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«MORENA festeja, Claudia Sonríe, México sangra»… la columna de Fer Martínez Arriaga

Mientras el gobierno celebraba en el Zócalo el séptimo aniversario de la llamada Cuarta Transformación —con sombrerazos, acarreados que “vinieron por convicción”, y discursos triunfalistas que solo convencen a quienes ya decidieron apagar el sentido común— en Michoacán explotaba una camioneta. Literal. No metafóricamente: explotó. Murieron personas. Heridos por doquier.

Y el Estado, ese Estado que se presume fuerte en el templete, se volvió pequeño como un susurro.

Pero claro, el espectáculo en la capital no podía detenerse. La fiesta no se cancela aunque arda el país. La narrativa no se interrumpe aunque la realidad estalle. ¿Y por qué habría de hacerlo? Si la 4T hace rato decidió que gobernar es un acto de magia: “¡Miren esta plaza llena! No volteen a ver los cadáveres allá afuera.”

El Zócalo: la plastificación del fervor

Empecemos con el show del Zócalo.

Autobuses por montones, grupos organizados, mantas idénticas, discursos en eco y una multitud que según el gobierno llegó por inspiración divina. Qué bonito. Qué conveniente.

Los medios registraron entrevistas donde los asistentes decían cosas como “nadie nos obligó”… y acto seguido admitían que sí había presión. Una coreografía perfecta:

— “Vine porque quise”

— “Bueno, me dijeron que tenía que venir”

— “Pero yo decidí venir”

— “Bueno, sí nos transportaron, pero gratis”

La misma lógica de un adolescente atrapado con el coche del papá a las 2 AM: “Puedo explicarlo”.

El acarreo existe desde que México es México, eso no es novedad. Lo que sí debería preocuparnos es lo fácil que la gente confunde presencia con respaldo, masa con convicción, gritos con legitimidad. Pero claro, el ciudadano promedio simpatizante de Morena vive feliz con la idea de que llenar el Zócalo es una prueba de que “el pueblo bueno” sigue enamorado del proyecto.

El detalle es que un Zócalo lleno no llena los huecos del Estado, ni los vacíos de seguridad, ni los agujeros que deja una bomba en la Costa michoacana.

Michoacán: tierra de nadie, responsabilidad de todos… excepto del gobierno

Mientras el “pueblo transformado” cantaba consignas, en Coahuayana una camioneta explotaba frente a una sede de la policía comunitaria. Cinco muertos. Heridos. Polvo, fuego, miedo. Un acto que los fiscales investigan como terrorismo, pero que el discurso oficial llama “hecho aislado”. Qué conveniente: para ellos todo es aislado. Todo.

— La masacre es aislada.

— Las desapariciones son aisladas.

— Las bombas son aisladas.

— Su responsabilidad también es aislada.

Este gobierno presume paz mientras el crimen organizado demuestra una capacidad armamentística digna de zonas de guerra. ¿Y la reacción? Tímida, tenue, burocrática. “Estamos investigando.” Claro, llevan seis años investigando todo y resolviendo nada.

Pero lo más grave es el desdén: la fiesta no se detiene. Porque la realidad es un obstáculo cuando uno vive atrapado en sus propios aplausos.

Los fanáticos del proyecto: devotos sin exigencias

Y aquí viene la parte incómoda: el problema no es solo el gobierno.

El problema también son sus seguidores. No todos —pero sí los suficientes.

Esos que justifican cada error con una acrobacia mental. Esos que relativizan cada tragedia con un “pero antes estábamos peor”. Esos que creen que criticar al gobierno es atacar “al pueblo”. Esos que prefieren creer en el mito antes que ver la evidencia. Esos que aplauden mientras el país se desangra, porque es más fácil repetir un eslogan que exigir resultados.

La 4T no sería lo que es sin esta feligresía política que se traga entera la narrativa del gobierno, aunque esté condimentada con contradicciones y servida sobre una montaña de inseguridad.

La oposición: el triste chiste que esta de moda.

Y si el oficialismo da risa, la oposición da tristeza.

En un país donde explota un coche bomba, donde la violencia se parece cada vez más a grupos insurgentes y grupos Yihadistas donde las regiones enteras viven bajo la ley del terror… ¿Qué hacen desde las cúpulas de «la oposición»? Nada.

O peor: Unos hacen videos justificándose por «errores» de escritura en las boletas para votar por la Fiscal, otros celebran y justifican el por que en lo obscurito intercambiaron favores por una reforma nefasta para el trabajador donde le quitan horas de trabajo y sueldo.

Desde las cupulas no se atreven a señalar el fracaso estructural del Estado. No articulan una narrativa. No articulan una propuesta. No articulan ni las palabras.

El Leviatán original, el de Hobbes, era una figura aterradora: un Estado fuerte, capaz de poner orden.

El nuestro es una botarga: grande por fuera, hueco por dentro.

Imponente en el templete, irrelevante en la frontera caliente donde manda el crimen.

Soberbio en la plaza pública, silencioso en la montaña donde gobiernan las balas. Fanático de sus cifras, ciego ante sus muertos.

Es un Gobierno que funciona para la foto, pero no para la vida. Un Estado que se aplaude a sí mismo con tanta fuerza que no escucha las detonaciones a lo lejos.

El punto final

Pueden llenar el Zócalo mil veces más. Pueden repetir que todo va bien hasta quedarse sin voz. Pueden acusar a sus críticos de ser “enemigos del pueblo”.

Pero mientras en México explote una sola bomba más —una sola—, mientras un solo mexicano viva aterrorizado, mientras una sola región esté bajo control criminal, entonces la transformación no habrá transformado nada.

Y la pregunta será inevitable:

¿De qué sirve un Gobierno que solo sabe inflar globos, pero no puede desactivar una bomba?

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