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«8 de marzo: cuando el feminismo crea criminales», la columna de Fer Martínez Arriaga

8 de marzo: cuando el feminismo crea criminales.

Cada año ocurre lo mismo. Cada año se repite la misma escena.

El 8 de marzo debería ser un día para hablar de la dignidad de la mujer, de su papel en la sociedad y de los desafíos reales que enfrentan millones de mexicanas. Pero en demasiadas ciudades del país, ese día se ha convertido en otra cosa: un pretexto de mujeres y hombres para causar vandalismo, caos y mucha violencia disfrazados de protesta.

Una causa que nació para hablar de dignidad termina convertida en una jornada de destrucción organizada.

Este año en Guanajuato no fue diferente. En Irapuato fue vandalizada la iglesia de la calle Guerrero, la Presidencia Municipal y varias personas fueron agredidas verbalmente por estas mujeres y hombres.

En León se registraron pintas en edificios históricos, ataques contra estaciones del transporte público, daños a una escuela e incluso un ataque con bombas molotov contra la puerta de la Presidencia Municipal.

También hubo pintas y daños en templos y patrimonio público.

Hay que decirlo sin miedo: Quien destruye propiedad pública o privada comete un delito 

Y quien lanza bombas molotov no es ninguna activista. Es una criminal.

No importa si lo hace en nombre de cualquier ideología, de una causa o de una consigna política.

La ley no distingue entre vandalismo de izquierda, de derecha o de cualquier otra etiqueta. El vandalismo sigue siendo vandalismo.

NO SIRVEN ESTAS MARCHAS

Sí, hay que decirlo con claridad: no sirven. No sirven porque quienes dicen marchar contra la violencia terminan reproduciendo exactamente la misma violencia que dicen combatir.

No sirven porque destruir iglesias, monumentos o transporte público no salva a una sola mujer, no protege a una sola niña y no encuentra a una sola persona desaparecida.

No sirven porque quienes dicen marchar contra la violencia terminan normalizando la violencia como método político.

Mientras algunos grupos celebran las pintas como si fueran un triunfo, México enfrenta tragedias mucho más profundas:

  1. Hay madres buscando restos humanos en fosas clandestinas.
  2. Hay niñas desaparecidas que nunca regresan a casa.
  3. Hay redes criminales que trafican con menores.
  4. Hay mujeres que son violentadas todos los días y que estan completamente perdidas sin entender que son víctimas.

Frente a esas tragedias, la respuesta de las Feministas por lo menos en México, Guanajuato y en particular en Irapuato parece limitarse a pintar paredes y romper vidrios nada mas.

Que cosa tan más inútil ¿No?

La incoherencia de la violencia

Lo más absurdo es que muchas de estas marchas dicen luchar contra la violencia… usando violencia.

Dicen luchar por el respeto… destruyendo el patrimonio de todos.

Dicen luchar por la justicia… cometiendo delitos en plena vía pública.

Es una contradicción monumental.

Una causa que necesita normalizar el vandalismo para sostenerse ha perdido el rumbo por completo.

Las luchas que casi nadie quiere hacer

Hay algo todavía más revelador. Las tareas más difíciles —las que realmente ayudan a las mujeres— nunca aparecen en estas marchas.

  • ¿Dónde están las «feministas» en las campañas masivas y constantes para prevenir el embarazo adolescente?
  • ¿Dónde están movimientos «organizados» para exigir refugios verdaderamente seguros para mujeres víctimas de violencia?
  • ¿Dónde están las mujeres que piden en los videos no grabar a sus compañeras quemando las puertas de un inmueble para «protegerlas» cuando se trata de enfrentar a las redes de trata de personas?
  • ¿Dónde están las «famosas» Brujas cuando las madres buscadoras salen al campo con sus palas a buscar los restos de sus hijos?

Porque la realidad es brutal: Las madres buscadoras no marchan con aerosol ni pintura para aventar a las puertas de las Iglesias. NO.

Las madres buscadoras salen a buscar a sus hijas, madres, esposos, hijos y hermanas con picos, palas y varillas de acero. Ellas no pintan consignas en paredes. Ellas excavan la tierra buscando huesos humanos, muchas veces con sus propias manos.

Y en esos lugares —en el desierto, en los cerros, en las sierras, en los terrenos abandonados— NUNCA aparecen los colectivos que llenan de pintura las ciudades cada 8 de marzo.

Ninguna pinta encuentra desaparecidos. Ningún martillo rescata niñas víctimas de trata. Ninguna bomba molotov protege a una mujer.

Cuando una causa pierde su esencia

La defensa de la dignidad de la mujer es una causa legítima y necesaria.

Pero cuando esa causa se convierte en un espectáculo anual de caos y de violencia pura, estas manifestaciones pasan al basurero de la historia y afectan a las personas e instituciones que verdaderamente estan trabajando por resolver el problema.

Después de décadas de consignas, pintas y marchas incendiarias, vale la pena hacerse una pregunta real: ¿qué problema concreto de las mujeres en América Latina ha resuelto realmente el feminismo radical? Ni uno solo.

No han terminado con la trata de niñas, no han reducido el embarazo adolescente, no han detenido los feminicidios, no han desmantelado redes criminales ni han acompañado de forma sostenida a las madres que buscan a sus hijos desaparecidos.

Mucho ruido, mucha furia y mucha consigna, pero cero soluciones estructurales. Porque destruir monumentos, incendiar puertas o pintar iglesias podrá generar titulares y videos virales, pero no rescata a una víctima, no protege a una niña y no devuelve a una sola mujer a su casa con vida.

México necesita justicia para las mujeres.

Necesita seguridad.

Necesita encontrar a los desaparecidos.

Lo que no necesita es convertir el 8 de marzo en una jornada de destrucción legitimada por la ideología. La dignidad de la mujer mexicana merece algo mucho mejor, algo que se va a solucionar hasta que dejemos de darle foco a las ideologías y empecemos a darle nuestra atención a las soluciones reales.

Empecemos a exigir leyes reales, los movimientos feministas desde su creación son anti mujer, se basan solo en violencia e ideología y más violencia en México hoy solo alimenta el mismo infierno que dicen combatir.

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