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«Sólo el que anda, sabe el valor de los pasos», la columna de Ulises Centeno

Expresión es…

«Sólo el que anda conoce el peso de su carga y sabe cuánto es poco o mucho tiempo, sólo el que anda sabe el valor de sus pasos.»

Caruli

Al principio cuando niños somos ansiosos, inquietos. Podemos caernos, levantarnos y deseamos que todo llegue rápido, un dulce, un juguete, un abrazo, una sorpresa…, soñamos con vivir muchas experiencias, como coloquialmente se dice, comernos al mundo.

Así vamos creciendo, viviendo etapas, disfrutando los triunfos, aprendiendo de las desilusiones, levantándonos de las piedras en el camino y de eso trata la vida, de avanzar, asumir cambios, ser humildes y dispuestos a seguir avanzando con lo que se presenta.

En días pasados, en un viaje con amigos y conocidos, por un exceso de confianza, tuve una caída, la sensación de dolor en el tobillo derecho era mucha, al día siguiente el pie inflamado, pero las muestras de solidaridad, preocupación y empatía eran evidentes. Sólo había estado en una silla de ruedas hace como diez años, previo a una operación de la vesícula.

Pero ahora depender de ella para ir a comer, para “moverme” a dónde fuera necesario me hizo experimentar un sinfín de sentimientos, reflexiones y valoraciones.

La dificultad para moverse, impacta significativamente en la vida de quienes la experimentan, ya que nos limita la capacidad de realizar actividades cotidianas inclusive las más básicas de una persona.

Y ese es uno de los principales aprendizajes que esta experiencia me ha dejado, valorar cada una de las partes de nuestro cuerpo. Hace algunos años tuve una fractura en el dedo meñique de la mano derecha y si se me dificultaron algunas cosas, pero no impacto en mi movilidad.

Hoy sé que hasta que no lo vives, comprendes a quienes por diversas circunstancias tienen que aprender a continuar con la vida con esfuerzo, muchas veces soportando el dolor, pero también la indiferencia que existe en algunas personas de la sociedad.

A pesar de que veían que me llevaban en silla de ruedas, o avanzaba cojeando vendado del pie, percibí en ocasiones también la indiferencia, el señalamiento, el me vale, el yo estoy formado, más debo reconocer que también agradezco desde quienes me ofrecieron ser mi apoyo para andar, medicamento para desinflamar, un masaje en el tobillo para aliviar, el dejarme pasar al ver mi condición, o quien consiguió u ofreció una silla para “descansar” y quien me prestó mi apoyo para sostenerme y que por un tiempo que espero sea breve será mi amigo bastón.

De regreso a la ciudad, vas descubriendo nuevas limitaciones; falta de rampas, falta de sensibilidad o “ceguera” con rostro de indiferencia.

Iba en el servicio de transporte por aplicación y de pronto un señor de la tercera edad, sólo con su andadera iba lentamente cruzando la calle, cuando el claxon de un autobús de pasajeros suena condtantemente y el operador grita: “apúrese viejo”, generó en mí molestia e indignación, que el conductor del carro en que iba y un servidor sacamos las manos por la ventana diciendo cálmate, y le expreso a él un “ahora comprendo más a quienes viven una condición que les limita la movilidad”

Considero que hoy cómo sociedad debemos hacernos conscientes del espacio personal, las tecnologías de asistencia, como las sillas de ruedas y los bastones, son sin duda parte importante del espacio personal de quienes lo requieren.

Como docente y directivo lo experimenté varias veces, a veces había que mover a todo un grupo para permitir “la comodidad” de quien lo necesitaba o buscar alternativas para ser empáticos con quien lo necesitaba. Y ojalá también quitemos las barreras de actitud que incluyen estereotipos, prejuicios o incluso discriminación.

Los gobiernos de cualquier nivel, tienes varios desafíos para ayudar a las personas en condiciones de discapacidad motriz y creo que una de las más importantes es la mejora de la accesibilidad de espacios públicos y en diálogo con la iniciativa privada de entornos particulares.

Hoy mi esguince me ha permitido sensibilizarme aún más, vencer miedos, aprender a vivir y convivir por un tiempo con esta condición. Y sí, el ser humano está hecho de anécdotas y sólo el que anda conoce el peso de su carga y valor de cada uno de sus pasos y pesar de la caída, ha valido la pena vivir y levantarse de nuevo.

L.E. Carlos Ulises Centeno López

caruli76@gmail.com

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