15N: Somos Fuego, Somos la Construcción de un Nuevo México.
La marcha del 15 de noviembre no fue una protesta más ni un capricho generacional. Fue la erupción de un país cansado de sobrevivir. No nació de partidos ni de colores: nació del hartazgo y del amor feroz por un México que está siendo devorado a plena luz del día.
La Generación Z —esa que muchos subestiman, esa a la que se etiquetó de apática— decidió ser la chispa que encendio al país porque entendió algo que el poder se niega a aceptar: México no puede esperar más. Mientras el Estado se retrata como víctima y actúa para la cámara, el país se desangra sin anestesia.
El asesinato de Carlos Manzo y el infierno del rancho de exterminio Izaguirre no son hechos aislados: son la radiografía brutal de un México institucionalmente roto. Y frente a esa realidad, el gobierno eligió una respuesta conocida: apropiarse del dolor público, convertirlo en narrativa personal y ocultar la incompetencia detrás de lágrimas que son ensayadas.
La verdadera víctima jamás será el poder. La verdadera víctima es cada padre y madre que cava con sus propias manos en busca de sus hijos. La verdadera víctima es esa niña a la que secuestraron y explotan sexualmente. La verdadera víctima es el niño sicario al que entrenan para asesinar su niñez.
La verdadera víctima es México.
Y ahora, desde el oficialismo, intentan minimizar la marcha la señalan de “derecha”, “conservadora”, “fifi” ¿Acaso importa cómo nos llamen? Si exigir vida, libertad y Estado de Derecho es ser de derecha, entonces este país se volvió radical por supervivencia. Pero más allá de etiquetas, lo que está ocurriendo es mucho más profundo: México ya no tiene espacio para los tibios ni para los politicamente “correctitos”.
El país no se salvará con políticos de Instagram, ni con discursos técnicos llenos de excusas, ni con funcionarios que solo aparecen cuando hay cámaras, mucho menos con marketing de redes sociales y fotos familiares de políticos a los que no les importan las familias mexicanas.
Se acabó la era del “quedabien”. El movimiento del sombrero con Carlos Manzo lo demostró: su asesinato nos recordó que hoy México exige representantes que pongan el cuerpo, la cara y el nombre.
Que entiendan que el verdadero enemigo es el narcotraficante, el extorsionador, el tratante de personas, el político corrupto sin importar si es tu compañero de partido, el que secuestra y desaparece a nuestros jóvenes.
Necesitamos participar con responsabilidad, necesitamos Ley y Orden con instituciones fuertes, necesitamos desplazar a los políticos de escritorio para que las instituciones esten llenas de ciudadanos vigilantes del Estado, necesitamos un Estado mucho más pequeño para poder vigilarlo mejor.
Y sí: defender a México va a ser políticamente incorrecto en esta época. Pero los liderazgos que este país necesita no pueden seguir pidiendo permiso.
Hoy queremos políticos que se ensucien los zapatos en colonias sitiadas, que hablen con madres buscadoras sin convertirlas en accesorio mediático, que impulsen reformas educativas reales y estrategias energéticas serias, que combatan la trata, la explotación infantil y el reclutamiento de niños por parte del crimen organizado.
Queremos funcionarios que no rehúyan al monstruo: ¡Que lo enfrenten, carajo!
Pero la rabia, por justa que sea, no basta para rescatar a un país. México no solo necesita fuego: necesita manos que construyan instituciones, ciudadanos capaces de levantar estructuras que sobrevivan a cualquier gobierno.
Porque si no aprendemos de nuestra historia, repetiremos el desastre: Morena incendió todo, llegó al poder con la furia de los olvidados… y cuando por fin tuvo las riendas, no supo qué hacer con ellas. Solo aprendió a conservar el poder, no a reconstruir lo que estaba roto.
Ningún partido lo ha logrado. Hoy, la indignación tiene que convertirse en cimientos o México volverá a caer en el mismo ciclo: enojo, esperanza, fracaso.
Este movimiento —el que emana de la gente, no el de los políticos de escritorio y de redes sociales — tiene la obligación moral de trascender la protesta y transformarse en el liderazgo real que este país ha estado esperando durante décadas.
Por eso el 15 de noviembre no marchan colores. Marchan las familias de los que ya no están. Marchan los padres y madres de los niños víctimas de trata, esos que nunca tuvieron nombre en los titulares. Marchan los hermanos y compañeros de la escuela de los adolescentes usados como sicarios porque el Estado prefirió mirar a otro lado. Marchan las madres buscadoras que llevan años en mesas de diálogo que jamás se traducen en apoyo real.
Marchan los mexicanos que ya no quieren vivir con miedo. Marchan quienes tienen la responsabilidad histórica de ser extraordinarios líderes. Marchan los ciudadanos que comprendieron que la libertad no se mendiga ni se espera: se conquista. Y que un país no se rescata con tibieza, sino con coraje.
La Generación Z ha decidido ser la generación que está sembrando la semilla del cambio en México. Ellos, esos jóvenes —NO los políticos de escritorio, no los “intelectuales”, no los “líderes” de ningún partido— Ellos son quienes empiezan el rescate de este país.
El poder puede intentar manipular la historia, pero hay verdades que no se pueden negar:
“La sangre de los mártires no es una carga, sino la semilla más poderosa de la libertad.”
—María Corina Machado
México está ardiendo.
Pero esta vez, lo vamos a reconstruir.


