La Justicia que Nunca Llega
El sábado, durante el evento encabezado por Maru Campos en Chihuahua, Felipe Calderón lanzó una advertencia que debería preocupar a cualquier ciudadano que todavía crea en la República: el debilitamiento de las instituciones y el uso faccioso del poder conducen inevitablemente al autoritarismo. Tiene razón.
Pero existe una tragedia todavía más profunda que el autoritarismo.
La tragedia del ciudadano abandonado, porque mientras los analistas discuten si un presidente concentra demasiado poder, si un gobernador acumula demasiada influencia o si un partido controla demasiadas instituciones, millones de mexicanos enfrentan una realidad mucho más brutal:
La justicia simplemente no funciona.
No para ellos.
No para sus hijos.
No para sus familias.
No para sus negocios.
No para sus vidas.
Y ahí está la gran mentira de la política mexicana.
Nos hablan de democracia mientras los juzgados colapsan, nos hablan de derechos mientras los Ministerios Públicos se ahogan, nos hablan de seguridad mientras las víctimas hacen fila para ser ignoradas, nos hablan de instituciones mientras las instituciones se caen a pedazos; Porque seamos honestos.
Una gobernadora puede contratar despachos jurídicos de primer nivel.
Puede acceder a abogados que la inmensa mayoría de los mexicanos jamás podrá pagar.
Puede tener equipos completos dedicados a defender sus intereses.
Pero el ciudadano común no.
La madre que busca proteger a sus hijos no.
La víctima de violencia no.
El comerciante extorsionado no.
El trabajador que busca justicia tampoco.
Y entonces la discusión cambia.
Ya no se trata solamente de si el gobierno persigue adversarios.
La verdadera pregunta es:
¿Qué pasa cuando el ciudadano busca justicia y encuentra un sistema roto?
Porque eso es exactamente lo que está ocurriendo, en Guanajuato escuchamos año tras año los mismos discursos, presupuestos históricos, inversiones récord, compromisos sin precedentes, estrategias extraordinarias.
Perfecto.
Entonces alguien debería explicar por qué los ciudadanos siguen atrapados en procesos interminables.
Alguien debería explicar por qué las fiscalías siguen saturadas.
Alguien debería explicar por qué los juzgados siguen rebasados.
Alguien debería explicar por qué las víctimas siguen esperando.
Y alguien debería explicar dónde están los resultados.
Porque si la función más elemental del Estado es garantizar seguridad y justicia, entonces la pregunta es inevitable: ¿Dónde está el dinero?
Porque la función del gobierno no es producir comunicados.
No es organizar eventos.
No es fabricar propaganda.
No es presumir estadísticas cuidadosamente maquilladas.
Su función es impartir justicia.
Y cuando la justicia fracasa, fracasa todo.
Hoy miles de ciudadanos acuden a tribunales, presentan denuncias, cumplen procedimientos y siguen las reglas esperando que el sistema responda.
Y esperan.
Y esperan.
Y esperan.
Hasta que terminan aprendiendo la lección más peligrosa que puede aprender una sociedad:
Que las instituciones no sirven.
Y cuando una sociedad llega a esa conclusión comienza la verdadera descomposición.
Porque entonces aparecen las influencias:
Las palancas.
Los acuerdos por fuera.
Los favores.
Las recomendaciones.
La ley del más conectado.
La ley del más rico.
La ley del más poderoso.
Y eso no es justicia.
Eso es decadencia institucional.
Resulta imposible ignorar otra realidad.
Los operadores del sistema están rebasados.
Jueces.
Secretarios.
Ministerios Públicos.
Investigadores.
Personal administrativo.
Todos parecen trabajar dentro de un sistema incapaz de responder a la magnitud de los problemas que enfrenta.
Y cuando una niña queda desprotegida pese a antecedentes de violencia denunciados; cuando una juez por miedo a los imputados desprotege a las madres y sus hijos víctimas; cuando una víctima siente que nadie la escucha; cuando una familia observa cómo pasan los meses sin respuestas; cuando la justicia llega tarde o simplemente no llega, los ciudadanos tienen derecho a preguntarse qué está ocurriendo.
¿Falta de personal?
¿Falta de recursos?
¿Falta de protección para quienes imparten justicia?
¿Falta de voluntad?
¿O un sistema tan saturado que ya perdió la capacidad de cumplir con su propósito?
Porque no se puede exigir excelencia a instituciones que operan permanentemente al borde del colapso. Y tampoco se puede seguir fingiendo que todo funciona.
No funciona.
Y los ciudadanos lo saben.
Por eso resultan tan relevantes las propuestas de fortalecer la justicia cívica y la prevención de conflictos antes de que escalen. Por eso es indispensable profesionalizar y especializar mucho más a las policías municipales. Porque la seguridad no empieza cuando llega una patrulla.
Empieza mucho antes.
Empieza cuando el Estado resuelve conflictos antes de que se conviertan en tragedias.
Mientras tanto, los juzgados, las fiscalías y las cárceles siguen llenándose.
No de gobernadores.
No de dirigentes partidistas.
No de quienes aparecen en los titulares nacionales.
Se llenan de ciudadanos comunes.
De nuestros vecinos.
De nuestros hermanos.
De nuestras amigas.
De nuestros compañeros de trabajo.
De personas que intentaron confiar en las instituciones.
Y esa es la crisis que nadie quiere discutir.
Sí, México es un país donde la justicia suele llegar tarde.
Sí, México es un país con enormes déficits históricos en seguridad.
Sí, México es un país donde demasiada gente considera más efectivo arreglar las cosas por fuera que acudir a una autoridad.
Pero precisamente ahí está el origen de nuestro estancamiento.
Ninguna nación prospera cuando sus ciudadanos dejan de confiar en sus instituciones, si de verdad ha llegado la hora de los ciudadanos, como dijo Felipe Calderón, entonces no puede tratarse únicamente de votar.
Tiene que ser la hora de los ciudadanos responsables.
De los ciudadanos preparados.
De los ciudadanos capaces de organizarse.
De los ciudadanos que entienden que la política no puede seguir siendo una profesión vitalicia.
Porque a quien le cobran piso no es al dirigente partidista.
Es al dueño de la tienda.
Es al taxista.
Es al trabajador.
Es a tu vecino.
Es a tu familia.
Es a la gente común.
Por eso quizá ha llegado el momento de dejar de buscar salvadores.
Ya tuvimos caudillos.
Ya tuvimos iluminados.
Ya tuvimos redentores.
Ya tuvimos líderes que prometieron transformar el país.
Y aquí seguimos.
Con instituciones más débiles.
Con ciudadanos más indefensos.
Con gobiernos cada vez más grandes.
Y con resultados cada vez más pequeños.
Nadie va a venir a rescatar nuestras instituciones.
Ningún presidente.
Ningún gobernador.
Ningún partido.
Ningún mesías.
Nadie.
Las instituciones se fortalecen cuando los ciudadanos las exigen, las vigilan, las defienden y participan en ellas, porque el país que se está cayendo a pedazos no es el de los discursos, es el de la vida real.
Y cuando la justicia deja de funcionar para la gente común, el problema ya no es solamente el autoritarismo.
El problema es que la República empieza a vaciarse por dentro.
Y cuando eso ocurre, no queda izquierda ni derecha, gobierno ni oposición.
Solo queda una sociedad sola frente al Leviatán.

