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«México, país con gobiernos de papel y sicarios gobernando», la columna de Fer Martínez Arriaga

No hay gobierno en México.

Hay administración del desastre, hay simulación institucional, hay discurso hueco… pero gobierno, lo que se dice gobierno, no existe.

Y el dato que nadie quiere decir en voz alta es este: el crimen organizado controla alrededor del 68% del territorio nacional. No influencia, no presencia: control. Cobra, manda, castiga, regula. Funciona como Estado donde el Estado decidió largarse.

Y no, esto no pasó de la noche a la mañana. Esto fue un desmantelamiento deliberado.

AMLO no construyó poder institucional. Lo absorbió todo en su figura, como si fuera eterno. Confundió liderazgo con caudillismo, autoridad con aplauso, Estado con voluntad personal. Y cuando haces eso, el día que te vas —aunque sigas gritando desde fuera— no queda nada. Ni estructura, ni disciplina, ni miedo, ni respeto.

Morena no es un partido, es un movimiento desorganizado, una suma de intereses, caciques regionales, tribus sin orden. AMLO no dejó una organización vertical porque nunca le importó, quería leales, no capaces, quería obediencia, no institucionalidad. Y eso funciona mientras el caudillo está sentado en la silla, cuando se levanta, todo se cae.

Las instituciones eran el pegamento del Estado mexicano.

No eran perfectas, pero sostenían el sistema, la Suprema Corte hoy es una caricatura: papel, discurso, resoluciones que nadie acata.

Los órganos autónomos eran un estorbo porque ponían límites. La CRE, el INAI, los reguladores… todos fuera o reducidos a zombis. No fue un error. Fue ideología.

“Al diablo con las instituciones” no fue una frase: fue un programa de gobierno.

Y el resultado es este: estados desacatando la ley sin consecuencias.

San Luis Potosí es un escupitajo al federalismo, gobiernos estatales que se pasan por el arco del triunfo a la Corte [por no decir otra cosa], a la Presidenta, al propio régimen, Nuevo León y Jalisco operan como repúblicas independientes.

El PT exige gubernaturas como si el país fuera botín, Guanajuato es una red de cacicazgos municipales que convierten a los guanajuatenses en peones y esclavos electorales no ciudadanos; esto no es el viejo presidencialismo, el presidencialismo autoritario tenía control, inteligencia, jerarquía.

Esto es desmembramiento del Estado.

La seguridad fue la estocada final: destruyeron la Policía Federal, militarizaron sin estrategia civil, abandonaron territorios completos.

Y cuando el Estado se retira, nacen las autodefensas, los señores de la plaza, los poderes locales armados, barbarie organizada.

Y aquí viene lo que muchos se niegan a aceptar: Estados Unidos lo vio todo en tiempo real.

No es ingenuo. No es lento. No es ciego.

Washington vio cómo se debilitaban las instituciones, vio cómo se expandían los cárteles, vio cómo el Estado mexicano dejaba de controlar su territorio, vio cómo el 68% del país quedaba en manos de organizaciones criminales que trafican personas, drogas, armas y dinero… directamente hacia su frontera.

Y a Estados Unidos no le conviene ni un minuto más que su vecino sea un narco-Estado, no por moral sino por interés.

A ningún país le conviene tener al lado un país ingobernable, tomado por cárteles, con rutas criminales que cruzan su frontera, con millones de personas desplazadas, con violencia exportable, eso no es soberanía: es una amenaza directa.

Por eso el discurso cambia. Por eso la presión aumenta. Por eso México dejó de ser “socio” y empezó a ser problema.

AMLO quiso gobernar como si estuviéramos en 1950; Obrero contra patrón. Campesino revolucionario. Petróleo como tótem nacional.

Pero México ya no es eso.

No somos un país petrolero, tener cierta cantidad de petróleo no te hace un país petrolero, no somos Venezuela, ni Noruega y menos Arabia Saudita, nuestra riqueza nunca fue el subsuelo ni los supuestos recursos naturales que «hay», esa fantasía que nos metieron en la cabeza nos hizo estúpidamente creyentes de movimientos de izquierda que capitalizaban esa fantasía.

Nuestro único e invluable recurso que ademas es extraordinario es: la gente, la mano de obra, el talento, y la geografía brutal de estar junto al mercado más grande del mundo.

Eso exigía un Estado moderno, fuerte, regulador, institucional e hicieron exactamente lo contrario… Aquí no hubo retroceso, hubo demolición.

No se puede “volver” porque el edificio fue tirado, se destruyó el Estado moderno y regresaron los caciques, los señores feudales, los narcos como autoridad local.

Hoy el crimen organizado no desafía al Estado lo sustituyó, cobra impuestos, impone normas, decide quién vive y quién muere.

Y mientras sigamos fingiendo que hay gobierno, mientras sigamos repitiendo que “todo está bien”, mientras sigamos creyendo que el carisma sustituye a las instituciones, el país seguirá cayéndose a pedazos.

El Leviatán mexicano ya no es gigante. Es un cascarón vacío.

Un Estado existe mientras conserva el monopolio de la fuerza, la capacidad de imponer reglas y el respeto —o el miedo— a su autoridad. México perdió las tres. El Leviatán no fue derrotado: fue vaciado desde dentro.

Hoy no vivimos en un país con exceso de poder, sino en uno donde el poder cambió de manos. El crimen organizado lo entendió y se convirtieron en nuestros gobernantes.

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