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«¿Y si ser rebelde ya no es ser de izquierda?», la columna de Fer Martínez Arriaga

¿Y si ser rebelde ya no es ser de izquierda?

Durante décadas nos hicieron creer que la rebeldía tenía una ideología, que ser rebelde significaba cuestionar al sistema, desafiar a la autoridad, enfrentarse a las instituciones y, casi inevitablemente, hacerlo desde la izquierda.

La izquierda construyó alrededor de la palabra rebeldía una narrativa extraordinariamente poderosa, se apropió de conceptos como revolución, resistencia, libertad, justicia y cambio, y durante generaciones logró que millones de jóvenes asumieran que cuestionar el status quo significaba necesariamente cuestionar al capitalismo, a la derecha, a las instituciones tradicionales y a los valores conservadores.

Pero existe una paradoja que cada vez resulta más difícil ignorar, cuando aquello que alguna vez fue contracultura se convierte en la cultura dominante, deja de ser rebelde. Una cosa es desafiar al poder y otra muy distinta es repetir aquello que el poder cultural espera que digas, una cosa es cuestionar las ideas establecidas y otra aceptarlas simplemente porque disentir puede convertirte en el incómodo, el retrógrada, el conservador o cualquier otra etiqueta que permita descalificarte antes siquiera de escuchar tus argumentos.

Por eso hay una pregunta que vale la pena hacerse, ¿y si hoy ser rebelde ya no significa necesariamente ser de izquierda?

Porque quizá la verdadera rebeldía consiste precisamente en atreverse a disentir cuando disentir tiene un costo. “Ser rebelde HOY es decir que no estás de acuerdo cuando es más cómodo callarte.” Y esa frase cobra todavía más sentido cuando

observamos lo que está sucediendo en América Latina, donde, sin que esto signifique que toda la región se haya vuelto de derecha, sí existe un giro político que resulta difícil negar.

De las 14 elecciones presidenciales celebradas en América Latina entre 2023 y 2026, 11 fueron ganadas por fuerzas de derecha y solamente tres por la izquierda, una tendencia que incluye triunfos como los de Javier Milei en Argentina, Daniel Noboa en Ecuador, Nayib Bukele en El Salvador, José Antonio Kast en Chile, Rodrigo Paz en Bolivia y otros gobiernos que han desplazado el péndulo político hacia posiciones de derecha.

Incluso los ciudadanos parecen estar moviéndose en esa dirección, el Latinobarómetro registró que el promedio regional de autoidentificación ideológica pasó de 4.9 en 2020 a 5.6 en 2024, en una escala donde 0 representa la izquierda y 10 la derecha, un cambio que, aunque moderado, confirma que la conversación política latinoamericana ya no está donde estaba hace algunos años.

Y Brasil acaba de ofrecernos una señal particularmente poderosa.

En la primera vuelta presidencial de 2026, Flávio Bolsonaro obtuvo alrededor del 47% de los votos frente al 45% de Lula, dejando a ambos rumbo a la segunda vuelta del 25 de octubre.

El resultado fue especialmente significativo porque llegó después de una campaña en la que buena parte de las encuestas había anticipado una contienda distinta, lo interesante, entonces, no es solamente quién ganó la primera vuelta, sino lo que representa: una parte considerable del electorado brasileño está dispuesta nuevamente a apostar por una alternativa de derecha, incluso frente a un presidente como Lula, cuya figura ha dominado buena parte de la política latinoamericana durante décadas.

Y quizá aquí está la verdadera discusión, porque no se trata simplemente de que América Latina se esté haciendo de derecha, sino de que la izquierda dejó de tener el monopolio de la idea de cambio.

Durante años se asumió que quien quería transformar las cosas tenía que hacerlo desde la izquierda, pero hoy millones de ciudadanos están diciendo algo diferente, quieren seguridad, crecimiento económico, empleo, instituciones que funcionen, libertad para emprender, respeto a la propiedad privada, responsabilidad individual y, sobre todo, resultados.

Cuando una familia vive con miedo, cuando el dinero no alcanza, cuando el Estado no puede garantizar seguridad o cuando un joven no encuentra oportunidades, las etiquetas ideológicas empiezan a importar mucho menos que la realidad.

Por eso también habría que revisar nuestra definición de rebeldía.

Decir que quieres seguridad no debería convertirte en fascista, defender la familia no debería convertirte automáticamente en retrógrada, defender la propiedad privada no significa carecer de empatía y cuestionar una política progresista no debería convertirte en una mala persona.

La democracia necesita ciudadanos capaces de disentir, porque una sociedad en la que todos tienen que pensar igual para ser aceptados no es necesariamente una sociedad progresista, es una sociedad obediente.

Y aquí aparece la gran paradoja de nuestro tiempo, aquellos que durante décadas se presentaron como enemigos del sistema también pueden convertirse en parte del sistema, los movimientos antisistema pueden transformarse en nuevas élites, los revolucionarios pueden convertirse en funcionarios y quienes alguna vez exigieron libertad para cuestionar pueden terminar sintiéndose incómodos cuando alguien utiliza esa misma libertad para cuestionarlos a ellos.

Por eso la rebeldía no puede tener dueño, no pertenece a la izquierda, pero tampoco pertenece a la derecha, pertenece a quien todavía se atreve a pensar por sí mismo.

A quien pregunta, a quien duda, a quien no acepta una verdad únicamente porque millones de personas la repiten, a quien puede mirar incluso a quienes piensa que son de los suyos y decirles también: en esto no estoy de acuerdo.

Tal vez por eso estamos entrando en una nueva etapa política en América Latina, una etapa en la que una generación que creció escuchando que la rebeldía tenía un solo color comienza a descubrir que también puede ser rebelde cuestionar a quienes durante años se presentaron como los dueños de la rebeldía.

Porque al final, ser rebelde no es pensar diferente de la derecha, ni pensar diferente de la izquierda, ser rebelde es atreverse a pensar diferente cuando todos esperan que pienses igual.

Y quizá ésa sea hoy la forma más incómoda, y también más necesaria, de libertad.

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