y hasta calificar el entorno completo como un espacio hostil, o como un espacio inseguro.

Recuperando un poco el análisis en la perspectiva sociopolítica este fenómeno de las etiquetas y lo que se ha llamado generación de cristal, deja de ser un asunto puramente individual o sólo de redes sociales, para convertirse en un reflejo de lo
que hoy se conoce como la fragmentación democrática, las transformaciones del mercado laboral y nuevas batallas ideológicas.

Históricamente, los movimientos políticos y las demandas de la juventud se organizaban en torno a grandes ejes económicos o ideológicos. Hoy en día, la política está atomizada y la adopción de etiquetas ha hecho que la experiencia personal se considere una verdad absoluta por lo tanto se ha trasladado el debate político, a la defensa de micro identidades y de vivencias subjetivas.

Si se llegan a organizar políticamente, sólo con aquellos que comparten la misma etiqueta o el mismo tipo de sufrimiento emocional, se debilita la capacidad de crear grandes mayorías y la política se vuelve hiper fragmentada donde las distintas causas compiten entre sí, por ver quién ostenta el mayor grado de vulnerabilidad o de marginación, es un fenómeno que algunos sociólogos denominan olimpiada de la opresión.

Si intensificamos el propósito de entender la fragilidad de los jóvenes en sociología política, habría que ver sus condiciones materiales, porque calificar a una generación como de cristal suele invisibilizar que enfrentan un entorno socioeconómico más hostil que el de sus padres, suelen tener una incertidumbre total y viven con la idea de qué su situación será peor que la de sus progenitores, porque se están enfrentando a la imposibilidad de comprar una vivienda o a mercados laborales dominados por la informalidad o los contratos temporales y hasta por la amenaza del cambio climático.

Su aparente vulnerabilidad emocional es en realidad una respuesta política, institucionalmente huérfana ante un sistema que les exige una productividad implacable, sin ofrecerles certeza a cambio, por lo que etiquetar su ansiedad es su manera de verbalizar el desgaste sistémico.

Finalmente, la etiqueta generación de cristal se ha convertido en una muy poderosa arma retórica en la polarización política actual, utilizando el término de forma peyorativa para ridiculizar las demandas, argumentando que la juventud actual está obsesionada con lo políticamente correcto, la cultura de la cancelación y el victimismo. También. En ocasiones se instrumentalizan estas identidades para captar el voto joven, adoptando a sus códigos estéticos y de lenguaje, aunque esto suele quedarse más en el plano, sólo discursivo sin resolver demandas de fondo.

Cuando el malestar emocional o la discrepancia ideológica se equiparán erróneamente con la violencia física o un ataque a la seguridad, el diálogo democrático se bloquea si una opinión contraria es catalogada de inmediato como un discurso que atenta contra la salud mental de un grupo etiquetado se anula la posibilidad de negociar, de debatir o de construir consensos ciudadanos.

Hasta la próxima en PROSPECTIVA.
J. Gerardo Mosqueda M.

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