Por qué EE. UU. va de verdad contra los cárteles?
No, esto no es un ejercicio académico con cifras neutras y frases sin filo. Esto es indignación escrita con rabia contenida frente a un fenómeno que destruye vidas, colapsa comunidades y terminó por convertirse en una amenaza tan real para Estados Unidos que ya no pueden seguir fingiendo que no existe.
Durante años, los cárteles de la droga mexicanos se rieron de fronteras, leyes y soberanías. No eran un problema remoto ni un “asunto interno” de México: eran —y son— un negocio criminal transnacional, brutalmente eficiente, que logró infiltrar, corromper y someter estructuras enteras de seguridad, justicia y política.
El flujo de drogas sintéticas, particularmente el fentanilo, convirtió esta amenaza en una emergencia nacional estadounidense. Hoy, la principal causa de muerte entre jóvenes en EE. UU. no es un tiroteo ni un accidente: es una sobredosis.
Eso no es una estadística fría; es una catástrofe humana.
Pero para entender por qué Estados Unidos hoy va con todo contra los cárteles, hay que decir una verdad incómoda: durante años, Washington fue blando, hipócrita e ineficaz.
Obama y Biden: el fracaso cómodo
Barack Obama prefirió la narrativa elegante al combate real. Su administración apostó por discursos, cooperación diplomática tibia y una política antidrogas que jamás tocó con seriedad el corazón del problema. Se habló de salud pública, de prevención, de enfoque social —todo muy correcto en el papel—, pero los cárteles crecieron, se sofisticaron y se expandieron. Mientras la Casa Blanca se refugiaba en la corrección política, el crimen organizado se convertía en un actor geopolítico de facto.
Joe Biden no solo continuó esa línea: la profundizó. Su gobierno heredó una crisis de fentanilo desbordada y respondió con la misma fórmula agotada: comunicados, cooperación “respetuosa” y una negativa casi dogmática a usar el lenguaje y las herramientas de seguridad nacional.
El resultado fue predecible: más muertos, más droga, más poder para los cárteles. Biden fue incapaz —o no quiso— reconocer que enfrentaba organizaciones armadas, financieras y territorialmente poderosas, no simples bandas criminales.
El problema de ambos no fue la falta de información. Fue la falta de voluntad política para llamar a las cosas por su nombre.
Trump: ver por tu país no es pecado
Y entonces llegó Trump. Incómodo, ruidoso, políticamente incorrecto, pero con algo que los otros evitaron: instinto de Estado. Trump entendió lo obvio: si una organización provoca decenas de miles de muertes dentro de tu territorio, eso es una amenaza directa a la nación. Punto.
Por eso impulsó la designación de los cárteles como organizaciones terroristas extranjeras. No como un capricho retórico, sino como una herramienta legal y estratégica para ir por su dinero, sus redes, sus aliados y su logística. Congelar activos, perseguir lavado, presionar gobiernos y, sí, abrir la puerta al uso de la fuerza si es necesario.
¿Es duro? Claro. ¿Es incómodo para México? Sin duda. ¿Es anormal? No. Es exactamente lo que hace cualquier Estado que se respeta.
Trump no estaba “jugando al vaquero”; estaba haciendo lo que Obama y Biden se negaron a hacer: defender a su población. Samuel González lo dijo sin rodeos.
Aquí es donde el análisis de Samuel González —exasesor de la ONU— corta como navaja. Esto no es política interna mexicana ni un berrinche electoral estadounidense. Es una decisión de seguridad nacional. Porque los cárteles no solo trafican drogas: contrabandean armas, lavan miles de millones, infiltran gobiernos, espían agencias y desafían al Estado.
Cuando una organización criminal tiene capacidad de vigilar a la DEA, corromper policías, controlar territorios y mover capitales como corporación multinacional, ya no estás ante delincuencia común: estás ante un Leviatán criminal.
¿Y México? El gran ausente
El verdadero escándalo no es que Estados Unidos actúe. El escándalo es que México no tenga quién lo haga.
Aquí se habla de soberanía como consigna hueca, mientras el territorio se fragmenta en feudos criminales. Se presume neutralidad moral mientras comunidades enteras viven bajo extorsión, desapariciones y terror. No hay una política de Estado clara, firme y sostenida contra el crimen organizado. Hay negación, eufemismos y una peligrosa normalización de la violencia.
Estados Unidos actúa porque tiene claro quién es el enemigo.
México no, porque nadie quiere pagar el costo político de enfrentarlo.
No hay zona gris.
Al final del día, contra este Leviatán no existe terreno neutral. O lo enfrentas con decisión, o aceptas vivir bajo su sombra. O usas el poder del Estado para proteger a los ciudadanos, o permites que el crimen opere como un Estado paralelo, con más dinero, más armas y menos escrúpulos.
Estados Unidos, tarde y mal, decidió actuar. México sigue esperando a que alguien, por fin, vea por el país.
Mensaje al gobierno mexicano: no es soberanía, es abandono
El escándalo por una posible intervención de Estados Unidos no es indignación patriótica: es cinismo. No hay soberanía que defender cuando el Estado ya se rindió puertas adentro. Nadie invade lo que está gobernado; se mete mano en lo que fue abandonado. Y México fue abandonado deliberadamente durante el sexenio de López Obrador.
López no fue ingenuo ni pacifista: fue irresponsable. Decidió no confrontar al narco, lo dejó crecer, lo dejó armarse, lo dejó gobernar regiones enteras. Hoy el crimen no solo trafica drogas: administra territorios, cobra impuestos, impone reglas y decide elecciones. Ese es el verdadero gobierno paralelo que heredó a Claudia Sheinbaum.
Sheinbaum no gobierna desde la fortaleza; gobierna desde la pared.
Y si algo termina de desnudar esta simulación es el papel de Harfuch. Porque lo que se presenta como “reordenamiento de seguridad” empieza a parecer, peligrosamente, reacomodo de intereses. No se desmantelan estructuras criminales cuando el negocio sigue fluyendo; no se derrota al narco cuando solo cambian los nombres de quienes controlan las rutas.
Todo indica que no hay una estrategia para romper el poder del crimen, sino para administrarlo con nuevos interlocutores, nuevas cabecillas y nuevos acuerdos tácitos.
Eso no es combatir al Leviatán: es aprender a convivir con él. Y cuando un Estado negocia lo que debería imponer, deja de mandar.
Si esta es la herencia que López Obrador dejó y que Sheinbaum decidió no confrontar, entonces el problema ya no es la presión de Estados Unidos, sino la claudicación interna. Un gobierno que tolera, reacomoda o normaliza al crimen no está siendo intervenido desde fuera: ya fue capturado desde dentro.
Pero hoy, todo indica que el costo de no haber enfrentado al narco lo están pagando —y lo seguirán pagando— los mexicanos.


