¿Gravamen en las herencias? Mala idea de la Suprema Corte.
Hay ideas que no deberían llegar jamás a la mesa del máximo tribunal constitucional de un país. Una de ellas es la posibilidad de gravar las herencias.
No importa que todavía no exista una votación para crear ese impuesto, lo verdaderamente preocupante es que semejante planteamiento haya encontrado espacio en la discusión de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, hay propuestas tan contrarias al derecho de propiedad que el simple hecho de ponerlas sobre la mesa ya debería encender todas las alarmas.
La Suprema Corte existe para proteger a los ciudadanos del abuso del poder, no para abrir la puerta a nuevas formas de intervención del Estado sobre el patrimonio de las familias.
Cuando algunos de sus integrantes comienzan a cuestionar si las herencias deberían pagar impuestos, dejan ver una visión preocupante: una en la que el esfuerzo privado siempre puede convertirse en una nueva fuente de ingresos para el gobierno.
Las herencias no son un regalo del Estado. Son el patrimonio construido durante años —y muchas veces durante generaciones— con trabajo, ahorro, inversión y riesgo. Ese patrimonio ya pagó impuestos cuando se obtuvo, cuando se invirtió, cuando generó rendimientos y, en muchos casos, cuando se adquirieron los bienes que lo conforman.
Pretender gravarlo nuevamente por el simple hecho de transmitirse a los hijos o a la familia es castigar el ahorro y desincentivar la construcción de patrimonio.
Lo verdaderamente escandaloso es que la discusión vuelva a girar en torno a cómo recaudar más, en lugar de preguntarnos por qué el gobierno sigue gastando tanto y por qué millones de personas permanecen fuera de la base tributaria.
México tiene un problema de recaudación, sí, pero no porque los mismos contribuyentes paguen poco.
Lo tiene porque una parte importante de la economía permanece en la informalidad mientras quienes sí cumplen cargan con una presión fiscal cada vez mayor.
La respuesta no es inventar nuevos impuestos; es ampliar la base tributaria, simplificar el sistema fiscal, incentivar la formalidad y administrar con responsabilidad el dinero público.
Resulta más sencillo discutir cómo cobrar una herencia que emprender una reforma profunda para hacer eficiente al Estado. Es más cómodo pedir otro impuesto que eliminar programas ineficaces, reducir burocracia o acabar con privilegios políticos. Esa lógica no fortalece al país; únicamente hace crecer al Leviatán.
Existen ejemplos de que hay otro camino…
Argentina, tras años de desequilibrios fiscales y un modelo económico profundamente intervencionista, ha iniciado una estrategia distinta bajo el gobierno de Javier Milei: disciplina fiscal, reducción del déficit, simplificación económica y un esfuerzo por devolver confianza a la inversión y al sector productivo.
El debate sobre cada una de sus medidas continuará, pero el principio es claro: la prosperidad no nace de cobrar más impuestos, sino de permitir que la economía crezca y que más personas produzcan, inviertan y tributen.
Lo ocurrido en la Suprema Corte deja una lección que no debemos ignorar. La integración del máximo tribunal importa, y mucho. Si ideas como gravar las herencias ya encuentran eco entre algunos de sus integrantes, entonces en las futuras renovaciones de la Corte los ciudadanos debemos ser mucho más exigentes.
Necesitamos ministras y ministros que comprendan que el derecho de propiedad no es un obstáculo para el Estado, sino una garantía fundamental de la libertad.
Porque un país donde el Estado considera que puede participar en cada etapa de la riqueza de una persona —cuando la genera, cuando la invierte, cuando la consume y hasta cuando decide heredarla— es un país donde el poder público ha perdido de vista sus límites.
La Suprema Corte no debería preguntarse cómo puede recaudar más el Estado, debería preguntarse cómo puede proteger mejor a los ciudadanos del poder del propio Estado.
Esa debería ser la verdadera discusión.
Porque cuando quienes están llamados a defender nuestras libertades comienzan a pensar como recaudadores, el Leviatán deja de avanzar desde el Ejecutivo o el Legislativo. Empieza a hacerlo desde el Poder Judicial.
Y eso debería preocuparnos a todos.


