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«Los que rescatan almas», la columna de Fer Martínez Arriaga

Los que rescatan almas

Hace cuatro años, dos sacerdotes jesuitas fueron asesinados dentro de una iglesia en Cerocahui, Chihuahua.

Javier Campos Morales y Joaquín César Mora Salazar murieron intentando proteger a otro hombre. No eran políticos. No eran policías. No eran militares. Eran dos Sacerdotes que habían dedicado su vida a acompañar comunidades indígenas, combatir adicciones, reconciliar familias y rescatar personas del abandono.

Y precisamente por eso fueron asesinados.

Porque los terroristas entienden algo que buena parte de nuestra clase política todavía se niega a aceptar: la lucha por México no se libra solamente en las calles.

Se libra en las almas, en el núcleo familiar, en la fundación de los valores que hicieron prosperar a Occidente.

Hoy solemos imaginar a las organizaciones criminales como ejércitos numerosos de monstruos, pero la realidad es más compleja.

Existen psicópatas y asesinos por convicción, sí, pero son una minoría, una gran parte está conformada por jóvenes reclutados mediante amenazas, drogas, miedo, necesidad económica o la simple búsqueda de identidad.

El crimen organizado no solamente recluta brazos; hoy, lo que más recluta son corazones vacíos.

Por eso la pregunta no es únicamente ¿Cuántos sicarios hay en México?

La pregunta es: ¿qué está fallando para que miles de jóvenes encuentren en un cártel la identidad, el reconocimiento y el sentido de pertenencia que no encontraron en su familia, su escuela o su comunidad?

La Iglesia ha sostenido desde hace siglos que la primera política pública es la familia, pero no cualquier familia.

Una familia sana.

Una familia capaz de formar personas libres, responsables y conscientes de la dignidad humana. Y esa idea de dignidad humana, nos guste o no, tiene una raíz histórica: el cristianismo.

Occidente no se construyó solamente sobre la economía o las armas, se construyó sobre la idea revolucionaria de que toda persona posee un valor intrínseco porque fue creada a imagen y semejanza de Dios.

Cuando esa idea se debilita, el individuo se vuelve mercancía, entonces aparecen los reclutadores, los traficantes, los extorsionadores, los cárteles y los francotiradores.

Por eso la prevención del delito no puede reducirse a poner luminarias, regularizar predios, entregar despensas o formar equipos de futbol, todo eso ayuda, SI, todo eso es necesario, pero es apenas el piso, lo mínimo requerido, si queremos resultados reales, necesitamos reconstruir el tejido social y para reconstruirlo necesitamos a las familias, a las escuelas y a las iglesias.

Mientras eso no ocurra la violencia seguira creciendo.

El Centro Católico Multimedial documentó que entre 2018 y 2025 fueron asesinados 13 sacerdotes en México; además se registraron 3 sacerdotes desaparecidos, 23 agentes pastorales asesinados y decenas de agresiones violentas contra obispos, sacerdotes y seminaristas.

No son simples estadísticas.

Son hombres y mujeres que trabajan donde muchas veces el Estado no llega: rescatando adictos, acompañando familias rotas, formando jóvenes y devolviendo esperanza a comunidades enteras y precisamente por eso se convierten actualmente en uno de los principales obstáculos para el crimen organizado.

Porque los criminales actualmente entienden algo que nosotros hemos olvidado: la batalla no es sólo por el territorio, es por las personas.

Eso explica otro dato alarmante.

En 2023, Rafael Prieto-Curiel, Gian Maria Campedelli y Alejandro Hope estimaron que los grupos criminales en México cuentan entre 160 mil y 185 mil integrantes.

Para dimensionarlo, eso significa que el crimen organizado a pesar de que tiene más miembros que muchos ejércitos nacionales y se ha convertido, de facto, en uno de los mayores empleadores del país, no es el mounstro invencible que nos hacen creer.

De hecho el dato aterrador es otro.

Para mantener ese número necesitan reclutar alrededor de 350 personas cada semana.

Trescientas cincuenta. Cada siete días.

Trescientas cincuenta vidas que pueden terminar al servicio del miedo, la violencia y la muerte y aquí aparece la pregunta incómoda: ¿Dónde está la voluntad política para impedirlo?

Porque combatir a los reclutadores exige fiscalías con dientes, exige policías municipales y estatales fuertes, exige ministerios públicos y jueces capaces de perseguir a quienes reclutan menores, extorsionan familias y controlan comunidades enteras.

Pero también exige recuperar algo que se ha dejado de lado: el trabajo conjunto con las iglesias y con las organizaciones que durante décadas han reconstruido el tejido social.

Paradójicamente, mientras se enfrió la relación con muchas iglesias históricas desde 2018, vimos cercanía política con organizaciones como La Luz del Mundo, cuyo líder, Naasón Joaquín García, fue condenado en Estados Unidos por delitos sexuales contra menores y hoy enfrenta nuevas acusaciones relacionadas con explotación y tráfico sexual infantil.

No se trata de imponer una religión. Se trata de reconocer una realidad.

Si el crimen organizado recluta a través del miedo, la droga y la desesperanza, México necesita instituciones que recluten para la vida.

Familias. Escuelas. Comunidades. Iglesias.

Necesitamos una política de seguridad que no sólo castigue el delito, sino que impida que nazca, que persiga a los reclutadores con todo el peso de la ley y, al mismo tiempo, fortalezca a quienes dedican su vida a rescatar personas.

Porque los terroristas y los criminales entienden perfectamente quién es su enemigo.

Por eso queman iglesias. Por eso amenazan sacerdotes. Por eso asesinan pastores.

Por eso hace cuatro años, Javier y Joaquín murieron de rodillas ante el altar de una pequeña iglesia en la Sierra Tarahumara.

Pudieron apartarse, pudieron guardar silencio, pudieron pensar que no les correspondía intervenir;  Pero eligieron proteger a otro ser humano.

Y pagaron con su vida.

A veces me pregunto si México no está olvidando precisamente eso: que una nación no se salva solamente con leyes, presupuestos o patrullas, se salva cuando todavía existen hombres y mujeres dispuestos a dar la vida por alguien más.

Los criminales lo saben. Por eso persiguen sacerdotes. Por eso amenazan pastores. Por eso intentan destruir a la familia y vaciar de sentido a las comunidades. Porque saben que quien rescata un alma les arrebata un sicario.

Y mientras exista una madre que enseñe a sus hijos a distinguir el bien del mal, un maestro que forme carácter, un sacerdote que acompañe al caído y una comunidad que se niegue a rendirse, México tendrá esperanza.

La sangre derramada en Cerocahui no debe servir para alimentar nuestro miedo. Debe servir para recordarnos algo: Que el mal puede ser poderoso, pero jamás será más fuerte que una sociedad decidida a salvar a sus hijos.

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