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«Los dientes de leche bajo la tierra: ¿Dónde estaba el Estado cuando gritaban ‘Mamá’?», la columa de Fer Martínez Arriaga

Los dientes de leche bajo la tierra: ¿Dónde estaba el Estado cuando gritaban «Mamá»?

Hay cosas que uno lee y quisiera poder borrar de la memoria, hay imágenes que no deberían existir y hay objetos tan pequeños que contienen una tragedia tan monstruosa que uno no puede mirarlos sin sentir que algo se rompió dentro de este país.

Dientes de leche. Dientes pequeños. Dientes de niños. Dientes que alguna vez estuvieron en la boca de un niño que comía, que reía, que lloraba, que tenía miedo a la oscuridad, que alguna vez tuvo fiebre, hambre, frío, dientes de niños que alguna vez dijeron “mamá” y que, de acuerdo con el testimonio de una madre buscadora, fueron encontrados en un predio de Zacapu, Michoacán, la cifra denunciada es brutal: alrededor de mil 600 piezas.

La Fiscalía de Michoacán ha dicho que no tiene registro oficial del hallazgo, es como desaparecerlos otra vez y precisamente por eso corresponde investigar, peritar y determinar qué ocurrió, y perdón pero al Fiscal Interino de Michoacán no le creería ni el buenos días, mucho menos que no sabían de este hallazgo.

Porque si esos dientes pertenecieron a niños víctimas de algún crimen, estamos frente a una de las imágenes más terribles que puede producir una sociedad.

Y entonces hay que detenernos. No pensemos en esos dientes como evidencia, pensemos en ellos como lo que fueron: parte del cuerpo de un niño y pensemos en esos niños.

¿Qué les hicieron? ¿Qué sintieron? ¿Tuvieron miedo? ¿Tuvieron hambre? ¿Tuvieron frío? ¿Lloraron? ¿Buscaron a su madre? ¿En qué momento dijeron “mamá” por última vez? Y si alguien escuchó ese último grito, ¿por qué nadie llegó?

Eso es lo que debería indignarnos, porque como ha planteado Óscar Balderas al hablar de este caso, unos dientes de leche arrancados de la tierra deberían ser suficientes para preguntarnos qué tendría que pasar para que finalmente dejáramos de acostumbrarnos al horror; Porque si unos dientes de leche no nos indignan, ¿qué demonios tendría que pasar para que reaccionemos?

Y aquí es donde el asunto deja de ser solamente criminal. Se convierte en un asunto de Estado. Porque la primera obligación de un Estado no es repartir dinero. No es inaugurar escuelas. No es entregar pensiones. No es repartir medicamentos, todo eso puede y debe discutirse, pero hay algo anterior, algo elemental, algo que debería estar garantizado antes de cualquier otra cosa: la vida, la integridad y la seguridad de las personas.

El ciudadano paga impuestos y a cambio espera algo mucho más básico que una dádiva: espera poder vivir; Salir de su casa, trabajar, llevar a sus hijos a la escuela, regresar, dormir, envejecer y criar a sus hijos sin que alguien pueda secuestrarlo, desaparecerlo, torturarlo, asesinarlo o convertirlo en mercancía.

Porque si eso no está garantizado, todo lo demás comienza a perder sentido.

¿De qué sirve una beca para un niño que no llegó a la escuela? ¿De qué sirve una pensión para una madre que está recorriendo fosas clandestinas buscando a su hijo? ¿De qué sirve una escuela si el niño que debería estar sentado en un pupitre terminó siendo víctima de trata, explotación sexual o esclavitud? ¿De qué sirven las medicinas si la familia que debería recibirlas está viviendo bajo el miedo de que uno de sus integrantes sea desaparecido? ¿A quién le vas a dar los apoyos si la madre está afuera buscando a sus hijos?.

Ese es el punto, no se trata de decir que la educación no importa, claro que importa, no se trata de decir que la salud no importa, claro que importa, no se trata de decir que las pensiones no importan, por supuesto que importan, se trata de entender que hay una condición previa para poder disfrutar de todas ellas: estar vivo.

Y mientras nosotros discutimos de bienestar, hay madres que no tienen bienestar, tienen fotografías, carpetas, lonas, palas, nombres y una esperanza terrible: encontrar a sus hijos, aunque sea para poder enterrarlos. Eso no es bienestar. Eso es el fracaso más elemental del Estado.

Y por eso es también tan importante hablar de las marchas provida de este fin de semana,  creo en defender la vida y creo que una sociedad que se dice civilizada tiene que proteger especialmente a quienes no pueden defenderse por sí mismos, defender la vida desde la concepción es un deber intrínseco de cualquier persona civilizada, pero precisamente porque soy provida, creo que tenemos que decir algo incómodo dentro del propio movimiento provida: la defensa de la vida no puede terminar en una pancarta.

No basta con marchar, no basta con gritar, no basta con llenar las calles, no basta con ir al Congreso a decir “no al aborto”, hay que llegar al Congreso con propuestas., hay que organizarnos, hay que construir soluciones.

Porque una mujer que está pensando en abortar puede estar diciendo algo mucho más profundo que “no quiero a mi hijo”, puede estar diciendo: “No tengo dinero. No tengo trabajo. Ya tengo cuatro hijos. El padre no me manda la pensión. No tengo quién me ayude. No tengo quién cuide a mis hijos. No tengo una familia que me sostenga. No sé cómo voy a alimentar a otro niño”.

