“UN POCO DE HAMBRE Y UN POCO DE FRIO”
Para vivir mejor.
Gabriel Espinoza Muñoz
Nunca habíamos tenido a nuestro alcance tantos recursos pedagógicos, tanta información, tanta tecnología, sin embargo, nunca habíamos sido testigos de una generación de niños y jóvenes tan vulnerables a la más mínima frustración y tan carentes de las herramientas espirituales e intelectuales para hacer frente a la vida real… padres también.
A menudo caemos en una trampa sutil pero muy peligrosa; confundimos el amor con la sobreprotección. Creemos que amar a un hijo es allanarle el camino, evitarle cualquier molestia y resolverle de inmediato cada necesidad o antojo.
Sin embargo, el verdadero amor no es complacencia; el verdadero amor busca el bien supremo del otro, y el bien supremo de un hijo es que llegue a ser un adulto virtuoso, libre, maduro, responsable y capaz de servir al prójimo.
En esta entrega, nos adentraremos en una máxima antigua, pero de gran actualidad, atribuida a la sabiduría de Confucio (551 a. C. – 479 a. C), pero plenamente concordante con las virtudes de la templanza y la fortaleza: “A los hijos hay que criarlos con un poco de hambre y un poco de frío”.
Y creo fundamental comenzar haciendo una precisión; la sabiduría ancestral de Confucio no nos invita, de ninguna manera, al maltrato, a la negligencia, al abandono o al rigorismo cruel.
Por lo tanto, aclaremos a qué nos referimos.
- No es privación del amor, sino amor maduro: “Un poco de hambre” no significa desnutrir al niño; “Un poco de frío” no significa dejarlo congelarse a la intemperie. Significa no saciar al instante cada uno de sus deseos materiales; significa ayudarle a entender el valor de las cosas y lo que implica su atención.
- Es educación de los sentidos y del deseo: El hijo que obtiene inmediatamente todo lo que pide, en el segundo en que lo pide, destruye su capacidad de valorar lo recibido, de desarrollar la gratitud el esfuerzo.
- Es pedagogía de la espera: El «hambre» y el «frío” son metáforas del aplazamiento de la gratificación. Una sociedad que adoctrina a nuestros niños en el “Lo quiero todo y lo quiero ya” está fabricando seres insatisfechos de por vida, incapaces de comprometerse en un matrimonio, en un trabajo o en un proyecto profesional duradero, pues toda meta alta requiere soportar etapas de sequedad, cansancio y sacrificio.
Checa si haces o hiciste algo así:
LA CUCHARA: El niño pequeño adquiere la motricidad fina necesaria para sostener la cuchara e intentar llevarse el alimento a la boca. Es un proceso lento al principio; derramará un poco de sopa, se manchará la cara o la ropa, tardará el triple de tiempo. Ese proceso es el camino hacia su autonomía. Sin embargo, ¿qué hace el adulto impaciente o sobreprotector? Le quita la cuchara de la mano y se la introduce él mismo para «no hacer desorden», para «terminar rápido» o simplemente «para consentirlo».
EL VESTIDO Y EL CALZADO: Cuando el niño de dos o tres años ya puede intentar quitarse o ponerse una prenda sencilla o ajustar un cierre, nos adelantamos. Nos resulta más “Amoroso” vestirlo nosotros.
EL LENGUAJE DE SEÑAS: Un bebé señala un vaso de agua y emite un gruñido. A los diez meses, esto es normal. A los dos o tres años, el niño debe ser estimulado a pedir las cosas mediante la palabra. Pero si los padres, adivinos de sus caprichos, le entregan el vaso, el juguete o la galleta ante el simple gesto de extender el dedo llegará al preescolar con un vocabulario pobre, enojado porque los demás no leen su mente como lo hacen sus padres.
LA MOCHILA Y LA LONCHERA: El niño entra a la escuela y los padres cargan la mochila por él, le preparan y abren el desayuno, le atan las agujetas cuando ya debería saber hacerlo. El niño camina con las manos vacías mientras la madre o el padre avanzan encorvados cargando los útiles del pequeño. ¿Qué tipo de mensaje le estamos dando sobre la responsabilidad personales de sus propios deberes?
