El verdadero campeonato
Mientras las cámaras del mundo enfocaban el césped impecable, los himnos y la fiesta del futbol, afuera del estadio otro México reclamaba atención.
No era una escena aislada ni una anécdota incómoda. Era el recordatorio de que un país puede organizar el espectáculo más grande del planeta y, al mismo tiempo, ser incapaz de garantizar seguridad, justicia y paz para millones de sus ciudadanos.
El contraste duele.
Durante años nos han dicho que el problema de la inseguridad se resolverá con más centralización, más poder concentrado y más presencia del Estado en todos los ámbitos.
Pero la realidad parece señalar lo contrario: tenemos un Leviatán cada vez más grande en lo político y administrativo, y al mismo tiempo un Estado demasiado débil para cumplir su función esencial: proteger a las personas.
No faltan diagnósticos. Tampoco faltan propuestas.
Alejandro Hope, uno de los analistas de seguridad más serios que tuvo México, insistió durante años en que la solución no estaba en los golpes espectaculares ni en las declaraciones triunfalistas. Su apuesta era fortalecer las policías locales, profesionalizar a los ministerios públicos, construir sistemas de inteligencia criminal y medir con rigor qué funciona y qué no. La seguridad, decía en esencia, no se improvisa; se administra con instituciones.
Ernesto López Portillo, especialista en seguridad ciudadana y reforma policial, ha recordado una verdad incómoda: ningún país puede aspirar a la paz si sus policías civiles son débiles, mal capacitadas o carecen de legitimidad ante la sociedad.
Apostar todo a la fuerza federal o militar puede ser una respuesta temporal, pero no una solución permanente. La seguridad empieza en el municipio, en la colonia, en la calle donde vive el ciudadano.
Desde otra trinchera, Idelfonso Guajardo ha señalado un elemento igual de importante: sin crecimiento económico no hay seguridad sostenible. Un país que espanta inversiones, castiga la productividad o genera incertidumbre jurídica termina produciendo desempleo, informalidad y, eventualmente, más violencia.
La seguridad no puede separarse de la economía. Son dos caras de la misma moneda.
A estas voces se suman otras, alejadas tanto del oficialismo como de la nostalgia autoritaria.
Eduardo Guerrero ha defendido la necesidad de inteligencia financiera para desmantelar las estructuras económicas del crimen organizado. María Elena Morera ha insistido en la evaluación ciudadana y la rendición de cuentas de las corporaciones policiales.
Las propuestas existen y, curiosamente, coinciden más de lo que discrepan:
- Policías municipales y estatales mejor pagadas, capacitadas y evaluadas.
- Fiscalías autónomas con capacidad real de investigación.
- Sistemas nacionales de inteligencia criminal e intercambio de información.
- Combate efectivo al lavado de dinero y a las finanzas del crimen organizado.
- Prevención social de la violencia, especialmente entre jóvenes.
- Certeza jurídica y crecimiento económico
- que generen oportunidades.
Nada de esto es novedoso. Lo novedoso sería hacerlo.
Porque el problema de México no es la ausencia de ideas; es la falta de voluntad para construir instituciones que sobrevivan a los gobiernos y a las campañas.
Afuera del estadio, mientras el mundo celebra, muchos mexicanos no piden milagros. Piden algo más modesto y, al mismo tiempo, más difícil: poder salir de casa sin miedo, trabajar sin pagar extorsión y confiar en que la ley existe para todos.
Ese debería ser nuestro verdadero campeonato.
Porque una nación no se mide por la magnitud de sus ceremonias, sino por la tranquilidad de sus calles. No por la fuerza de sus discursos, sino por la confianza que inspira en sus ciudadanos. No por la cantidad de poder que concentra el Estado, sino por su capacidad para ejercerlo con eficacia, con justicia y con límites claros.
El Leviatán fue creado para proteger a la sociedad, no para sustituirla, no para administrarle la esperanza ni para pedir paciencia indefinida mientras la violencia se vuelve costumbre.
Y hoy, mientras el mundo mira hacia el interior del estadio y celebra la fiesta del futbol, millones de mexicanos siguen esperando algo mucho más grande que una copa.
Esperan recuperar la paz. Esperan volver a confiar.
Esperan que el Estado deje de ser inmenso en sus ambiciones y pequeño en sus resultados.
Porque la fiesta está adentro. Pero el país, el país verdadero, sigue esperando afuera.
Y si hay una imagen que desnuda la fragilidad del Estado, es la de las madres buscadoras.
Porque cuando una madre tiene que tomar una pala para encontrar a su hijo, el problema ya no es la inseguridad: es el fracaso institucional.
El Leviatán fue creado para proteger a los ciudadanos. Si son las madres quienes tienen que hacer el trabajo que le corresponde al Estado, entonces no estamos frente a un Estado fuerte.
Estamos frente a un gigante que ha olvidado su deber más elemental.


