Mejoras
InicioContra el Leviatán"El crimen organizado, el mejor empleado del gobierno", la columna de Fer...

«El crimen organizado, el mejor empleado del gobierno», la columna de Fer Martínez Arriaga

México no está sumido en la violencia por incapacidad. Está hundido en la violencia por decisión política.

Durante años nos dijeron que el problema era la pobreza, la desigualdad, la falta de oportunidades, el pasado neoliberal, el colonialismo o cualquier pretexto estúpido que evitara señalar al verdadero responsable: el Estado que renunció a ejercer su función más básica: garantizar seguridad y justicia.

Pero el punto al que hemos llegado exige decirlo con todas sus letras: el crimen organizado no solo infiltró al gobierno; el gobierno lo incorporó como parte de su modelo de control, como parte de su nómina.

Por eso la violencia no disminuye.  Por eso no hay estrategia. Por eso no hay resultados.  Porque no se combate aquello de lo que se depende.

De las dictaduras clásicas al autoritarismo criminal

Las dictaduras del siglo XX eran brutales, pero claras en su lógica.

Mussolini, Franco, Hitler, Mao, Stalin: todos entendían algo fundamental: para dominar a la población se necesita el monopolio de la violencia. Y ese monopolio se ejercía a través del Estado, del ejército, de los hombres con las armas.

El mensaje era directo: si te opones, el Estado te aplasta. Había represión, sí. Había censura, sí. Había miedo, sí. Pero la violencia tenía rostro, uniforme y mando.

México inovó en lo peor. Aquí en México los Gobiernos subcontrataron la violencia.

No necesitas soldados reprimiendo al ciudadano en la calle cuando tienes cárteles disputándose plazas. No necesitas campos de concentración cuando tienes campos de exterminio. No necesitas tribunales políticos cuando tienes desapariciones todos los días.

El terror funciona mejor cuando es caótico, cuando parece espontáneo, cuando nadie puede señalar directamente al responsable. Ese es el genio macabro del modelo mexicano actual.

¿Desde cuándo empezó esto?

La transición democrática del año 2000 prometía romper con el viejo régimen autoritario. Y sí, rompió algunas cosas: el partido hegemónico, el control electoral, la presidencia imperial.

Pero nunca desmontó las redes criminales del poder local. Gobernadores, alcaldes, policías municipales y estatales siguieron siendo el eslabón más débil —y más corruptible— del sistema. Ahí empezó el crecimiento silencioso del crimen organizado como poder territorial.

La estrategia frontal posterior tuvo errores enormes, pero también una verdad incómoda: sí golpeó estructuras criminales, el problema fue que nunca se limpió el aparato político que las protegía. Se combatió al sicario, pero no al padrino. Al brazo armado, pero no al brazo político.

Y entonces llegó 2018…

La rendición moral como política de Estado

A partir de ahí, el mensaje cambió radicalmente. Ya no era “vamos a combatir al crimen”. Era “vamos a entenderlo”. “Abrazos, no balazos”. “No es culpa de ellos, es culpa del sistema”.

Traducido a la realidad: impunidad garantizada.

Desde entonces, el crecimiento del crimen organizado no ha sido solo territorial, sino institucional. Hoy no solo controlan rutas y plazas; influyen en elecciones, deciden candidaturas, financian campañas y colocan operadores en gobiernos municipales y estatales.

Cuando un alcalde recibe dinero del crimen organizado, ese dinero no es un “apoyo”: es un contrato. Cuando acepta, acepta también las condiciones:

– directores impuestos

– funcionarios colocados

– licitaciones amañadas

– silencio absoluto

Ese alcalde deja de gobernar para la ciudadanía.

Los nombres que nadie quiere explicar

Por eso empiezan a circular apodos, señalamientos, rumores que jamás se investigan. Por eso personajes públicos cargan etiquetas que deberían provocar escándalos nacionales… y no pasa nada.

Un exfutbolista convertido en gobernador al que en la calle llaman “el funcionario del CJNG” como Cuauhtémoc Blanco, no porque exista una sentencia, sino porque nadie explica sus vínculos, pero tiene fotos, videos con los líderes del Crimen Organizado de Morelos.

Un ex Gobernador como Francisco Cabeza de Vaca que es señalado por las autoridades de EUA de delincuencia organizada.

