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«El PAN no nació para agradar, nació para exigir», la columna de Fer Martínez Arriaga

El PAN no nació para agradar, nació para exigir.

El Partido Acción Nacional atraviesa hoy una de sus crisis más profundas, no por falta de votos o de cargos, sino por algo más grave: la pérdida de su esencia. El PAN que fundó Manuel Gómez Morin no fue concebido como un espacio de consignas cómodas ni de inclusión retórica, sino como una escuela de ciudadanía exigente, una comunidad política sustentada en principios firmes y en la responsabilidad moral de sus militantes.

Gómez Morin lo dijo con claridad: la democracia no consiste en el predominio de la multitud, sino en la acción responsable de minorías excelentes. Acción Nacional nació para formar ciudadanos, no para diluir la responsabilidad en frases ambiguas donde “todos” están al centro sin distinción.

En la doctrina panista, la persona importa, sí, pero como persona responsable, no como víctima permanente ni como sujeto pasivo del Estado.

Hoy, sin embargo, vemos a un PAN que ha confundido el bien común con la corrección política, la doctrina con el marketing y la formación con la simulación. Se habla de diálogo sin contenido, de encuentro sin principios y de inclusión sin exigencia.

Ese no es el PAN de Gómez Morin, ni el de González Luna, ni el de quienes entendieron que la política es un servicio moralmente demandante, no un ejercicio de popularidad.

La esencia del PAN siempre fue contracultural: defender la libertad frente al estatismo, la subsidiariedad frente al centralismo, la responsabilidad frente al asistencialismo y la ética frente al pragmatismo vacío. Acción Nacional nació para decir verdades incómodas, no para adaptarse a modas ideológicas que relativizan todo y no sostienen nada.

Quienes hoy señalamos esta desviación no somos enemigos del PAN. Somos, precisamente, panistas que queremos salvarlo. Creemos que el partido solo puede recuperar su sentido si vuelve a su raíz: la formación de ciudadanos conscientes, preparados y libres; la apuesta por los mejores, no por los más ruidosos; la claridad doctrinal frente a la ambigüedad calculada.

Salvar al PAN no implica nostalgia, implica valentía. Valentía para reconocer que se ha perdido el rumbo y para retomar el proyecto original: un partido que no pone al Estado ni a la masa al centro, sino a la persona responsable, formada y comprometida con el bien común.

Si el PAN renuncia a exigir, deja de ser Acción Nacional. Y quienes aún creemos en su doctrina tenemos la obligación moral de decirlo, aunque incomode.

Porque el PAN no nació para agradar: nació para servir con principios.

La reciente reforma de estatutos aprobada por la Asamblea Nacional propone una “apertura total” del partido a la ciudadanía, con afiliaciones digitales, primarias abiertas y candidaturas que, incluso, pueden recaer en quienes nunca han sido panistas, simplemente por ser “populares” o “bien posicionados”.

Esto en sí no sería criticable si se hiciera desde una lógica de fortalecimiento ideológico, pero en la práctica ha terminado pareciendo una simulación de participación democrática y una jugada de relanzamiento de marca, más que una reafirmación de la doctrina.

La dirección actual insiste en que estas reformas buscan modernizar al PAN y hacerlo competitivo otra vez. Sin embargo, para muchos panistas de corazón —no meros simpatizantes de temporada— el resultado ha sido otra cosa: una conversión del partido en un contenedor amplio sin contenido claro, donde la idea no es quién mejor encarna los valores panistas, sino quién más puede atraer votos.

Ese enfoque se asemeja más a táctica de campaña que a formación de cuadros y líderes con raíz doctrinal.

Esto no es menor: el PAN ha visto su militancia derrumbarse durante años y ahora corre detrás de números, apertura y gimmicks digitales para recuperarla, dejando atrás la noción de que antes que afiliados hay militantes formados con una causa, no con una consigna de moda.

Y es aquí donde entra la verdadera tragedia. Manuel Gómez Morin —fundador y padre intelectual del PAN— tenía una concepción explícita de la política y de la militancia: no basta con abrir las puertas si lo que entra no está guiado por principios firmes y por una ética pública sólida.

Para él, la democracia no consiste en el predominio de las masas, sino en la acción responsable de minorías excelentes capaces de orientar a la comunidad y elevar a la nación.

Hoy, con esta lógica de “puertas abiertas a todos”, se corre el riesgo de que la casa que Gómez Morin ayudó a construir se convierta en una plaza pública donde todo cabe —pero nada se sostiene.

Si el PAN vende su esencia por popularidad, habrá perdido más que votos: habrá dejado de ser una comunidad de ciudadanos formados y comprometidos con ideales superiores a la mera gestión de cargos.

Muchos panistas que amamos esta causa sentimos que los fundadores, de haber visto este cambio, se estarían revolcando en sus tumbas ante lo que sienten como un atropello a sus ideas.

No por rechazo a la ciudadanía —al contrario, la ciudadanía es central—, sino porque la apertura sin criterio doctrinal no fortalece una fuerza política, la disuelve.

El PAN no puede convertirse en una franquicia electoral más. Para sobrevivir y servir a México con honor, debe volver a sus raíces: principios firmes, exigencia moral y formación constante, no solo encuestas y adhesiones digitales.

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