El Fiscal de la decadencia y la Presidente del poder prestado…
La renuncia de Alejandro Gertz Manero no es un cierre. Es una advertencia. Es la escena final de un acto vergonzoso… que solo sirve para abrir un capítulo más oscuro. México no acaba de librarse del peor fiscal de su historia; México apenas está descubriendo cuánto daño puede hacer un Estado cuando captura las instituciones que deberían contenerlo.
Porque Gertz no fue un accidente. Fue el síntoma.
Un hombre que convirtió la FGR en una extensión de su voluntad, que redujo la
autonomía a un chiste, que exhibió su fragilidad moral en público -como en el bochornoso caso de su cuñada, donde el aparato judicial se usó como arma personal-, que dejó pudrir expedientes de interés nacional, que operó siempre bajo el manto del poder en turno.
Ese hombre fue puesto ahí porque le convenía al régimen. No por capacidad, no por independencia, no por credencia les éticas: por utilidad política.
Y ahora, con su salida, el gobierno intenta vendernos un aire fresco. Pero Fer… huele más a continuidad que a purificación. El poder que no se construye, se absorbe.
Claudia Sheinbaum llega a la presidencia con un desafío enorme: no tiene capital político propio. No lo construyó en los viejos partidos, no lo heredó de una trayectoria larga en el sistema, no lo ganó en el imaginario nacional, no lo generó con resultados propios.
Su autoridad -y duele decirlo- sigue dependiendo más de la sombra de López Obrador que de sus méritos personales.
Y por eso, para sobrevivir políticamente, necesita plegarse al poder más primitivo, más inmediato, más disciplinado: el poder armado.
No el poder del voto, sino el del uniforme. No el poder del consenso, sino el de la fuerza. No el poder del argumento, sino el del expediente. La renuncia de Gertz es parte de esa reconfiguración.
No es una purga ética. No es una reforma moral. Es un ajuste estratégico.
Si un presidente no puede generar poder, lo absorbe. Y el Estado mexicano tiene dos reservorios ideales para absorberlo: el Ejército y la justicia penal. Por eso este relevo no tranquiliza. Inquieta.
Ernestina Godoy: el nuevo engrane del mismo mecanismo.
Godoy no llega como ruptura, sino como alineación. Representa una fiscalía disciplinada, no
autónoma; funcional, no incómoda; integrada, no crítica. Es, políticamente, lo que el régimen necesita para completar el círculo del control.
Si Gertz mostraba su autoritarismo con torpeza, Godoy puede ejecutarlo con eficiencia. Mientras Gertz personalizaba el poder, ella puede institucionalizarlo. Y ahí está el peligro.
Los países no caen en autoritarismo de un día para otro. Caen cuando el poder controla, una por una, las instituciones clave: Primero la narrativa Luego la hacienda pública.
Luego la seguridad nacional. Luego la procuración de justicia. Luego la oposición…
Y cuando te das cuenta, el Leviatán ya no necesita violencia: basta con el miedo.
Así cayó Venezuela. No empezó contanques, sino con un fiscal disciplinado. Así se atornilló Ortega en Nicaragua. Antes de reprimir, capturó la justicia. Así gobernó el PRI durante 70 años: no con bayonetas, sino con procuradores obedientes.
La historia es un espejo. El que no quiera verse reflejado, que apague la luz.
La oposición: una ausencia estruendosa.
El vacío más ensordecedor de todo este episodio es la oposición. No dijo nada. No propuso nada. No fiscalizó nada. No exigió explicaciones. No capitalizó la caída de un fiscal polémico y desgastado. No articuló un mensaje alterno.
Es como si México estuviera en un momento crítico y las dirigencias del «bloque opositor» estuviera discutiendo si pedir café descafeinado o té de manzanilla.
Sin dirigentes reales en la oposición, el Leviatán opera sin espejos, sin frenos, sin contrapesos. Y eso, históricamente, siempre termina mal.
Pregúntele a la República de Weimar, a la Rusia zarista, a los sistemas que permitieron que un solo proyecto político se erigiera sin resistencia.
No es que estén dormidos. Es que ya no están.
El verdadero peligro: creer que la renuncia es suficiente. La salida de Gertz no limpia nada.
No repara nada. No depura nada. No transforma nada. Solo acomoda piezas.
Mientras no haya investigación real sobre los abusos pasados, mientras no se revisen las prácticas institucionales que él normalizó, mientras la Fiscalía siga siendo un brazo del Ejecutivo en lugar de un vigilante del poder, este cambio de nombre es un espejismo. Un truco de humo.
Un reacomodo del Leviatán.
Y la pregunta es: ¿nos vamos a conformar con eso?
México está entrando a una etapa peligrosa – y silenciosa. Los regímenes autoritarios no nacen con un golpe de Estado. Nacen con una serie de «ajustes administrativos» que aplaude la mayoría.
Primero cae un fiscal incómodo. Luego entra una fiscal leal. Después se centraliza la seguridad. Luego se militarizan las tareas civiles. Después se absorbe el discurso público.
Y cuando volteas… la democracia sigue ahí, de nombre, como cascarón.
A veces el Leviatán no ruge. Solo respira, se mueve, y ocupa espacios.
Y México, hoy, tiene menos espacios libres que ayer.