El hijo o alumno que no experimenta jamás el «hambre» (la falta temporal de algo) ni el «frío» (la incomodidad pasajera) llega a convencerse de que el mundo gira en torno a sus apetitos. Se convierte en un «merecedor absoluto».
- Cree que merece la mejor comida sin haber ayudado a poner la mesa.
- Cree que merece los mejores juguetes sin haber cuidado los que ya tiene.
- Cree que merece las mejores calificaciones sin haber estudiado.
- Cree que el maestro, el compañero, el papá o el gobernante están allí para servirle y satisfacerle.
- Cree que merece disponer de los recursos de los padres para adquirir lo que quiera, sin importar a quien afecte.
San Juan Bosco, el gran maestro de la juventud, enseñaba que los niños son como la cera blanda. Se dejan moldear fácilmente cuando son pequeños, pero una vez que la cera se endurece, cualquier intento de cambiar su forma requiere romperla.
Si a un niño pequeño se le permite seguir todos sus impulsos sensibles (comer a deshoras, gritar para obtener lo que quiere, rechazar el esfuerzo, vivir en la comodidad absoluta), estamos alimentando los deseos desordenados. Educarlo con «un poco de hambre y un poco de frío» es el método preventivo para enseñarle a gobernar sus pasiones antes de que sus pasiones lo gobiernen a él.
Lamentablemente, en muchas de nuestras escuelas ha penetrado una filosofía pedagógica que confunde el respeto al alumno con la permisividad absoluta y la baja de exigencia. Y las normas hoy no nos ayudan mucho, los docentes hoy somos más vulnerables que nunca.
El docente puede ser un aliado firme de los padres en la búsqueda del bien del alumno, no un complaciente de los caprichos del niño o de los complejos de culpa de los adultos.
Cuando un maestro mantiene un estándar alto de disciplina y esfuerzo académico, está ofreciéndole a sus alumnos ese «un poco de frío» que les permitirá desarrollar músculos intelectuales y morales verdaderos.
DECÁLOGO DE LA AUSTERIDAD EDUCADORA
- Nunca hagas por un hijo lo que él ya puede hacer por sí mismo. Cada tarea que le quitas es una capacidad que le robas.
- Enseña a esperar. El deseo que se pospone fortalece el alma. No satisfagas de inmediato ningún antojo o capricho material si no hay un acto previo de reflexión.
- La comida no es un restaurante. Agradecer y comer lo que hay y como se preparó para todos. La gratitud en la mesa es el cimiento de la humildad del corazón.
- Permite que sienta el frío de las consecuencias de sus errores. Como se cumplen consecuencias de los aciertos también se deben cumplir las consecuencias de los errores.
- El trabajo en casa es el abono de la virtud. Todos los miembros de la familia contribuyen diariamente al orden.
- No le tema al aburrimiento de sus hijos. Del aburrimiento nace la creatividad, la reflexión y el juego sano.
- Educa en los hábitos digitales desde la infancia. Las pantallas no son niñeras ni premios; son herramientas y deben estar bajo control.
- Premia el esfuerzo y el carácter, no la mera capacidad o el resultado. Valora la perseverancia, la honestidad y la amabilidad por encima de todo.
- Enseña a dar hasta que duela. Cuando un niño ve la carencia real de otros, aprende a mirar su propia vida con inmensa gratitud. Que aprendan a compartir no de lo que les sobra, sino de lo que aprecian.
- Reza en familia y muestra con el ejemplo la belleza de la espiritualidad, de acuerdo con tus propias creencias.
Educamos no para el momento presente; educamos para la vida adulta y, sobre todo, educamos para la Eternidad. Un hijo al que se le enseñó a soportar «un poco de hambre y un poco de frío» será un hombre o una mujer capaz de:
- Mantenerse alejado de los riesgos de hábitos desordenados.
- Mantenerse alejado de adiciones y malas compañías.
- Mantenerse fiel a sus promesas matrimoniales cuando lleguen los momentos de crisis o sequedad afectiva.
- Mantenerse firme en sus convicciones éticas, aunque la sociedad entera lo desprecie o lo persiga.
- Sostener a sus propios hijos con paciencia, sabiduría y amor incondicional.
- Aceptar la enfermedad, el dolor o el sufrimiento con la serena esperanza y como una forma de crecer.
Nos vemos en la siguiente entrega, y si crees que le pueda ser de utilidad a alguien ayúdanos a compartir.

