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«La persecución de los nazarenos en el México de MORENA», la columna de Fer Martínez Arriaga

La persecución de los Nazarenos en el México de Morena

Hay dos formas de medir la fuerza de un Estado: por su capacidad de proteger a los indefensos… o por su audacia para perseguir a quienes hablan con Dios mientras tolera a quienes siembran la muerte. Decía Hobbes que sin un Leviatán fuerte todo sería caos. Pero lo que ocurre hoy en México obliga a formular una pregunta más incómoda: ¿y si el verdadero monstruo no fuera la ausencia de poder, sino un poder que ha decidido convivir con el mal?

Mientras en los pasillos del poder se discuten leyes disfrazadas de neutralidad —pero percibidas con razón como censura a la Iglesia—, en las calles el tejido social se desgarra a balazos.

La Iglesia Católica no es una ONG más ni un actor decorativo: ha sido, por décadas, la última barrera moral en comunidades abandonadas por el Estado. Y esa labor —evangelizar, acompañar, dar sentido, contener— resulta profundamente incómoda para quienes prosperan en el vacío de autoridad real y de valores firmes.

Hablemos sin rodeos: esto no se trata de sermones ni de formalismos litúrgicos; se trata de quién controla el alma de los jóvenes que el narco quiere convertir en sicarios. Las mafias no solo buscan territorios: buscan conciencias anuladas. Lo que llaman “iniciación” no es espiritualidad, es ritual de degradación.

El Palo Mayombe y el culto a la Santa Muerte no son expresiones culturales ni folclor pintoresco: son falsas religiones funcionales al crimen, diseñadas para romper la brújula moral, glorificar la muerte, justificar el sacrificio humano y producir obediencia absoluta.

Ese es el verdadero campo de batalla.

Y no, no es teoría conspirativa. Es sangre.

En México, sacerdotes han sido asesinados por los cárteles mientras cumplían su ministerio pastoral, sin protección del Estado y con una impunidad que ya no puede explicarse solo por incapacidad. En octubre de 2025, el padre Bertoldo Pantaleón Estrada, en Guerrero, fue desaparecido y luego hallado sin vida, acribillado en territorio controlado por el crimen. No portaba armas, no dirigía milicias, no hacía política partidista: acompañaba a su comunidad.

Antes, el padre Marcelo Pérez, en Chiapas, fue asesinado tras años de trabajo social, denuncia de violencia y defensa de comunidades vulnerables. Su crimen no fue accidental ni colateral: estorbaba. Como tantos otros sacerdotes amenazados, desplazados o silenciados, su “pecado” fue disputar el control espiritual del territorio.

Y aquí el silencio del Estado deja de ser neutralidad para convertirse en complicidad por omisión.

Si el gobierno realmente quisiera proteger a la sociedad, defendería a quienes reconstruyen tejido social, a quienes evitan que jóvenes abandonados caigan en manos del crimen. Pero no: se tolera la extorsión, se normalizan los asesinatos y se mira con más sospecha a los pastores que a los capos. El Leviatán mexicano no confronta al mal; aprende a convivir con él.

La hipocresía ya es obscena.

En Guanajuato —uno de los epicentros de la violencia— es conocido que el asesinato de sacerdotes en Salamanca tiene origen en su lucha pastoral contra la influencia de un altar dedicado a la Santa Muerte. En la capital del estado, el recorrido “turístico” de la Santa Muerte en el Museo de las Momias ha sido patrocinado por el propio gobierno municipal, blanqueando un culto directamente vinculado al crimen organizado bajo la etiqueta cómoda de “atracción cultural”.

Eso no es pluralismo religioso.

Eso es legitimar el culto a la muerte mientras se acorrala a quienes predican la vida.

Y aquí hay que decirlo con nombre y apellido: Morena.

La ley que Morena impulsa para “regular” o “silenciar” a sacerdotes no es una casualidad jurídica ni un exceso técnico; es una mordaza deliberada, una herramienta del poder para callar a quienes no se alinean con el nuevo orden moral del régimen, un orden que convive sin pudor con el crimen organizado y sus símbolos.

