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«Del rey absoluto al Estado paternalista: el mismo amo con distinto rostro», la columna de Fer Martínez Arriaga

Del rey absoluto al Estado paternalista: el mismo amo con distinto rostro

Hubo un tiempo en que el rey era el Estado. Todo le pertenecía por «derecho divino»: las tierras, los impuestos, la justicia y, en muchos casos, hasta la vida de sus súbditos, el ciudadano no era propietario; era apenas un concesionario de aquello que el monarca decidía permitirle conservar.

La modernidad nació precisamente como una rebelión contra esa idea, la Revolución Gloriosa inglesa, la Independencia de Estados Unidos y las revoluciones liberales del siglo XVIII no fueron simples cambios de gobierno: fueron una declaración de que el poder debía estar limitado y que la propiedad pertenecía a los individuos, no al Estado.

John Locke sostenía que los hombres no crean gobiernos para entregarles sus derechos, sino para protegerlos, el Estado nace para servir a la sociedad, no para convertirse en su dueño.

Sin embargo, dos siglos después, el Leviatán aprendió una lección importante: para conservar el poder ya no necesita una corona.

Hoy el discurso cambió, ya no se dice que el gobernante es dueño de todo por voluntad divina, ahora se afirma que el Estado administra todo «por el bien común», el resultado, muchas veces, termina siendo parecido: una maquinaria burocrática que decide cuánto puedes conservar del fruto de tu trabajo, cuánto debes pagar en impuestos y qué necesidades serán atendidas según el criterio del gobierno en turno.

El lenguaje cambió.

La lógica del poder, no necesariamente. Eso no significa que toda ayuda social sea socialismo.

Aquí conviene hacer una distinción que muchos, tanto en la izquierda como en ciertos sectores libertarios, suelen ignorar, una sociedad libre puede decidir construir una red mínima de protección para quienes sufren una catástrofe, pierden su patrimonio, quedan desempleados por una crisis o atraviesan circunstancias extraordinarias, eso no convierte automáticamente al Estado en propietario de la economía ni destruye la libertad de mercado.

La diferencia no está en la existencia de un apoyo social. La diferencia está en su finalidad.

Un Estado paternalista pretende administrar la vida de las personas desde la cuna hasta la tumba, aspira a sustituir las decisiones individuales por decisiones burocráticas y convierte al ciudadano en un cliente permanente del poder político, un Estado liberal, en cambio, únicamente garantiza un piso mínimo para que nadie quede completamente abandonado después de una tragedia, pero entiende que la prosperidad solo puede construirse desde la libertad, la responsabilidad individual y la creación de riqueza.

Porque hay una pregunta que pocas veces nos hacemos.

¿Cómo podemos exigirle a una persona que actúe siempre de manera plenamente civilizada cuando siente que mañana puede quedarse absolutamente sin nada?

¿Cómo exigirle serenidad a un padre que perdió su empleo, su patrimonio o su vivienda y observa que su familia corre el riesgo de quedarse sin techo? ¿Cómo pedir confianza en las instituciones cuando la sociedad únicamente responde: «arréglatelas como puedas»?

El abandono también destruye la civilización.

En antropología suele citarse un ejemplo revelador: el hallazgo de huesos fracturados que sanaron completamente en antiguos asentamientos humanos. Una persona con una lesión de esa magnitud difícilmente habría sobrevivido sola, si logró recuperarse fue porque alguien la alimentó, la protegió del clima, la defendió de los depredadores y esperó pacientemente a que pudiera caminar de nuevo.

Ese cuidado mutuo es uno de los primeros indicios de cooperación social.

La civilización no comienza cuando aparece el poder. Comienza cuando aparece la solidaridad.

Por eso una sociedad verdaderamente libre no abandona al que ha caído, pero tampoco convierte la ayuda en un modo permanente de vida. Cuando la red de seguridad deja de ser un trampolín y se convierte en una hamaca, el ciudadano deja de mirar hacia su propio esfuerzo para comenzar a depender del político de turno, entonces la ayuda deja de ser solidaridad y se transforma en clientelismo.

Y ahí aparece nuevamente el Leviatán.

No es casualidad que países como Suecia sean utilizados constantemente como ejemplo del supuesto «socialismo exitoso», la realidad es bastante distinta, Suecia posee uno de los sistemas de bienestar más amplios del mundo

porque antes construyó una economía profundamente capitalista, protege la propiedad privada, garantiza seguridad jurídica, fomenta la inversión, respeta la libre empresa y permite que millones de personas generen riqueza, es esa riqueza la que financia el Estado de bienestar.

Primero vino el mercado. Después llegó el bienestar. Nunca al revés.

El verdadero problema aparece cuando la política deja de ayudar a quien cayó y comienza a administrar la dependencia, porque entonces surgen generaciones enteras cuya relación con el Estado ya no consiste en exigir derechos, sino en esperar permisos, subsidios y favores.

La política deja de ser una competencia de ideas para convertirse en una competencia por administrar dependencias, ese es el verdadero riesgo del populismo moderno, no necesita nacionalizar todas las empresas, le basta con nacionalizar la esperanza, sin embargo, tampoco debemos caer en el error contrario.

Pensar que toda ayuda debe concentrarse en el Estado es repetir el mismo problema que el liberalismo combatió hace tres siglos: la concentración del poder, durante las monarquías absolutas, el problema era que el poder político controlaba prácticamente toda la riqueza y las decisiones importantes de la sociedad.

Hoy algunos pretenden resolver los problemas sociales devolviendo nuevamente al Estado el control sobre la economía, los medios de producción y la vida cotidiana, es decir, quieren combatir el exceso de poder… entregándole todavía más poder al mismo Leviatán.

La solución es exactamente la contraria, no darle más recursos al Estado, darle más fuerza a la sociedad.

Una sociedad donde existan familias sólidas, asociaciones civiles, cooperativas, organizaciones filantrópicas, iglesias, fundaciones y comunidades capaces de responder cuando alguno de sus integrantes atraviesa una tragedia, un Estado subsidiario debe intervenir cuando esas redes resulten insuficientes, pero nunca sustituirlas, porque la solidaridad auténtica nace de personas libres, la dependencia permanente nace del poder concentrado.

Y eso es precisamente lo que necesita México.

No un gobierno que concentre cada vez más empresas, instituciones, presupuesto y decisiones en un pequeño grupo político, ya conocemos ese modelo, cambian los nombres, cambian los partidos y cambian los discursos, pero la lógica sigue siendo la misma: concentrar poder para administrar la vida de millones.

México necesita exactamente lo contrario.

Necesita ciudadanos más fuertes que el gobierno; instituciones más fuertes que los políticos; una sociedad civil organizada con recursos para responder ante las crisis; un Estado que garantice seguridad, justicia, infraestructura y reglas claras para competir, pero que no pretenda sustituir la iniciativa de los individuos.

Necesita un gobierno suficientemente fuerte para proteger nuestros derechos, pero lo bastante limitado para no convertirse nuevamente en su propietario.

El liberalismo nunca luchó para cambiar de rey. Luchó para que nadie volviera a ser dueño de los ciudadanos.

Porque cuando el Estado deja de ser árbitro para convertirse en tutor; cuando deja de proteger libertades para administrar vidas; cuando deja de servir a la sociedad para pretender sustituirla, el Leviatán simplemente ha cambiado de rostro.

La verdadera libertad no consiste en esperar que el gobierno resuelva nuestra vida, consiste en construir una sociedad lo suficientemente fuerte como para que ningún gobierno vuelva a creer que puede ser nuestro amo.

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