Presupuesto 2026: cuando el gobierno juega a rico con dinero ajeno
Hay una criatura que nunca se sacia. Un ser que exige más y más, que crece a costa de quienes lo alimentan, que promete protegernos mientras nos encadena. Esa criatura es el Estado. El Leviatán. Y el presupuesto 2026 es la prueba más reciente de que seguimos ampliando su estómago, aunque no podamos seguir llenándolo.
Nos dicen que el gasto público es “inversión”, que los programas sociales son “derechos”, que rescatar empresas estatales es “patriotismo” y que endeudarnos para todo eso es perfectamente normal. Nos explican que no debemos preocuparnos, que la deuda “sigue siendo manejable”, que otros países deben más, que el gobierno sabe lo que hace.
Pero detrás de esa narrativa tranquilizadora, las cifras revelan otra historia: México está gastando como si fuera rico, endeudándose como si fuera invulnerable y comprometiéndose como si el futuro no tuviera precio. Y sí tiene.
El presupuesto federal supera los diez billones de pesos y el déficit ronda niveles que cualquier familia o empresa consideraría insostenibles. Pero el Leviatán no es una familia ni una empresa. No se guía por la prudencia, ni por la lógica, ni por el sentido común. Se guía por su propia necesidad de crecer.
Y cuando un Estado crece por encima de sus posibilidades, lo hace con el dinero de otros: No con el de los funcionarios que firman los presupuestos. No con el de los legisladores que aprietan botones. No con el de los burócratas que administran los programas. Lo hace con el dinero de quienes trabajan, de quienes emprenden, de quienes pagan impuestos sin tener opción. Lo hace con deuda que otros —todavía no nacidos— tendrán que saldar. A eso hay que llamarlo por su nombre: expansión forzada del Leviatán a costa de la libertad económica de la población.
La mayor parte del presupuesto ni siquiera puede discutirse. Es gasto rígido. Promesas hechas en el pasado por políticos que jamás enfrentarán las consecuencias de haber prometido más de lo que podían cumplir. Pensiones insostenibles, programas convertidos en tótems electorales, burocracias que jamás adelgazan y millonadas destinadas solo a pagar intereses de la deuda acumulada. Intereses. No capital. Solo intereses. Sometimiento con recibo.
Y luego está Pemex, esa joya oxidada del “nacionalismo”, convertida en el altar sagrado donde se ofrece dinero público como sacrificio permanente. Una empresa que no compite, no innova y no respira sin transfusiones del erario. Su rescate no responde a lógica económica, sino a orgullo político.
Pero ese orgullo tiene precio: deuda, más deuda, y todavía más deuda. Y aquí es donde vale la comparación inevitable: Cuando el gobierno federal gasta sin medida y sin freno… no está solo. Más de un gobierno estatal replica esa receta, solo que en versión más silenciosa. Presupuestos inflados que no coinciden con la realidad.
Programas que se venden como “impulso” pero funcionan como propaganda. Obras que se anuncian con espectacular entusiasmo… hasta que llega la factura. Reestructuras financieras que se disfrazan de “orden”, pero esconden déficit. Y un manejo de recursos que presume eficiencia mientras padece exactamente los mismos vicios que critica del centro del país.
Porque si el Leviatán federal devora por volumen, los Leviatanes locales devoran por constancia. Uno traga de golpe. Los otros muerden diario. Gobiernos que hablan de “responsabilidad fiscal” mientras reservan gastos, inflan contratos, esconden subejercicios y usan deuda para equilibrar lo que jamás debió desequilibrarse. Gobiernos que presumen estabilidad, pero viven en números rojos maquillados.
Gobiernos que se envuelven la bandera de la “eficiencia”, mientras replican los mismos caprichos y ocurrencias del poder central. La diferencia es de tamaño, no de comportamiento.
Lo más grave de todo no es la deuda en sí. Es lo que la deuda revela: que ni a nivel federal ni a nivel estatal existe voluntad de vivir dentro de los propios medios. Cuando un gobierno —cualquiera— ya no puede pagar su propio crecimiento, recurre a la herramienta más tentadora: pedir prestado.
Porque endeudarse hoy permite evitar el costo político de ordenar, recortar, disciplinar y modernizar. La deuda se vuelve, entonces: Una salida fácil. Una forma de evadir decisiones difíciles. Un truco para no enfrentar a sindicatos, burócratas, corporaciones estatales, grupos de interés y agendas políticas que no admiten límites. Y luego, vienen las consecuencias La inflación no aparece por arte de magia.
Los impuestos no suben por accidente. El estancamiento económico no cae del cielo. La inseguridad financiera no es casualidad. Todo eso sucede cuando los gobiernos —federal y locales por igual— se adueñan de más espacio del que deberían ocupar. Cuando el Leviatán crece demasiado, limita la prosperidad. Cuando se endeuda sin freno, limita la libertad. Y cuando se convierte en un monstruo intocable, lo pagamos todos… menos él.
La deuda del presupuesto 2026 no es solo una cifra. Es una advertencia. Por que mientras en la cámara alta que parece club social y se pacta no hablar de La Barredora y de Adán Augusto en el México de los mexicanos de a pie se les sigue exigiendo al ciudadano promedio que sigua alimentando a un monstruo que no conoce límites, uno que se justifica diciendo que “ayuda”, que “protege”, y que “todos somos igual a todos»…
Mientras, los mexicanos nos ahogamos y nadie absolutamente nadie está haciendo algo al respecto.


