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«La libertad no se pide, se conquista», la columna de Fer Martínez Arriaga

El 3 de enero de 2026 quedará marcado como uno de esos días que separan a los tibios de quienes entienden cómo funciona realmente el poder. Un día incómodo para los hipócritas, devastador para los analistas “queda bien” y profundamente revelador para quienes todavía creen que los tiranos se van con exhortos diplomáticos.

Ese día, fuerzas de Estados Unidos capturaron —sí, capturaron— a Nicolás Maduro, dictador de Venezuela y heredero directo del chavismo, y lo trasladaron a Nueva York para enfrentar cargos por narcoterrorismo, tráfico de drogas y otros delitos graves.

El «Desecho» Internacional
No tardó en aparecer el coro habitual. Opinadores de escritorio, expertos de panel y sacerdotes del “derecho internacional” salieron a rasgarse las vestiduras diciendo que la captura fue ilegal. Qué conveniente.

Porque según ese mismo derecho internacional, también fue ilegal durante 25 años —primero con Hugo Chávez y luego con Maduro— la tortura, las desapariciones forzadas, los presos políticos, la represión en las calles, el narco poniéndose uniforme de militar, el fraude electoral y la demolición sistemática de las instituciones venezolanas. Pero de eso, ni una sola consecuencia.

Salida de Miraflores
¿De verdad alguien pensó que a Maduro se le iba a quitar pidiéndole por favor? ¿Con una carta, una mesa de diálogo o una resolución redactada por burócratas que jamás han vivido bajo una dictadura?

Cuando un gobierno deja de respetar la justicia, deja de ser un Estado y se convierte en un régimen. Y cuando no hay justicia, no hay soberanía. Y cuando no hay soberanía, no hay nada que violentar, porque lo único que queda es la voluntad armada de un tirano.

Venezuela llevaba un cuarto de siglo sin Estado de derecho, sin instituciones reales, sin contrapesos. Defender la “legalidad” de ese sistema no es civilización: es complicidad moral.

Lo verdaderamente obsceno vino después. En Ciudad de México, un grupo de prófugos de la regadera, pagados, izquierdistas de libro, salieron a “protestar” en defensa de Maduro. No había ni un solo venezolano. Ni uno. Solo militantes profesionales del desastre ajeno, defendiendo desde la comodidad chilanga a un dictador que jamás los persiguió, encarceló o mató.

Es difícil imaginar algo más indignante que ver a quienes nunca han vivido el miedo defender con consignas huecas a quien lo sembró durante décadas.

Y para quien aún dudara, la postura del gobierno mexicano terminó de exhibirlo todo.
Sheinbaum eligió bando. Porque solo los tiranos y las tiranas —con A— salen a defender a Maduro. Solo quienes aspiran al poder sin límites, al control sin rendición de cuentas y a la impunidad eterna justifican lo injustificable. No es neutralidad ni prudencia diplomática: es afinidad ideológica.

Se reconocen entre ellos.

Pero algo cambió en América Latina, y eso es lo que más les duele. Mientras Lula, Petro y Sheinbaum intentaban cocinar en la CELAC una carta para decir que “América Latina” rechazaba la detención de Maduro, apareció algo cada vez más escaso: carácter. Javier Milei, presidente de Argentina, frenó esa maniobra y los obligó a echarse para atrás. Así empezó a consolidarse un nuevo bloque libertario, incómodo, frontal, sin complejos, que no pide permiso para llamar dictadura a una dictadura.

Y aquí está la lección que muchos en México no quieren ver.

Los venezolanos hicieron lo que les tocaba. Salieron a las calles. Votaron a pesar del miedo, de las amenazas y de la violencia. Ganaron en las urnas. Y su premio fue la libertad. Porque la libertad no se administra, no se negocia y no se regala: la libertad se conquista.

En México, en cambio, hemos desperdiciado días cruciales. La captura de Maduro fue un golpe ideológico devastador para los regímenes populistas de la región, incluido el nuestro, y no se ha sabido aprovechar.

Como lo he dicho antes y lo repito hoy: para gobernar bien se necesitan los huevos bien puestos, y hoy no hay nadie que los tenga, pero tampoco quien los quiera. No hay liderazgo con carácter, no hay narrativa clara, no hay voluntad real de reconstruir justicia e instituciones. Solo cálculo, encuestas y miedo a incomodar.

Y ahora el mensaje incómodo, dirigido sin rodeos a la clase media y alta de México.

A quienes creen que “aquí no va a pasar”. A quienes piensan que mientras haya café, sobremesa y pláticas familiares, la libertad está garantizada. No lo está. La libertad no se defiende en cenas, ni en chats, ni en opiniones brillantes. No se defiende desde la comodidad. Se defiende con presencia, con carácter, con riesgo.

Miren a Venezuela. Miren a Ucrania, en 2013–2014, en la Plaza Maidán, donde los ucranianos defendieron su libertad frente a Rusia. No hubo tibieza ni neutralidad. Hubo ciudadanos que entendieron algo elemental: si no sales tú, alguien más decide por ti. Y cuando decides tarde, ya no decides nada.

México no es inmune. Nadie lo es. Quienes creen que su patrimonio, su educación o su estatus los salvarán, se equivocan. Las dictaduras no respetan niveles socioeconómicos cuando avanzan. Arrasan parejo.

Años de Oro, Patriotismo Histórico

Ya no basta con criticar. Hay que empezar a fijarnos en los perfiles políticos que realmente PIENSAN, HABLAN y ACTÚAN en consecuencia. No en perfiles de escritorio. No en los que se reparten cargos en la mesa. No en movimientos cascarón ni en partidos huecos, agotados,

sin ideas ni valentía, que ya no aportan absolutamente nada bueno a la sociedad.
Y también va un recordatorio para las Fuerzas Armadas. México ya conoció épocas de carácter.

Ahí está la memoria del grupo de élite “El Marino Loko”, entre 2010 y 2014, en una de las épocas más crudas de México, cuando realmente se desarticulaban células completas de narcotraficantes, cuando había decisión, eficacia y orgullo institucional. No para servir a proyectos políticos, sino para defender a la nación.

La historia no recuerda a los cómodos. No honra a los prudentes eternos. No absuelve a los que “no quisieron meterse”. La historia solo recuerda a quienes dieron un paso al frente cuando todavía había tiempo.

Veámonos en el espejo de Venezuela. Ahora, no después. Porque cuando el Leviatán termina de asentarse, ya no hay discursos, ni tratados, ni cafés que lo detengan.

Y entonces, los mexicanos patriotas ¿Qué dicen?…

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