La mentira cómoda de las cifras y el infierno de los desaparecidos
Nos quieren vender una idea simple: si bajan los homicidios, baja la violencia. Si bajan los homicidios, deberíamos sentirnos más seguros. Si bajan los homicidios, “vamos bien”.
Y no. No vamos bien.
Ese es el falso dilema más perverso del debate público actual: reducir la seguridad de un país a una gráfica de homicidios. Como si la vida social pudiera resumirse en una línea descendente. Como si el miedo se moviera al ritmo de un PowerPoint.
En teoría, no hay crimen de mayor impacto que el homicidio. Es la privación absoluta del derecho más básico: la vida.
Pero en la realidad mexicana, la herida más profunda no siempre tiene acta de defunción. Tiene ficha de búsqueda. Tiene una lona con un rostro pegado en un poste. Tiene una madre caminando bajo el sol con una pala.
El sufrimiento que no termina
Cuando asesinan a alguien —con todo el horror que eso implica— hay un cuerpo. Hay un velorio. Hay flores. Hay un ataúd. Hay un momento en que la comunidad acompaña y la familia, con el alma rota, comienza un duelo.
Pero cuando alguien desaparece, el sufrimiento no empieza ni termina. Se estanca. No sabes si tu hijo está vivo. No sabes si tu hija está sufriendo. No sabes si te están vigilando a ti. No sabes si te toca a ti mañana.
No hay cierre. No hay tumba. No hay despedida. Solo incertidumbre.
Y la incertidumbre es un tipo de tortura.
En México no solo matan personas; suspenden familias en un limbo cruel. Todos sabemos lo que significa que alguien no aparezca en tres días, todos lo sabemos aunque nadie lo diga en voz alta. Y esa certeza oscura de que la persona ya no va a regresar se convierte en miedo colectivo.
La percepción de inseguridad no es una paranoia social, es la respuesta lógica a miles de familias buscando en fosas clandestinas porque el Estado no buscó primero, la percepción no baja porque el dolor no baja, la percepción no baja porque hay barrios enteros donde alguien desapareció y nunca regresó.
La percepción no baja porque cuando llevas flores por una vecina asesinada, hay duelo. Pero cuando la vecina desaparece, hay terror. «¿Porque la levantaron a ella? ¿Quién sigue? ¿Sigo yo? ¿Sigue mi hija? ¿Sigue mi esposo?»
La extorsión: el miedo que entra por la puerta principal
Y mientras discuten homicidios en conferencias, la otra realidad se expande: la extorsión. Antes se decía que eso era problema de grandes empresas o de “los que andan mal”. Hoy no. Hoy el cobro de piso le cae al tendero, al mecánico, al restaurantero, al del taller, al transportista, al vecino.
La delincuencia empresarial en México ha representado costos cercanos al 0.5% del PIB, con millones de unidades económicas afectadas. Pero el dato frío no explica lo que pasa cuando alguien llega físicamente a tu negocio a cobrarte.
No es una estadística. Es una fila.
En algunas zonas las cuotas se cobran semanalmente, cara a cara. Se forman. Pagan. Se van. Y nadie finge que no sabe quién manda. Eso destruye algo más que dinero: destruye la sensación de que el Estado tiene el control.
México es un país donde las pequeñas y medianas empresas generan la mayor parte del empleo y una proporción enorme del PIB. Si el crimen organizado presiona ese tejido productivo, no solo extorsiona negocios: extorsiona estabilidad social.
Y cuando el ciudadano común se da cuenta de que el miedo ya no es exclusivo de “los grandes”, sino que toca la puerta de su casa, la percepción se dispara.
Porque ya no es nota roja. Es tu colonia.
El vacío de autoridad
Otro elemento que nadie quiere decir con claridad: hay regiones donde el crimen organizado no solo delinque, gobierna. Impone reglas, media conflictos, decide quién puede trabajar y quién no.
Cuando circulan videos de criminales resolviendo herencias o “haciendo justicia”, no es anécdota folclórica. Es una señal brutal: el vacío institucional está siendo ocupado.
Y cuando una madre buscadora pide ayuda a un grupo criminal porque no encuentra respaldo oficial, el mensaje que recibe la sociedad es devastador: el Estado no está.
Eso no se corrige con una gráfica. Eso no se tapa con una conferencia. Eso se siente en el estómago.
El falso dilema
El error del debate es creer que la percepción debería obedecer a la estadística más grave. Pero la percepción responde a la experiencia cotidiana. Responde a saber que alguien desapareció y nadie sabe dónde está.
Responde a escuchar que al negocio de la esquina ya le están cobrando. Responde a ver que las madres siguen buscando con picos y palas mientras el aparato institucional discute narrativas.
La percepción no baja porque la confianza no sube. Y la confianza no sube cuando el ciudadano siente que está solo.
La verdad incómoda.
La seguridad no es solo la ausencia de homicidio. Es la presencia de autoridad legítima. Es certeza. Es saber que si algo pasa, el Estado responde.
Mientras haya miles de desaparecidos sin respuesta, la percepción de inseguridad seguirá alta. Mientras la extorsión sea rutina, la percepción seguirá alta.
Mientras haya comunidades donde el crimen impone reglas, la percepción seguirá alta.
No es un problema psicológico colectivo. Es una lectura racional de la realidad. La gente no es ignorante. No es manipulable. No “percibe mal”. Percibe lo que vive. Y lo que vive es incertidumbre.
Conclusión
El Leviatán prometió protección a cambio de poder.
Este régimen ha concentrado poder como pocos: más control, más mando federal, más discurso. Pero el miedo no se gobierna con conferencias.
Claudia Sheinbaum no puede pedir que “baje la percepción” mientras hay miles de fichas de búsqueda pegadas en postes. Omar García Harfuch no puede reducir la discusión a cifras de homicidio cuando el comerciante sigue pagando cuota y la madre sigue buscando con una pala.
Y que voces públicas como Viridiana Ríos salgan a defender las aberraciones del discurso oficial apelando a gráficas solo demuestra la falta de materia gris en las personas que apoyan el actuar de este régimen, es una elección política y hacerlo en medio de una crisis de desaparecidos es, cuando menos, una insensibilidad brutal frente a quienes viven el infierno de no saber dónde está su hijo.
La percepción no es un error estadístico. Es una reacción moral.
Mientras haya territorios sin control real del Estado, mientras haya familias sin respuestas y vecinos pagando para sobrevivir, ninguna narrativa va a cambiar lo evidente. Cuando un gobierno no puede garantizar vida, libertad y territorio, no enfrenta un problema de comunicación. Enfrenta un problema de legitimidad.
Porque el miedo no se maquilla. No se edita. No se argumenta. Se vive.


