El papa León XIV publicó el lunes 25 de mayo su primera encíclica, “Magnífica Humanidad”.
Consta de índice, introducción, cinco capítulos y una conclusión, en 96 páginas, las que recomiendo leer. El título emociona.
El primer párrafo de la introducción potencia el mensaje dirigido no solo a los cristianos, sino a todas las mujeres y hombres de buena voluntad, creyentes y no, como él incluye: La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos.
Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto.
Allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, sabiendo que «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado».
La Magnífica Humanidad la integramos todas y todos los de la especie humana. Y es desde ese sentido de pertenencia a la Humanidad -un sentido moral o político superior a otros sentidos de pertenencia, sea por razas, clases sociales, sexo, religión, pueblos, países, o cualesquier otro-, que sugiero una lectura de la Encíclica lo más omnicomprensiva posible.
¿Por qué magnífica? Por lo dicho: humanos somos y existimos como Humanidad; nos corresponde esta condición de magníficos, por varias razones. Entre otras, las que las ciencias que parten de experiencias, de laboratorios y otros instrumentos de observación, como la Física, la Química, la Biología, la Fisiología y otras ciencias experimentales que han explorado al ser humano y al Universo.
Concluyen que los que somos de la especie somos una unidad bio-psico-social con potencialidades ilimitadas. No se pondera otros seres superiores al ser humano desde esta tierra, según constata la evolución de la especie humana en una constante evolución sideral del Universo.
Esta es una primera densidad o calificación de magnífica, la dignidad del ser, la ontológica, una especie con evolución superior a otros seres presentes en nuestro espacio. Si no nos quedamos en la costra de nuestra realidad evolucionada, y vamos penetrando las cuestiones de quiénes somos, desde la psicología, la filosofía, la moral, y al buscar encontramos otras capacidades más allá de la constitución física, de un temperamento o el carácter, encontramos la persona humana, donde confluyen lo bio-psico-social, con algo más, lo espiritual, el cuerpo espiritualizado. Constatamos la confluencia de lo biológico, psico social, con lo espiritual.
Otra capa de dignidad, la dignidad humana en su aspecto moral: por estar dotada su inteligencia de voluntad o libre albedrío. Esta es la dignidad moral, otra nota magnífica. La Introducción de la Encíclica nos plantea una tercera dignidad. Con la dignidad de ser la persona humana lo más logrado hasta ahora en el ser y en lo moral o deber ser.
Y con la del principio de fraternidad, todos somo personas hermandas con los demás, por ser hijos del mismo Padre, llámele cada quien como quiera: Dios, Alá, Arquitecto Supremo. Sí, somos iguales en dignidad, derechos, libertades. Y además, somos hermanos por tener la misma filiación. Esto es más fuerte que la amistad.
En el punto 4 expone algunos de los dilemas de nuestro tiempo: “En los últimos años se ha hecho cada vez más evidente cuán rápida y profundamente la digitalización, la inteligencia artificial (IA) y la robótica están transformando nuestro mundo.
La técnica no debe considerarse, en sí misma, como una fuerza antagónica respecto a la persona; por el contrario, está arraigada en nuestra historia desde el principio, en cuanto es «un hecho profundamente humano, vinculado a la autonomía y libertad del hombre».
Analizaremos luego esos dilemas para la Humanidad de los desarrollos tecnológicos. Las cosas nuevas que la desafían.

