InicioColumna del Ermitaño"¿Que vamos a celebrar el 15 de septiembre?", la Torre del Bajío,...

«¿Que vamos a celebrar el 15 de septiembre?», la Torre del Bajío, la columna del Ermitaño

¿Qué vamos a celebrar el 15 de septiembre?

A 216 años del inicio de la Independencia, México y quienes lo habitan, deberían preguntarse si realmente se ha conquistado la libertad por la que miles de hombres y mujeres dieron la vida.

Este 15 y 16 de septiembre, México volverá a vestirse de fiesta. Habrá ceremonias, desfiles, banderas ondeando, discursos oficiales, fuegos artificiales y el tradicional llamado a celebrar la Independencia Nacional.

Pero, más allá del protocolo, de los programas institucionales y de la solemnidad de la fecha, vale la pena hacernos una pregunta incómoda: ¿realmente somos un país plenamente libre?.

La madrugada del 16 de septiembre de 1810 no fue un acto simbólico ni una celebración.

Fue el comienzo de una lucha que habría de costar miles de vidas. Hombres y mujeres se levantaron no propiamente para buscar la independencia, sino para contrarrestar un sistema que consideraban injusto y contra un poder que había limitado sus posibilidades de decidir sobre su propio destino.

Aquellos insurgentes no lucharon para que, 216 años después, los mexicanos simplemente repitiéramos una ceremonia cada mes de septiembre.

Lucharon por la dignidad, por la libertad y por la posibilidad de construir una nación en la que los ciudadanos pudieran decidir su propio futuro.

Por eso, hoy resulta inevitable preguntarnos: ¿qué hemos hecho con esa libertad?.

México es formalmente una República democrática. Tenemos instituciones, elecciones, una Constitución y derechos reconocidos. Sin embargo, la existencia de esos principios en el papel no significa que todos los mexicanos los experimentemos de la misma manera en nuestra vida cotidiana.

La libertad también se mide en la posibilidad de caminar por las calles sin miedo; de expresar una opinión sin temor a represalias; de emprender sin encontrar obstáculos interminables como impuestos excesivos o extorsiones; de acceder a una educación de verdadera calidad; de encontrar un empleo digno; de recibir justicia cuando se ha cometido un delito; y de vivir en condiciones de igualdad y equidad.

Y es precisamente ahí donde la celebración debería convertirse en reflexión.

¿Podemos hablar de libertad cuando millones de mexicanos viven preocupados por la inseguridad, por siquiera regresar a su casa a diario? ¿Podemos hablar de igualdad cuando las oportunidades siguen estando profundamente marcadas por el lugar donde se nace? ¿Podemos hablar de justicia cuando tantos ciudadanos sienten que obtenerla es un camino largo, costoso, incierto o imposible?.

La educación también debería ocupar un lugar central en esta discusión. Los resultados internacionales que han evidenciado los rezagos educativos de México no pueden ser vistos únicamente como estadísticas. Detrás de cada resultado hay niñas, niños y jóvenes cuyo futuro depende de la calidad de la educación que reciben hoy… y ahora la educación que brinda el bodrio llamado «nueva escuela mexicana» es un verdadero desastre.

Un país verdaderamente independiente no puede conformarse con administrar sus problemas. Tiene que resolverlos.

Tampoco podemos olvidar que la historia política de México ha demostrado que los colores partidistas cambian, pero los intereses de algunos grupos pueden permanecer.

Personajes que en el pasado pertenecieron a determinadas corrientes políticas han reaparecido en nuevos espacios y bajo nuevas banderas. Y eso debería llevarnos a una conclusión elemental: ningún partido, ningún gobierno y ningún político puede considerarse dueño de la nación.

México no pertenece a quienes gobiernan temporalmente. México pertenece a los mexicanos… o debería pertenecerle…

Por eso resulta peligroso confundir la lealtad a un proyecto político con el amor a la patria.

Un ciudadano verdaderamente patriota no tiene la obligación de aplaudir al gobierno en turno. Tiene, por el contrario, el derecho y la responsabilidad de cuestionarlo cuando considera que sus decisiones afectan al país.

La crítica no es traición. La crítica es una de las expresiones más importantes de la libertad que conmemoramos cada septiembre.

Y precisamente por eso, este 16 de septiembre deberíamos recordar que Agustín de Iturbide, Miguel Hidalgo, José María Morelos, Josefa Ortiz de Domínguez, Ignacio Allende y tantas mujeres y hombres anónimos que participaron en aquella lucha, no dieron su vida para que generaciones futuras permanecieran calladas.

Dieron su vida para que pudiéramos hablar.

Para que pudiéramos disentir.

Para que pudiéramos exigir.

Para que pudiéramos decidir.

Para que México pudiera ser una nación dueña de su destino.

Por eso, quizá este año no deberíamos limitarnos a preguntar qué vamos a festejar, sino algo mucho más profundo: ¿qué estamos haciendo con la libertad que recibimos como herencia?.

Porque la Independencia no es solamente un acontecimiento ocurrido hace 216 años. Es también una responsabilidad que se renueva todos los días.

Un país no es verdaderamente libre solamente porque alguna vez rompió las cadenas de un régimen colonial. La libertad debe defenderse frente a cualquier forma de abuso de poder, corrupción, autoritarismo, impunidad, violencia o sometimiento.

Y esa defensa no corresponde exclusivamente a un gobierno. Corresponde a todos.

A los ciudadanos que votan.

A los periodistas que preguntan.

A los maestros que educan.

A los jóvenes que cuestionan.

A quienes emprenden.

A quienes trabajan.

A quienes exigen justicia.

A quienes se niegan a aceptar que la pobreza, la violencia o la falta de oportunidades sean el destino inevitable de México.

Quizá por eso el verdadero homenaje a quienes iniciaron la Independencia no consiste solamente en gritar “¡Viva México!”.

Consiste en preguntarnos si estamos construyendo el México por el que ellos estuvieron dispuestos a morir.

Si la respuesta es no, entonces no deberíamos sentirnos satisfechos.

Deberíamos preocuparnos.

Y, sobre todo, deberíamos actuar.

Porque las generaciones de 1810 no nos heredaron una libertad para presumirla una noche al año.

Nos heredaron una libertad para defenderla todos los días.

Ese debería ser el verdadero significado del 16 de septiembre.

Y quizá la pregunta más incómoda de todas siga siendo la misma:

Después de 216 años, ¿México es realmente libre?

Temas Relacionadas

Lo mas visto