Y quizá esa mujer no necesita que alguien le grite. Necesita que alguien se siente junto a ella y le diga: no estás sola, eso es defender la vida: conseguirle apoyo, ayudarla a terminar sus estudios, ayudarla a encontrar trabajo, ayudarla con una guardería, acompañarla durante el embarazo, ayudarla jurídicamente cuando el padre de sus hijos no cumple, buscar redes de alimentación y vivienda, acompañarla después del parto y crear mecanismos de adopción dignos y eficaces cuando sea necesario.

Construir una verdadera red de apoyo.

Porque decirle a una mujer “tenlo” es fácil, ayudarla a tenerlo, criarlo y sacarlo adelante es lo difícil.

Hay que reconocer, además, que la Iglesia es quien está haciendo parte de ese trabajo, este fin de semana las diócesis de León, Celaya e Irapuato salieron a las calles; Pero el propio mensaje de la Diócesis de Irapuato fue más allá del aborto: habló de violencia, desapariciones, abandono y mujeres embarazadas sin redes de apoyo, y llamó expresamente a pasar de la denuncia al acompañamiento y a la acción pastoral.

La Iglesia es quien tiene presencia cotidiana en comunidades donde el Estado decide no llegar, acompañando personas vulnerables, trabajando en prevención, reconstrucción del tejido social y atención a quienes no tienen a quién acudir.

Y hay algo todavía más doloroso: también hay sacerdotes que han sido amenazados, torturados y asesinados precisamente por estar ahí. La propia Conferencia Episcopal Mexicana ha denunciado que sacerdotes, religiosas y agentes de pastoral han sido amenazados y asesinados y torturados en regiones donde los grupos criminales ejercen control territorial.

Cuando un sacerdote termina siendo asesinado por intentar acompañar a su comunidad, tenemos que preguntarnos qué clase de vacío está dejando el Estado, porque cuando el Estado no llega, alguien ocupa ese espacio. A veces llega una parroquia. A veces llega una organización civil. A veces llega una madre buscadora. A veces llega una comunidad. Y, tristemente, otras veces llega el crimen organizado.

Ese es el verdadero problema y mientras todo esto ocurre, México enfrenta además otra transformación silenciosa, cada vez nacen menos niños; La tasa global de fecundidad pasó de 2.07 hijos por mujer en 2018 a 1.60 en 2023, según INEGI y entre las mujeres jóvenes sin hijos aumentó de manera importante la proporción que declara no querer tenerlos, entre las mujeres de 20 a 24 años, pasó de 34.5% en 2018 a 48.6% en 2023.

No existe una sola explicación para ese fenómeno.

La economía importa, la cultura importa, las decisiones personales importan, pero también importa el entorno; Porque nadie puede ignorar que estamos hablando de un país donde una madre puede terminar buscando a su hijo durante años, un país donde existen comunidades sometidas por el crimen, un país donde niños y jóvenes son víctimas de violencia, desaparición y explotación y luego nos sorprendemos de que las personas tengan miedo de formar una familia.

Por eso los dientes de leche me parecen mucho más que una noticia.

Son un símbolo.

Un símbolo de lo que sucede cuando una sociedad se acostumbra a la violencia, cuando una desaparición se convierte en una cifra, cuando una madre buscadora deja de ser noticia porque ya hay demasiadas, cuando un sacerdote asesinado apenas ocupa unos días en los periódicos, cuando una mujer embarazada en situación de vulnerabilidad es reducida a un debate legislativo, cuando una marcha termina y todos regresamos a nuestras casas convencidos de que ya hicimos nuestra parte.

No. No hemos hecho nuestra parte, ni las organizaciones civiles, ni los ciudadanos, ni los políticos y mucho menos el Estado.

Defender la vida significa mucho más que impedir una muerte antes del nacimiento. Significa defender al niño después de nacer, defender a la madre, defender a la familia, defender al anciano, defender al enfermo, defender al joven y defender al ciudadano. Y significa exigirle al Estado que cumpla con aquello para lo que existe: que podamos vivir.

Porque antes de preguntarnos cuántas escuelas construimos, deberíamos asegurarnos de que los niños lleguen vivos a ellas.

Antes de hablar de pensiones, deberíamos garantizar que las madres no tengan que cambiar la casa por una fosa clandestina, antes de repartir medicamentos, deberíamos  garantizar que las familias que los necesitan sigan existiendo y antes de presumir cualquier programa de bienestar, deberíamos ser capaces de responder una pregunta mucho más sencilla: ¿están nuestros hijos seguros?

Yo soy provida. Pero no quiero una defensa de la vida que termine cuando acaba una marcha. Quiero una defensa de la vida que se convierta en comunidad, en acompañamiento, en trabajo, en propuestas, en presupuesto, en organizaciones, en familias, en justicia y también en seguridad.

Porque no quiero que una mujer tenga que elegir entre abortar y morirse de hambre. No quiero que una madre tenga que elegir entre trabajar y abandonar a sus hijos. No quiero que un niño tenga que elegir entre ir a la escuela o sobrevivir.

Y, sobre todo, no quiero que las únicas huellas que nos queden de nuestros niños sean unos dientes de leche enterrados bajo la tierra.

Porque si un Estado no puede garantizar que sus niños lleguen vivos a la escuela, que sus madres puedan regresar a casa, que sus familias puedan vivir sin miedo y que sus ciudadanos puedan caminar sin convertirse en víctimas, entonces podrá repartir todos los apoyos que quiera. Pero habrá fracasado en lo más básico: proteger la vida.

Y una sociedad que realmente defiende la vida no debería conformarse con impedir que un niño muera antes de nacer. Debería exigir que nadie pueda matarlo después.

Porque la vida no necesita solamente discursos.

La vida necesita protección.

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