Morena habla de “Estado laico”, pero sus actos desmienten su discurso. En espacios del poder público —en la Suprema Corte, en la Cámara de

Diputados y en actos oficiales— se han permitido y promovido rituales paganos, invocaciones simbólicas y escenificaciones espirituales ajenas a cualquier tradición republicana, amparadas bajo la narrativa de “cosmovisiones indígenas” o “raíces ancestrales”, pero cargadas de una estética y simbología que glorifica fuerzas oscuras, la muerte y la disolución moral.

La toma de protesta de Claudia Sheinbaum no fue solo un acto político: fue un ritual de entrega simbólica del poder. El Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial fueron puestos —en un gesto público, transmitido y celebrado— bajo la bendición de entidades espirituales ajenas al Dios de la vida, mientras se exige silencio a la Iglesia Católica y se pretende reducirla al ámbito privado como si fuera un estorbo incómodo.

Eso no es laicidad. Eso es idolatría de Estado.

Un Estado verdaderamente laico no persigue a una fe concreta mientras abre sus puertas a rituales paganos compatibles con la violencia. Lo que Morena construye no es neutralidad: es hostilidad selectiva. Se tolera todo lo que no cuestione al poder ni al narco; se castiga todo lo que recuerde que existe el bien y el mal, la ley moral y la dignidad humana.

Mientras tanto, la Iglesia Católica es vigilada, presionada, señalada y cercada legalmente. Sacerdotes desaparecidos, torturados y asesinados con la venia del silencio oficial, sin justicia, sin responsables, sin indignación real desde el poder. No por hacer política, sino por romper el proceso de captación, por hablarle al joven antes de que lo reclute el cártel, por ofrecer una pertenencia que no exige matar.

Los cárteles lo entendieron antes que muchos analistas y antes que el propio gobierno: quien controla el sentido espiritual controla al sicario. Y Morena, lejos de enfrentar esta realidad, legisla para protegerla, callando a quienes la denuncian y normalizando símbolos que glorifican la muerte.

No, la Iglesia no está siendo perseguida por rezar.

Está siendo perseguida porque estorba al negocio, porque compite por el alma de los jóvenes, porque desmonta el lavado de cerebro que convierte a un adolescente abandonado en un asesino funcional.

Esto ya no es solo una crisis de seguridad. Es una guerra espiritual, y fingir que no lo es solo beneficia a quienes ya eligieron de qué lado están.

El Leviatán mexicano no le teme al narco. Le teme a quien todavía se atreve a decir que el mal existe… y que no se negocia con él.

No es solo una batalla por territorio físico. Es una batalla por el alma de México.

Llamado final | Año Nuevo 2026

A los fieles católicos: aquí no hay espacio para la comodidad ni para el silencio prudente. Cuando el poder político se arrodilla ante símbolos de muerte y pretende amordazar a quienes anuncian la vida, la neutralidad deja de existir. Solo quedan dos posiciones: resistir o someterse.

Morena puede disfrazar de ley lo que es miedo; puede llamar “laicidad” a lo que es hostilidad contra la fe que no controla; puede perseguir sacerdotes mientras tolera cultos funcionales al crimen organizado. Pero hay algo que ningún Leviatán logra extinguir: la conciencia despierta de un pueblo que sabe distinguir entre la vida y la muerte.

Este no es tiempo de espectadores. No es momento de esconder crucifijos, de bajar la voz ni de pedir permiso para creer. Es tiempo de defender públicamente a los sacerdotes, de acompañar a las comunidades sitiadas, de decir sin miedo que el mal existe y que no se negocia con él. La fe que se vive en privado pero se abandona en público termina sirviendo al verdugo.

Que lo escuchen claro desde el poder: no van a callar a la Iglesia. no van a domesticar la conciencia. no van a convertir a México en un altar a la muerte sin resistencia.

Porque cuando el Leviatán elige pactar con las sombras, la fe no retrocede: avanza.

Los Nazarenos estamos vivos y en camino.

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