La misma investigación de la SSPC, SEDENA y FGR contra la actual alcaldía de Ecatepec y Sandra Cuevas de la alcaldía Cuauhtémoc. ¡Vaya! Hasta el certámen de Miss Universo esta embarrado de la porquería del crimen organizado.

En cualquier democracia funcional, estos señalamientos detonarían investigaciones inmediatas. En México, se responden con sonrisas, evasivas y discursos moralistas.

El crimen organizado como funcionario público

Hoy el crimen organizado ya cumple funciones estatales: Cobra impuestos (extorsión); Controla territorios; Impone reglas; Castiga infractores. Decide quién vive y quién muere. La diferencia es que no rinde cuentas.

Y mientras tanto, el gobierno conserva la fachada: elecciones, discursos, conferencias, propaganda. El Leviatán sonríe, mientras sus empleados hacen el trabajo sucio.

Antes, el autoritarismo necesitaba tanques. Hoy necesita silencio.

México no vive una guerra contra el crimen organizado. Vive una alianza declarada.

La responsabilidad ciudadana: el precio de fingir que no vemos

Hay una tentación cómoda —y profundamente peligrosa— en pensar que todo esto es culpa exclusiva del gobierno. Que la violencia, la infiltración, la corrupción y el terror son algo que “nos pasa”, como un desastre natural.

No lo son.

El crimen organizado no habría alcanzado este nivel de poder sin una sociedad cansada, resignada y entrenada para mirar hacia otro lado. Votamos por personajes impresentables porque “roba, pero deja”. Justificamos al alcalde porque “al menos hay obra”.

Callamos cuando sabemos quién manda en el municipio porque “mejor no meterse en problemas”. Normalizamos la violencia porque “no fue aquí”, “no fue a los nuestros”, “algo habrán hecho”.

Esa normalización es gasolina pura para el monstruo.

Cada elección donde gana el peor perfil porque “es el menos malo”. Cada vez que aceptamos la dádiva, el favor, la mordida, la tranza pequeña. Cada vez que compartimos el meme pero no exigimos la renuncia.  Cada vez que nos indignamos en privado y guardamos silencio en público.

Todo eso construye el ecosistema perfecto para que el crimen organizado gobierne sin necesidad de dar la cara.

No se trata de creerse un héroe ni de salir a la calle con una pancarta todos los dias. Se trata de algo más básico y más difícil: dejar de legitimar la porquería. Porque cuando la sociedad baja la vara moral, el poder siempre la atraviesa.

El costo real de la indiferencia

Mirar hacia otro lado no es neutral. Es una decisión política. El costo no lo paga quien calla hoy, lo pagan: los desaparecidos que no salen en las noticias, las madres que buscan con picos y palas, los niños que crecen aprendiendo que la ley no existe, los jóvenes que entienden que el camino rápido es el criminal.

El crimen organizado no solo controla territorios; reeduca a la sociedad. Le enseña que la fuerza manda, que la ley es un chiste, que el miedo es el pan de cada día.

Y cuando eso se vuelve cotidiano, el Estado ya no necesita imponerse: la gente se autocensura, se autolimita y se adapta.

Ese es el triunfo final del Leviatán.

Cuando el monstruo ya no necesita permiso

México no es un país tomado por sorpresa. Es un país que fue cediendo centímetro a centímetro. Primero se toleró la corrupción. Luego la impunidad. Después la violencia “selectiva”. Hoy se tolera el terror generalizado.

El crimen organizado no llegó de golpe. Fue invitado.

Y ahora no se va a ir con discursos, ni con entrevistas, ni con mesas de analisis y menos con perfiles «perfectos» de instagram de los políticos.

Mientras sigamos llamando “polarización” a la verdad, mientras confundamos prudencia con cobardía, mientras aceptemos que el poder no explique nada y no rinda cuentas, el Leviatán seguirá gobernando… Y el crimen organizado sin uniforme, sin rostro y sin ley seguirá en la nomina del Leviatán.

Una sociedad que aprende a vivir con eso termina mereciendo el miedo que la gobierna.

Contra el Leviatán no se escribe para quedar bien. Se escribe para no acostumbrarse. Y México, hoy, está peligrosamente acostumbrado.

Temas Relacionadas
spot_img
spot_img

Lo mas visto