América Latina despierta… ¿y México? Un llamado urgente a la libertad y a la mano dura contra el crimen
América Latina está cambiando. No por moda. No por coyuntura. No por marketing político.
Está cambiando por hartazgo.
Hartazgo del crimen que gobierna territorios, del desorden convertido en ideología, del estatismo inútil que prometió justicia y entregó miseria, de una izquierda que habló de moral y produjo miedo, corrupción e instituciones podridas.
El Premio Nobel de la Paz otorgado a María Corina Machado no es un gesto simbólico ni una caricia diplomática: es una condena internacional al autoritarismo
y una reivindicación explícita de la libertad como valor irrenunciable. La elección de José Antonio Kast en Chile no es un accidente electoral: es el resultado de una sociedad que decidió decir basta al caos, a la corrección política y al Estado obeso. Bukele redujo a las pandillas cuando todos decían que era imposible. Daniel Noboa entendió lo que muchos se niegan a aceptar: al crimen organizado no se le dialoga, se le derrota.
Y luego está México.
Un país que no solo está secuestrado por el crimen, sino adormecido por su propia complacencia social. El verdadero cáncer: una sociedad que justifica su propia ruina
México no está así solo porque tenga malos gobernantes. Está así porque una parte enorme de la sociedad decidió renunciar a la responsabilidad individual.
Se justifican alcaldes incompetentes porque “al menos dan apoyos”. Se toleran gobernadores corruptos porque “son del partido correcto”. Se perdona la ineptitud porque “todos roban”.
Se normaliza el crimen porque “no hay de otra”. Eso no es pobreza. Es decadencia moral.
La lógica es simple y devastadora: «Dame dinero aunque no trabajes. Dame una dádiva aunque destruyas el futuro. Dame hoy, aunque mañana el país sea inhabitable».
Así, el ciudadano se convierte en cliente. El voto en moneda de cambio. Y el político en repartidor de migajas financiadas con deuda, impuestos… o crimen.
Ignorancia voluntaria: el opio moderno
México no sufre solo de desinformación. Sufre de ignorancia voluntaria.
La gente elige no saber, porque saber obliga a actuar. Elige no leer, no contrastar, no exigir. Prefiere repetir consignas antes que enfrentar hechos. Prefiere culpar al “sistema” antes que aceptar su complicidad pasiva.
Se llama “empatía” a la mediocridad. Se llama “humanismo” a la impunidad. Se llama “justicia social” al saqueo institucional.
Mientras tanto:
– El crimen controla territorios
– La extorsión se normaliza
– La trata de personas ocurre a plena luz del día
– El ciudadano productivo es castigado
– El parásito político es premiado
La diferencia con los países que despiertan
Chile, El Salvador, Ecuador —con todos sus problemas— entendieron algo básico: sin orden no hay libertad.
Bukele no pidió permiso a ONGs ideologizadas mientras su gente moría. Noboa no se escondió detrás de eufemismos cuando las mafias tomaron puertos y cárceles. Kast ganó porque habló de seguridad, familia, trabajo y Estado limitado sin complejos.
Allá el mensaje fue claro: El Estado protege al ciudadano, no al criminal. El trabajo dignifica, no el subsidio eterno. La ley se cumple, no se negocia.
En México, en cambio, se insulta al que propone mano dura y se romantiza al delincuente. Se llama “pueblo” a la dependencia y “neoliberal” a la responsabilidad.
Del abandono al secuestro institucional
En México, el problema ya no es solo la violencia. Es la captura del poder.
Hay municipios donde el crimen decide quién gobierna. Estados donde las autoridades son señaladas una y otra vez por facilitar rutas, operaciones o protección. Regiones estratégicas donde el tráfico de drogas, armas y personas ocurre a plena vista mientras el discurso oficial mira hacia otro lado.
Las denuncias sobre complicidades políticas, campañas infiltradas, protección desde cargos públicos y una impunidad estructural no son teorías marginales. Son temas documentados, repetidos, ignorados.
Y sin embargo, no pasa nada.
Lo más grave es cuando esta normalización alcanza al Congreso, cuando la política deja de ser contrapeso y se convierte en escudo, cuando la frontera entre autoridad y delincuencia se vuelve deliberadamente borrosa.
En puertos, corredores logísticos, zonas turísticas y comerciales, la trata de personas y el narcotráfico prosperan no por ausencia del Estado, sino por su corrupción.
El fracaso no es accidental: es consecuencia
Décadas de estatismo, clientelismo y populismo no producen ciudadanos libres. Producen masas dependientes.
Cuando una sociedad acepta que:
– El gobierno le resuelva la vida
– El dinero llegue sin esfuerzo
– La ley sea flexible
– La corrupción sea tolerable
Entonces no hay reforma posible. No hay salvador. No hay milagro. Solo hay más control, más violencia y menos libertad.
La izquierda no falló: hizo exactamente lo que siempre hace:
*Prometió igualdad → entregó miseria
*Prometió justicia → entregó impunidad
/Prometió paz → entregó miedo
No fue un error. Fue consecuencia. El estatismo no empodera al pobre: lo administra. El populismo no libera: dependiza. La narrativa victimista no salva: condena.
La verdad incómoda que nadie quiere decir
México no cambiará mientras: El voto se venda por despensas o hasta por $7,000 pesos en una elección municipal, la pobreza se use como coartada moral, el crimen se excuse como “falta de oportunidades”, el Estado siga siendo botín.
La libertad exige carácter. El carácter exige esfuerzo. Y el esfuerzo exige renunciar a la comodidad de culpar a otros.
América Latina ya empezó a elegir
El viento está cambiando. Los pueblos están entendiendo que el relativismo moral destruye países, que la seguridad no es negociable y que la libertad no se pide, se ejerce.
México puede sumarse o puede seguir hundiéndose, justificando lo injustificable y llamando “conciencia social” a su propia rendición.
La pregunta ya no es si México necesita despertar. La pregunta es cuántas vidas más se perderán antes de hacerlo.
México no está al borde del abismo. México eligió caminar hacia él con los ojos abiertos.
Eligió el subsidio antes que el trabajo. La excusa antes que el carácter. La dádiva antes que la dignidad. El silencio antes que el coraje.
Y ahora se sorprende de vivir entre miedo,
extorsión y mentira. No hay dictadura sin cómplices. No hay crimen sin permisividad social. No hay tiranía que no se alimente de ciudadanos que prefieren obedecer antes que asumir costos.
La historia no absolverá a los cómodos. No recordará a los que “entendían la complejidad”. No tendrá piedad con los que sabían y callaron. Porque cuando un país se hunde, no es por falta de discursos, sino por exceso de cobardía.
México no necesita más programas. Necesita hombres y mujeres dispuestos a dejar de justificarse.
El tiempo de la neutralidad moral se acabó. El tiempo de la indulgencia con el desastre terminó. O se defiende la ley, el orden y la libertad —con todo lo que cuestan— o se acepta vivir arrodillado, administrado por criminales y gobernado por mediocres.
“La libertad no se negocia con la violencia ni con el miedo.” – José Antonio Kast


