Antes de formar campeones, formemos personas.
Por Luis Aguilar Valencia.
Hay algo que me gusta observar cuando termina un partido, el marcador deja de importar por unos minutos. Más allá de los goles, los trofeos o los resultados, cada partido deja una enseñanza. Las niñas y los niños aprenden a trabajar en equipo, a respetar a sus rivales, a celebrar los triunfos y, sobre todo, a levantarse cuando las cosas no salen como esperaban.
En ese proceso, la familia juega un papel fundamental. Una palabra de aliento, un abrazo después de una derrota o la presencia de mamá, papá y los seres queridos en las tribunas pueden hacer la diferencia. Porque para un niño, saber que su familia está ahí, sin importar el resultado, le da confianza y motivación para seguir adelante.
El deporte nos recuerda que no siempre se gana, pero que cada esfuerzo vale la pena. Por eso, antes de preguntarnos si un niño tiene talento para convertirse en campeón, debemos pensar en la persona que estamos ayudando a formar. Una persona que aprenda a respetar, a ser constante, a trabajar en equipo y a enfrentar los retos con valentía.
Cuando la familia y el deporte caminan juntos, se construyen valores que acompañan a las niñas y los niños mucho más allá de una cancha. Quizá algún día ganen un campeonato, quizá no, pero si aprenden a creer en sí mismos, a levantarse después de cada caída y a valorar a quienes los acompañan, el deporte habrá dejado una huella para toda la vida.
Porque el marcador termina cuando acaba el partido, pero los valores, las enseñanzas y el respaldo de la familia permanecen para siempre.
#ElDeporteNosUne